EDITORIAL

Entender el papel de Rusia en el mundo

EMBAJADOR JORGE ÁLVAREZ FUENTES 6 de noviembre de 2019

En la prensa mexicana son escasos los análisis de fondo sobre el papel que tiene Rusia en los escenarios geopolíticos actuales. Sorprende, tratándose de un país que ha venido reclamando, con particular inteligencia, con su actuación internacional, su rol como un actor global, a tomar en consideración en todos los escenarios mundiales. En la última década, Rusia, liderada por Vladimir Putin, ha incrementado su poderío militar, sus capacidades tecnológicas y ampliado sus esferas de influencia diplomática, tanto en los ámbitos bilateral y regional, como multilateral, hasta consolidarse, entre otros casos, como el árbitro y referente obligado en el convulsionado Medio Oriente, o como el país que, junto con China, articula todos los esfuerzos de los 8 miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái, contrapeso de la OTAN, la alianza occidental encabezada por Estados Unidos. Su reposicionamiento estratégico como potencia mundial, no se cifra en una ilusoria pretensión de jugar un papel hegemónico global o regional, sea en Medio Oriente, Asia Central, África o América Latina y el Caribe, sino en la firme convicción de que le es necesario y posible ejercer un contrapeso ante la supremacía estadounidense, en declive. A pesar del innegable déficit democrático o de las dificultades económicas internas, agudizadas por las sanciones políticas y económicas estadounidenses y europeas impuestas a raíz de la invasión rusa de Ucrania y la anexión de Crimea en 2014, no puede perderse de vista que Rusia es un país determinante en la geoenergía, por ser el primer exportador de gas del mundo y el segundo de petróleo. Analistas consideran que se trata del 'regreso' de Rusia al impredecible nuevo orden interestatal, que avanza en forma asertiva y asume la defensa del derecho internacional frente al unilateralismo, como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.

Cuán hábil y bien calculada ha sido la actuación política, militar y diplomática de Rusia en los distintos planos y tableros, respecto de las diferencias con la Unión Europea y al interior de ella; los escenarios cambiantes tras la denuncia estadounidense del acuerdo alcanzado con Irán sobre su programa nuclear; las implicaciones y alcances de la catastrófica guerra en Siria, incluida su injerencia plena junto con las de Turquía e Irán; el recrudecimiento de las tensiones en la península coreana; la realización de que, con el cambio climático, el Ártico se tornó un nuevo campo de batalla para aprovechar las reservas y obtener agua, extraer petróleo, gas, uranio, hierro, zinc y otros metales estratégicos (de ahí el reciente despliegue de sofisticados misiles antiaéreos rusos en un archipiélago del Océano Glacial Ártico); las graves consecuencias del declive de Egipto para el norte de África y el mundo árabe (y el consecuente respaldo al régimen militar); los avances transformadores en África; los desencuentros y relevos en los liderazgos en la península arábiga y la funesta guerra en Yemen; las agudas crisis prolongadas en y en torno a Venezuela y Cuba; al igual que los profundos cambios políticos en Brasil, Argentina y México. Rusia está más cerca de China y busca nuevas aproximaciones con América Latina, mientras se profundiza el aislamiento estadounidense en el escenario internacional. Rusia ha comprendido mejor que otros actores globales, que el mundo vive, al finalizar la segunda década del siglo XXI, tiempos inciertos, caracterizados por una enorme inestabilidad, escenarios diversos de conflicto, múltiples tensiones políticas y económicas, cambios profundos en los acuerdos establecidos en materia de paz y seguridad internacionales y un incremento de las amenazas nucleares, acompañadas de las inesperadas protestas sociales en múltiples lugares. Asimismo, parece haber entendido las repercusiones que tendrá la confrontación comercial entre las dos mayores economías en el mundo, al tiempo que continúa reconfigurando su estatus internacional.

Igualmente, Rusia no se ha quedado a la zaga en el desarrollo de nuevas armas y sistemas autónomos, con capacidad para decidir y ejecutar ataques letales sin intervención humana, cuya regulación urge que se discuta sin vetos en Naciones Unidas, para prohibir ese tipo de armamentos que anticipan un peligrosísimo salto cualitativo después del extendido uso bélico de drones.

Mientras en Europa, con un nuevo invierno encima, se reitera la necesidad de reducir la dependencia energética de Rusia, el liderazgo demócrata en el Congreso advierte, convencido, que luego de la interferencia rusa en la elección de Donald Trump en 2016, y la reciente zaga ucraniana que ha desembocado en el impeachment del presidente: "todos los caminos conducen a Rusia".

Teniendo presente lo anterior, en México se debe comprender mejor, por ejemplo, lo que implica que la vocera del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia haya declarado, días atrás, que: "somos testigos de una injerencia directa tanto en los asuntos internos como en la agenda internacional de América Latina [y el Caribe] por parte de Estados Unidos". Las declaraciones se dan, justo, cuando Rusia viene ahondando sus relaciones con la región, no sólo en términos geopolíticos, sino comerciales, (habiendo alcanzado los 16 mil millones de dólares en 2018), empeñada en defender a Cuba y Venezuela y a consolidar, también, los lazos políticos, económicos y culturales con otros países latinoamericanos como Brasil y con México ciertamente, al impulsar el diálogo en foros regionales como el Mercosur, la CELAC o la Alianza del Pacífico y cooperar en los foros multilaterales en los que se discute la gobernanza global. Resulta una lectura obligada el número 115 de la Revista Mexicana de Política Exterior.

https://revistadigital.sre.gob.mx/index.php/49-numeros-anteriores/216-rmpe-115-rusia

@JAlvarezFuentes

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