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EDITORIAL

 
Columna

De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

El novio, nervioso, no atinaba a meter la llave en la cerradura de la suite nupcial. Le dijo su flamante desposada: “Si esa misma puntería vas a tener al rato, mejor dejamos lo de esta noche para otra ocasión”. La misma errática conducta mostró la 4T en el asunto de la representación de México en la toma de posesión -cuartade Daniel Ortega como Presidente de Nicaragua. (Dictador, déspota o tirano estaría mejor dicho). Primeramente Ebrard quiso mover una hoja del árbol sin la voluntad de su voluntarioso jefe, y anunció que nuestro país no enviaría ningún representante al antidemocrático acto de Managua. No acababa aún de decirlo cuando lo contradijo con rudeza AMLO, quien una y otra vez ha mostrado proclividad a hermanarse con regímenes absolutistas, populistas y caudillistas, vale decir parecidos al suyo. Y no digo izquierdistas porque muchos dichos y hechos del presidente mexicano parecen más de derecha, y aun de ultraderecha, que de izquierda. Ninguno de los dos mandatarios panistas que hemos tenido, y ni el más yunquista o mochilón de los gobernadores de Guanajuato, osaron esgrimir urbi et orbe un “Detente” con el Sagrado Corazón para conjurar los riesgos que los amenazaban, y ninguno tampoco predicó jamás los sermones moralizadores que con alevosía y ventaja suele infligirnos desde su mañanero púlpito López Obrador. En el caso de Nicaragua la postura de Ebrard era correcta. México no debía validar el gobierno de Ortega, palmariamente contrario a toda idea de libertad, justicia y democracia. La acción del tabasqueño, en cambio, constituyó un desatinado beneplácito a una dictadura que ha atropellado todos los derechos, destruido todas las instituciones y violado todas las leyes de la nación de la cual se ha apoderado. Aligero esta perorata con una anécdota de don Abundio, el añoso y socarrón campesino del Potrero. En ese lugar montañés las tortillas de harina son más apreciadas que las de maíz. En un almuerzo el viejo sacaba del canasto únicamente las de harina, con riesgo de dejar sin ellas a los demás invitados. Le dijo la anfitriona, amoscada: “Abajo están las de maíz, Abundio”. Respondió él, imperturbable: “P’allá voy”. Pues eso mismo parece decir López Obrador al dar su espaldarazo a Ortega: “P’allá voy”. Juanito le preguntó a Pepito: “¿Cómo se dice: ‘gripa’ o ‘gripe’?”. “Se dice ‘gripa’ -sentenció Pepito-. Decimos: ‘Ando agripado’, no: ‘Ando agripedo’”. Conocemos bien a don Chinguetas. Es un marido tarambana, vivalavirgen, botarate y zascandil. Cabrón, para decirlo con claridad mayor. Su esposa doña Macalota regresó de un viaje antes de lo esperado y lo sorprendió yogando con la mucama. No debe extrañar eso: don Chinguetas profesa ideas liberales y es contrario a la lucha de clases; antes bien aboga por la mutua colaboración entre ellas. Nada le importan tales lucubraciones socioeconómicas a doña Macalota. Ipso facto le ordenó a la fámula: “Te me largas. Y no esperes que te recomiende con ninguna de mis amigas”. “No se preocupe, señito -respondió la muchacha-. El señor ya me dijo que me recomendará con todos sus amigos”. La inflación es galopante, igual que Secretariat, el caballo ganador de la Triple Corona en Estados Unidos: el Preakness Stakes, el Derby de Kentucky y el Belmont Stakes, carrera esta última que ganó en forma sensacional por 31 cuerpos. En 1973 fue retirado de los hipódromos para hacerlo semental. ¡Merecido premio! Pero estaba con lo de la inflación. El verdulero le pidió al cliente 50 pesos por un tomate. “¡50 pesos por un chinche tomate! -se indignó el hombre-. ¡Metáselo ya sabe dónde!”. “Tendrá que disculparme el caballero -respondió con gran cortesía el de la verdura. A petición de otro cliente ya traigo ahí un pepino de 200 pesos”. FIN.

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