EDITORIAL

Columna

De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

Una madre conozco yo admirable, aparte de la de mis hijos. Es la hembra del tildío, un pajarillo de paso ligero y vivaz que gusta de andar cerca de donde hay agua, y cuyo nombre es  onomatopéyico, pues su trino parece decir eso: "tildío". Celosa protectora de sus hijos, es extraordinaria actriz. Si un enemigo -una zorra, un zorrillo, un gato montés,  una serpiente- anda cerca de su nido, esa excelente madre simula estar herida. Arrastra un ala. o una patita, y lanza lastimeros quejidos para atraer al predador, que la cree entonces presa fácil y va hacia ella. Así, con riesgo de su vida, aleja al animal que puede devorar a sus polluelos. Madre es esta avecilla, y este día le rindo mi homenaje. Y ¿qué decir de la calandria, el ave que en inglés se llama meadow lark? Hace su nido a flor de tierra, pero cuando les lleva el alimento a sus crías se posa lejos, y luego camina hacia ellas oculta entre los matorrales, madre astuta, a fin de no dar a ver dónde las tiene. En cierta ciudad del centro de Coahuila, cuyo nombre no diré porque la quiero mucho, hay un extraño monumento que según dato oficial está dedicado a don Francisco I. Madero, pero que los habitantes de esa laboriosa población consideran erigido en honor de las madrecitas, pues todo el que lo ve pregunta: "¿Qué es esa madre?".  En otra ciudad se encuentra una enorme estatua hecha de piedra, en estilo  modernista, que vagamente recuerda una figura maternal. La gente hace acerca de la citada efigie la siguiente crítica: "Mucha piedra y poca madre". Hoy es el día dedicado a las que antes eran cabecitas blancas y que ahora son rubias, coloradas, moradas, platinadas, color ala de cuervo, anaranjadas y de otros exóticos e inéditos colores que no registran ni el espectro de Newton ni el círculo cromático de Hatt. Pese al cambio de los tiempos las madres siguen siendo homenajeadas por sus hijos, muchos de los cuales les harán hoy regalos como planchas, licuadoras, batidoras y otros presentes similares destinados a las labores del hogar. Mis hijos, que rondan ya la cincuentena, recuerdan todavía cómo la víspera del 10 de mayo los llevaba yo, pequeños aún, a comprar en la Ferretería Sieber, de Saltillo, el regalo que al día siguiente le harían a su mamá: cuatro tazas de peltre o seis vasos de vidrio con adorno de florecitas. No había para más, y mi señora recibía ese obsequio de sus hijos igual que si le dieran unos pendientes de brillantes de Tiffany o un reloj Cartier. Pepito vio el retrato de bodas de sus padres y le preguntó a su mamá: "¿Esta es la foro del día en que viniste a trabajar para nosotros?". Me dirán lo que quieran, pero eso de la liberación femenina es en buena parte un mito. Ahora por regla general la mujer trabaja fuera de su casa, pero en la mayoría de los casos sigue teniendo a su cargo, además, los quehaceres del hogar, pues el varón mexicano, machista como todavía es, no se aviene a colaborar en esas faenas, y los hijos tampoco, so pretexto de las obligaciones de la escuela, etcétera. Para colmo este día las más de las familias no pueden invitar a mamá a comer en restorán, pues la celebración cayó en día hábil, y todos trabajan o tienen escuela. Por eso vuelvo a elevar la voz para pedir un cambio de hábito de modo que el Día de la Madre se celebre en domingo, que bien podría ser el primer domingo de mayo, o el segundo, como en otros países. Estoy seguro de que tal cambio sería bien recibido por las madres, después de tantos cambios que han sido mal recibidos por no tenerla. Mientras tanto ¡Feliz día a todas las madres de México y del mundo! Diosito las ha de bendecir por ayudarle tanto en sus tareas diarias. FIN.      

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