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EDITORIAL

 
Columna

Atrapado en el paraíso

JORGE RAMOS

MAHÉ, República de las Seychelles - ¿Quién no ha dicho: quisiera estar en una isla y no tener nada que hacer? Yo lo había dicho varias veces en mi vida, particularmente en momentos de mucho trabajo, estrés y conflicto. Y ahora me pasó.

Estoy en una de las islas más hermosas del mundo y no tengo nada que hacer. Por la covid quedé varado en Mahé, la isla más grande del archipiélago de las Seychelles, donde el mar Índico, el océano más caliente en el que he nadado, revienta contra imponentes montañas de granito y bosques tropicales.

Las Seychelles están muy lejos de mi mundo, a unas cuatro horas de vuelo del este de África y a casi un día desde Miami o Nueva York. Desde mi paupérrima época de universitario tenía ganas de venir, eran una postal de playas bellísimas e inalcanzables. Y ahora estoy aquí. Para dejar atrás las frustraciones de 2021, y luego de meses de planear y ahorrar, organicé unas vacaciones de fin de año con toda la familia.

Pensamos en casi todo. Nos preocupaba la ola de ómicron. Pero todos estábamos vacunados y tuvimos que entregar una prueba PCR negativa antes de viajar. Y así nos trepamos al avión.

Entonces llegó lo inesperado. Al segundo día sentí un zumbido inusual en mi oído izquierdo. Tinnitus. No se iba. Se lo achaqué, al igual que el dolor de cabeza que sentía, a las horas de vuelo y al jet lag. Pero, al día siguiente, descansando boca abajo, sentí algo correr en mi fosa nasal izquierda. Me apaniqué: fui al cuarto, saqué una prueba casera de covid de mi maleta y 15 minutos después -con dos rayitas que indicaban positivo- supe que las vacaciones se habían acabado: tenía coronavirus. La enfermera del hotel lo comprobaría al día siguiente con otra prueba.

Entré en modo emergencia. (Trabajar en la tele, con sus súbitos breaking news, me ha preparado bien para eso). Nadie más en el grupo estaba infectado y esa misma noche encontramos vuelos para Miami para que todos regresaran. Mi hija Paola no me quería dejar solo y, en una increíble muestra de cariño, se quedó conmigo unos días para cuidarme.

Mis tres vacunas de Moderna me han protegido bien y casi no tengo síntomas. El tinnitus se fue luego de un par de días y solo me quedó un somnoliento y ligero cansancio corporal. Pero lo peor es el aislamiento, el aburrimiento y la imposibilidad de salir de aquí. Una vez que se confirma el diagnóstico, el Ministerio de Salud de las Seychelles se comunica contigo y te obliga a ponerte en estricta cuarentena. Este archipiélago de alrededor de 115 islas ha sido, proporcionalmente, en algún momento de la pandemia uno de los países más vacunados del mundo contra la covid. Hoy, los casos aquí se cuentan en cientos al día, no en cientos de miles, como en otras naciones abrumadas por la expansión vertiginosa de la variante ómicron.

Tengo la suerte de pasar estos días en un hotel. Quienes no pueden hacerlo, tienen que cumplir con su aislamiento en instalaciones del gobierno. Así que desde la ventana del cuarto veo el mar y las montañas verdísimas. Tan cerca pero tan lejos. Con más de cinco millones de muertos por la covid en el mundo no tengo de qué quejarme. Y, sin embargo...

Mi hija Paola, magnífica y magnánima, ya se fue. Pero antes se aseguró que no tuviera nada grave. Tuvimos, con cubrebocas y separados por una amplia distancia, cuatro días de conversaciones maravillosas. La quiero y la admiro. Cuando sea grande quiero ser como ella. Al ver su pelo revuelto irse en el auto que la llevó al aeropuerto me puse a llorar como hace décadas que no lo hacía. Fue incontrolable por varios minutos.

Cuando en esta isla llueve, se borra la línea que separa al mar, todo se enreda y a mí también me llueve por dentro. Con la partida de Paola me quedé solo. Aunque poco a poco he ido reconociendo a nuevos compañeros. Hay unos atrevidos y hermosos pájaros negros con pico amarillo que se me acercan temerariamente, sobre todo a la hora de comer. En los árboles hay tantas tarántulas en sus telarañas -antes de enfermarme un guía me ayudó a identificarlas- que ya no brinco al verlas. Trato de tener cerradas las ventanas y la puerta para evitar que se meta algún IVNI (insectos voladores no identificados). Pero mi batalla con los animalitos está perdida y mientras escribo esto acabo de ver un larga y bien organizada hilera de pequeñísimas hormigas negras debajo del escritorio.

Me sé el menú del hotel de memoria. Los trabajadores del lugar ya me conocen porque hablo para pedir desayuno, almuerzo y cena. Me traen la comida en cajitas y vasos desechables que dejan en la puerta y que, al terminar, se llevan y echan a unas bolsas de plástico especiales. Vienen con mascarilla y guantes y no se me acercan. Sé que les doy miedo. Nadie, nunca, entra a mi cuarto. Pero no saben cuánto les agradezco lo que hacen por mí.

No soy religioso ni supersticioso. Pero ahora entiendo por qué el personaje de Tom Hanks en la película "Náufrago" se sentía acompañado por una pelota de voleibol a la que llamó Wilson. Chiqui, mi compañera de vida, olvidó un arete y lo tengo postrado como objeto sagrado sobre una toalla blanca; quiero creer que si lo toco me traerá suerte. O al menos me recuerda los días antes de esta pesadilla que por fortuna es temporal.

Las mañanas aquí son las más difíciles porque mi familia, amigos y colegas del trabajo están todavía durmiendo en Miami. Estoy adelantado nueve horas. A veces prendo la tele -CNN Internacional o la BBC- solo para sentirme acompañado, sin poner mucha atención en las noticias. Mi celular, mi iPad, Netflix y el buen sistema de wifi del hotel me han mantenido sano mentalmente y conectado a pedacitos de mi exvida. En las tardes y en las noches hago FaceTime con cualquiera que se deje. Para distraerme, ya me vi las dos temporadas de

"Emily in Paris", y cualquier película vieja que pongan en el televisor del hotel. Hay algo reconfortante en volver a ver algo que ya sabes cómo termina.

Cosas pequeñas se convierten en grandes. Alguien por equivocación canceló una de mis dos tarjetas de crédito y reaccioné muy mal. (¿Y si me quedo sin dinero y con covid perdido en una isla africana?) Un dolorcito en la garganta o en una costilla, un sarpullido en la rodilla y las decenas de picaduras de mosquitos y arañas me ponen a sudar y a imaginarme escenarios catastróficos. Pero la respiración que aprendí en el yoga me regresa al presente. Increíblemente me he podido conectar a las clases diarias del estudio de yoga Casa Vinyasa en Miami. Aún en larga distancia, se nota la sensibilidad de sus instructoras. Eso también me ha salvado.

Aquí, tan lejos y aislado, te sientes muy vulnerable y frágil. Hay tantas cosas que no dependen de mí. He tenido que soltar el control. Me aflige, en el centro del pecho, una angustia que no se va ni para dormir.

Quedé atrapado en el paraíso. Todavía no sé ni cómo ni cuando me voy a poder ir de aquí. Pero esta experiencia ya comenzó a marcarme. Me ha obligado a la introspección y el demasiado tiempo me ha ayudado a pensar en lo que de verdad es importante. Luego les cuento en que termina todo esto.

Escrito en: editorial Jorge Ramos Pero, días, covid, tengo

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