EDITORIAL

Columna

De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

Aplaudo al Papa Francisco por la exhortación que hizo a los padres de hijos homosexuales para que los apoyen y les muestren amor y comprensión en vez de reprocharles su preferencia sexual y adoptar ante ellos una actitud condenatoria. La postura del Pontífice corresponde al espíritu cristiano. Por fortuna van desapareciendo ya en la sociedad las aberrantes actitudes homofóbicas que hacían víctimas de discriminación, hostigamiento y violencia frecuentemente mortal a las personas de preferencias sexuales diferentes. Subsisten aún, sin embargo, reductos de intolerancia que muchas veces por consideraciones de orden religioso mantienen quienes reprueban en modo irracional, y desde luego totalmente anticristiano, a las personas homosexuales. Por eso es tan valiosa la manifestación del Santo Padre -esa expresión usaba siempre mi querido tío Refugio, Caballero de Colón y católico de Pedro el Ermitaño, al referirse al Papa-, pues su voz será escuchada en todo el mundo como un llamamiento a la conciliación, a la paz en las familias y, sobre todo, al amor que vence todas las diferencias. Hago aquí un reconocimiento a Raúl Vera, ahora obispo emérito de Saltillo, quien durante su episcopado dio a los homosexuales el apoyo y comprensión que pide para ellos el Papa. Soy partidario de que quienes tienen preferencias sexuales diferentes gocen de los mismos derechos civiles y eclesiásticos que los heterosexuales, pero comprendo que las iglesias no pueden caminar al mismo paso que los gobiernos en la instauración de una igualdad total entre homosexuales y heterosexuales. Los llamados Libros Sagrados, en muchos aspectos despiadados, condenan acremente la homosexualidad, y tendrá que pasar mucho tiempo para que esa intolerancia se supere, así como otras se han superado ya. Hoy, por ejemplo, ni el más ultramontano de los curas esgrime el viejo principio, antes irreductible, de que "fuera de la Iglesia no hay salvación". A lo largo de mi vida he visto cambios maravillosos en mi iglesia, la católica. Otros cambios vendrán igualmente admirables que desde luego yo ya no miraré, pero que estarán inspirados por el mismo Espíritu que ha inspirado éstos, y que es siempre un espíritu de amor. Todas las teologías caben en tres palabras: Dios es amor. Fue un sentimiento de amor cristiano el que motivó las palabras de Francisco a los padres de hijos homosexuales. Ese mismo amor traerá consigo los cambios que harán de mi iglesia una comunidad más inclusiva, más justa con la mujer, más acorde con la naturaleza humana y con respuestas más actuales a los ingentes problemas que afronta en nuestra época y que en forma tan grave la amenazan. Don Feblicio le comentó a su esposa: "El médico de la compañía me revisó de la cintura para arriba y me dio media incapacidad". Acotó la señora: "Si te hubiera revisado de la cintura para abajo te habría dado incapacidad completa". (Nota: Y permanente). El Popochas, guapo de barriada, escuchó cómo un playboy fifí seducía a una chica de buena sociedad. Le dijo: "Belleza: vayamos a mi penthouse. Tengo una botella de champaña; música de Elton John y tenue iluminación romántica". Popochas fue con su novia y le dijo: "Morrita: vayamos a mi cantón. Tengo una caguama, música de Los Armadillos Vallenatos y dos focos fundidos". Don Geroncio, senescente caballero, casó con doña Pasita, viuda de bastante edad. Temerosa de que su esposo conservara aún ciertos rijos le advirtió: "Quiero decirte que iremos juntos a la cama tres veces en el año: tu cumpleaños, el mío y nuestro aniversario de bodas". "Caramba, Pasita -se consternó don Geroncio-. No sabía que eres ninfómana". FIN.

Escrito en: De política y cosas peores amor, homosexuales, cambios, mismo

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