EDITORIAL

Los desafíos internacionales de la migración y nuestras fronteras

EMBAJADOR JORGE ÁLVAREZ FUENTES 26 de junio de 2019

De súbito, los amagos de nuestro vecino del Norte y los acuerdos alcanzados a principios de junio pusieron la situación en la frontera sur y la problemática de la migración procedente de América Central en el centro de la agenda nacional y la opinión pública. Son múltiples y complejos los retos que enfrentamos, tanto en materia de política interior como exterior, muy urgente la gestión de las fronteras. Por la larga y porosa frontera con Guatemala, desde hace años, cruzan y entran millones de personas, no sólo procedentes de Centroamérica, sino de otras regiones, cuyo objetivo final es, en su mayoría, transitar por el territorio mexicano, a pesar de los peligros, a fin de llegar a la frontera norte, internarse y vivir en los Estados Unidos. Sin embargo, en los últimos meses, la dinámica y características de esos flujos migratorios han crecido de manera notable, variando su composición y naturaleza, destacando las caravanas de migrantes centroamericanos que viajan familias y menores para protegerse, las oleadas de migrantes haitianos y cubanos, además de numerosas personas que provienen de África y de otros continentes, que huyen de sus países buscando encontrar refugio o empleo, víctimas de las redes del tráfico de personas. A su vez, decenas de miles de migrantes, han terminado varados en las principales ciudades fronterizas mexicanas, ante las dificultades y obstáculos generados por una errática y fallida política migratoria estadounidense, justo cuando ha disminuido el número de migrantes mexicanos a los Estados Unidos, pero se han multiplicado y agravado los riesgos ante posibles redadas y deportaciones para los migrantes mexicanos indocumentados que ya residen allá, por las decisiones arbitrarias de la administración Trump.

Ahora bien y, por otra parte, desde los noventas, el bienestar y progreso de los países de Centroamérica ha constituido la prioridad de las acciones de la cooperación mexicana en favor del desarrollo. Son notables los esfuerzos y cuantiosos los recursos humanos, técnicos y financieros puestos a disposición de los gobiernos de los países vecinos al sur, por los sucesivos gobiernos de México, a partir del Mecanismo de Tuxtla, pasando por el Plan Puebla Panamá, hasta llegar al Proyecto Mesoamericano. A largo de muchos años, a fin de asegurar el logro de estas acciones y programas de política exterior, las autoridades mexicanas han debido buscar socios adicionales y recursos financieros complementarios concertando con otros países donantes, colaborando con diversas agencias de cooperación y sumando esfuerzos con organismos internacionales, con el objetivo primordial de apoyar y acrecentar las capacidades de los gobiernos de Centroamérica para resolver, en el mediano y largo plazos, los desafíos de la pobreza, la marginación, la inseguridad, la falta de crecimiento los cuales persistieron, no obstante la culminación de los procesos de paz y de transición política. La voluntad de ayudar a Centroamérica, con sus éxitos y limitaciones, se sustentó, también, en el interés nacional de atender las causas comunes del subdesarrollo del sur sureste del país, buscando generar más y mejores oportunidades para una mayor inclusión social e integración regional.

Sin lugar a duda, mayúsculos son los retos para la seguridad de nuestras fronteras y formidables los desafíos del desarrollo sustentable en México y en Centroamérica, los cuales deben verse más allá de la presente coyuntura, para enfrentar juntos, incluyendo a los Estados Unidos, la actual coyuntura. En modo alguno será criminalizando la migración. Como bien han señalado analistas y académicos, la inseguridad prevaleciente en ambas fronteras es causada por la ingobernabilidad, la impunidad, la corrupción y la incapacidad de las autoridades para enfrentar a los grupos criminales y traficantes de personas, y no por los migrantes, habiendo factores estructurales e institucionales que comparten México y los países del triángulo norte, como son la escasa o nula inversión pública, la debilidad de las instituciones que no han logrado obtener la confianza pública, el acceso desigual a la justicia y la desconfianza hacia las autoridades migratorias y los cuerpos de seguridad, existiendo una profunda e histórica interrelación económica y social entre México, Estados Unidos y Centroamérica. La actual dinámica migratoria está dentro de esta compleja interrelación. Por ello, antes que responder a medidas de presión del gobierno estadounidense, intentar "sellar" o desplegar efectivos militares en las zonas fronterizas al norte y al sur para contener a los migrantes, o atender de manera asistencialista la grave crisis en el sector rural, los esfuerzos deben centrase en trabajar con los tres gobiernos centroamericanos para lograr su efectiva participación, como socios, ya no como beneficiarios, en el Programa de Desarrollo Integral para Centroamérica, elaborado por la CEPAL, aun cuando en este momento estén librando sus propias batallas, habiendo protestas en Honduras, un proceso electoral en curso en Guatemala y un nuevo gobierno en El Salvador. Debemos tener muy presente que son limitados los recursos financieros del gobierno de México y que será necesario y fundamental incorporar plenamente a la estrategia a Chiapas, Tabasco, Campeche, Oaxaca y Veracruz, así como a los estados fronterizos del norte.

Por ello, como se ha comenzado a hacer con acierto, habrá que sumar propósitos con las agencias de las Naciones Unidas, como el ACNUR, la oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos, la UNICEF y conseguir, que, en efecto y en el menor tiempo posible, algunos países desarrollados, entre los que deben estar los Estados Unidos, contribuyan con los recursos financieros necesarios y acompañen esfuerzos y voluntades.

El talante y la dimensión moral que exigen tanto la política interior como la política exterior, deben determinar el curso de acción a seguir en las próximas semanas, haciendo realidad, por una parte, el cabal cumplimiento de las obligaciones internacionales que México tiene en materia de derechos humanos, de asilo y refugio y, por la otra, asumir en los hechos y no sólo en el papel, los compromisos derivados del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular. Entonces, quizás, en contraste con otros escenarios mundiales, México será capaz de construir una buena vecindad.

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