EDITORIAL

Columna

De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

Gudelio Galindo Leal era su nombre. Pequeño, delgaducho, recogido sobre sí mismo, en él encarnaba la más extremada timidez. Cuando iba por la calle  lo hacía pegado a la pared, como si le apenara ocupar un  sitio de la acera, la vista baja, las manos juntas sobre el pecho. Católico devoto, oía misa diariamente, y por la tarde acudía al rezo del rosario en Catedral. Estudió la carrera de abogado, ajena por completo a su temperamento, y cuando la terminó fue nombrado bibliotecario de la Escuela de Leyes por don Francisco García Cárdenas, el director del plantel, bonísimo señor sin cuya generosidad el licenciado seguramente habría muerto de hambre. Una noche ciertos estudiantes pícaros llevaron con engaños a Gudelio a la zona de tolerancia. "A ver si se le quita lo pendejo", urdieron para justificar su aviesa acción. Le dijeron que iban a unos ejercicios espirituales. En uno de los burdeles del lugar tenían ya conchabada a una daifa a la que informaron con antelación acerca del carácter de aquél a quien  le llevarían. "Déjenlo de mi cuenta" -manifestó, segura, la experta suripanta. Cuando los malévolos tunantes llegaron con su víctima, Gudelio se espantó. Lo cogieron entre todos, lo metieron por la fuerza al cuarto donde ya lo esperaba la mujer y cerraron tras él la puerta. Se oyeron ruidos  de violenta lucha, caer de muebles, gritos de hombre y tremendas maldiciones de mujer. Se abrió la puerta y se vio a la furcia con las tetas de fuera y en el rostro un gesto de enojo y frustración. Apareció Gudelio desgreñado, las ropas en desorden, y les dijo a sus engañadores con vibrante acento victorioso: "¡Triunfó la virtud!". Pequeña como él era la biblioteca que ese casto varón tenía a su cargo. Unos cuantos libros de Porrúa; algunas antiguas colecciones de textos en francés; media docena de ejemplares mimeografiados de Chiovenda y Calamandrei, imposibles de conseguir en otra forma. Gudelio cuidaba de ese magro acervo con más celo que el del avaro que guarda su tesoro. Ahora aquel bibliotecario es una sombra que camina por las calles del recuerdo pegado a la pared. Todas esas memorias vinieron a la mía cuando asistí a la ceremonia de inauguración de la nueva Biblioteca "Francisco García Cárdenas". Mi asiento quedó justo frente a la efigie de aquél a quien con respetuoso afecto llamábamos don Pancho, santo laico ante cuyo busto debo contener el impulso de santiguarme, así de bueno y generoso era el fundador de esa prestigiosa  escuela de la que fui alumno y donde luego profesé cátedra durante largos años. Cortaron el listón inaugural de la bella obra, entre otras personalidades, el gobernador Miguel Riquelme Solís, el alcalde José María Fraustro Siller, el rector Salvador Hernández Vélez, y el director del plantel, licenciado Alfonso Yánez Arreola. Gracias a esta valiosa obra los estudiantes de la Facultad  de Derecho de la U.A. de C., campus Saltillo, podrán tener acceso, a través de  su Departamento de Internacionalización, a las más brillantes mentes jurídicas del mundo y a sus más importantes textos. En esa amada escuela pasé parte de mi vida, y sus funcionarios, alumnos y maestros me reciben siempre con afectuosa deferencia, por lo cual desde aquí les doy las gracias. Cuando ya todo mundo se hubo ido me asomé al vasto y luminoso recinto de la biblioteca. y me pareció ver al fondo, en un discreto rincón, al licenciado Gudelio, sentado en su antiguo sillón de bibliotecario, con sonrisa seráfica de beato que bajó por un ratito de su sitial en la mansión celeste para venir aquí a decir feliz y alegre: "De veras: triunfó la virtud"... FIN.

Escrito en: De política y cosas peores Gudelio, licenciado, Cuando, aquél

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