Las máquinas no esperaron a la ciencia. Barcos y ferrocarriles empezaron a desplazarse por el mundo empleando la fuerza del vapor antes de que se entendiera su mecánica. Los ingenieros le ganaron la carrera a los científicos. Cuando, allá por 1854, explotó un calentador de agua en una fábrica de Connecticut matando a más de 25 personas, se llegaba a decir todavía que el demonio controlaba los humores del calor. Entonces eran prácticamente desconocidos los trabajos de Sadi Carnot, un físico francés que, a los 28 años publicó sus Reflexiones sobre la fuerza motriz del fuego. La vida de Carnot estuvo marcada por la inestabilidad política y la curiosidad científica. Su padre, Lazare, fue matemático y político, uno de los hombres más cercanos a Napoleón: dos veces su ministro. Sadi conoció el poder y sufrió el exilio. Su vocación era la ciencia. Estudió en el Politécnico y en la Sorbona. Se distrajo con algunos asuntos políticos y llegó a perder el tiempo con los enredos de la legislación fiscal, pero pronto se entregó a la tarea de descifrar el comportamiento de los gases (no, por cierto, en la vertiente que un siglo antes había explorado Jonathan Swift).
El reporte de Carnot publicado en 1824 abre con un himno a la energía. "Todos saben que el calor produce movimiento. En estos tiempos en que la máquina de vapor está por todos lados, todo mundo reconoce su vastísimo poder motriz. Al calor debemos también los movimientos de la Tierra. Provoca las agitaciones de la atmósfera, el ascenso de las nubes, la caída de la lluvia y de los meteoros, las corrientes del agua que surcan la faz de la Tierra y de la que el hombre hasta el momento ha aprovechado apenas una pequeña porción. Hasta los terremotos y las erupciones volcánicas son producto del calor." A Carnot le maravillaban estos poderes y se disponía a comprender sus resortes. El físico quería aprovechar al máximo esa energía y evitar el derroche que la ignorancia provocaba. ¿Cómo se transporta el calor?, ¿cómo se mantiene la temperatura elevada?, ¿qué dispara la potencia del vapor?
Tal vez nos hace falta una comprensión termodinámica del comportamiento social. Uno de los grandes enigmas de la política contemporánea es precisamente la transferencia y la eficacia del calor político. ¿De qué manera podría ser activado, almacenado y canalizado el entusiasmo? Tenemos frente a nosotros tres casos para examinar en el laboratorio. Tres elecciones recientes que fueron capaces de elevar la temperatura del caldo social, que lograron suscitar emoción y que, sin embargo, desembocaron en decepción. Las aguas se calentaron en las campañas electorales de Chile, Gran Bretaña y Colombia. Emoción por la emergencia de opciones frescas y desafiantes. En los tres casos, la fuerza motriz del entusiasmo fue infinitamente menor a la anticipada. El hervidero fue sólo bullicio de burbujas. Poco movió el vapor de la excitación política, mucho menos, desde luego, que lo que se esperaba. La emoción colectiva se evaporó.
Debemos esforzarnos en entender el calor de las campañas y la frialdad de las votaciones. ¿De dónde viene el contraste entre campañas inéditas y elecciones tradicionales? Recientemente el politólogo David Runciman publicó un artículo en el London Review of Books sobre la elección británica. El texto insinúa una curva de entusiasmo: las campañas electorales calientan la cazuela mientras que el acto electoral enfría. La propaganda, los debates, las propuestas de la campaña calientan el ambiente. Cuecen un ciudadano entusiasta que se deja llevar por la excitación de lo novedoso y se contagia de audacia. Pero el sitio de votar es un refrigerador. El votante se aísla y decide. No actúa ya con exaltación sino con frialdad. En campaña gritan, brincan y chiflan los vehementes; las elecciones las deciden otros.
La termodinámica electoral tiene hoy un nuevo compartimento que agrega complejidad al cálculo del actuar político. Las campañas han dejado de estar sólo en la plaza pública y los medios impresos; escapan también al ámbito contenido de la televisión y del radio. En la red han encontrado un fogón extraordinario para encender el interés por lo público. Pero se trata, en lo básico, de un activismo de clic. En Internet se calientan ollas de entusiasmo hermético. La exaltación se contagia entre los más jóvenes a ritmos desconocidos. La apatía parece desaparecer. Los símbolos de cambio se ven rodeados de huestes voluminosas, seguidores incontables que se reproducen por minuto. Pero el calor que se levanta es producto de millones de dedos golpeando teclados. Ese es su recipiente y casi podría decirse que ese es su confinamiento. El activismo del clic termina siendo una derivación del deporte del zapping: una proeza de pulgares. Será que, al final del día, las frías máquinas de los partidos siguen siendo mejores canales de la decisión electoral que las parrillas de la ciudadanía virtual.