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Vibremos positivo

Las flores no crecen

VICTORIA HOP.-
TORREÓN , miércoles 08 de septiembre 2021, actualizada 9:39 am


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¿Algún momento se han puesto a pensar lo increíbles que son los aviones? No solamente a la ligera, o unos pocos minutos, pero realmente, en cómo miles pedazos de metal que se moldearon y acomodaron en los lugares correctos para permitirnos conocer lugares y personas del otro lado del mundo. México se separa de Australia por 14,560 kilómetros, pero de alguna manera estos pájaros de metal han logrado transportarnos de un punto a otro en 36 horas y media. No es poco, lo sé, pero piénsenlo de diferente manera. No sé la razón por la que me he acostumbrado a hacer esto, pero me gusta medir las distancias en carreras de 10 kilómetros. Si es porque he corrido tal distancia y requiere de bastante trabajo y energía, o solamente porque cualquier número es muy fácil de dividir sobre diez. Pero no importa, tomemos la idea de la carrera. Una persona promedio tarda entre cuarenta minutos y una hora en correr ese tipo de distancias. Digamos que nuestro corredor tarda 1 hora, eso significa que, si hubiera un camino que cruza sobre el mar y conectara ambos países, la persona tardaría 1,456 horas en llegar. Equivalente a casi 61 días de correr continuamente. Suena algo completamente loco e imposible. Pero grupos de ingenieros e inventores a lo largo de los años han logrado convertir un viaje de dos meses a tan solo 36 horas. No dejemos de reconocer lo increíble que es que un objeto se pueda mantener suspendido en el aire por tanto tiempo, y ni se diga viajando. No sé si me escucho loca queriendo transmitir algo que a los demás les parece racional, o si a ustedes les parece igual de asombroso.

Con todo y eso, estas máquinas representan uno de mis peores miedos. Ha sido de esta manera desde que me puedo acordar. Este miedo ha llegado a tal nivel, que había veces en las que rogaba a mis padres quedarnos en la ciudad, solo para que no tuviera que subirme en ese avión que yo aseguraba iba a caerse y terminar con mi vida. Las veces que viajaba, no decía ni una sola palabra por la mayor parte del día, y cuando era estrictamente necesario, mis oraciones eran monosilábicas. Si, no, no sé, ok. Mucho más no lograban sacar de mi.

Poco a poco trabajé mi miedo, y no diré que ahora puedo tomar un avión completamente tranquila, pero sí que ya no creo que moriré cada vez que viajo. Mirando hacia atrás me doy cuenta de todo el daño que me hice a mi misma dándole tanto poder al miedo, y todo lo que me perdí por no enfrentarlo. Viajar y conocer nuevos lugares es un lujo, y es una experiencia increíble, más para mí era casi una tortura. No tiene sentido. Esto no solamente aplica para mi caso, sino que el miedo nos impide ver y hacer tantas cosas a todos. Pero está en nosotros decidir que tanto dejamos que nos quite. El miedo no es algo sencillo, es cegador, pone una barrera que parece indestructible entre nosotros y el mundo.

El otro día escuché a una maestra referirse al miedo como una casa que no es tuya, viviendo ahí no estás completamente incómodo, pero tampoco estás cómodo. Te priva del mundo real, y es bastante aburrida. No pude encontrar una mejor analogía. Hay veces que el miedo se apodera tanto de nosotros, que pasamos por alto oportunidades valiosas, dejamos de hacer lo que nos gusta, y hasta en casos nos impide vivir nuestra vida.

El pavimento es mucho más cómodo para caminar, pero ahí no crecen flores. Es lo mismo, encerrado en aquella casa nunca serás mejor persona, no tendrás experiencias diferentes y no crecerás. Seguir la rutina es cómodo, pero ¿realmente lo disfrutas? Tenemos que aprender a enfrentar nuestros miedos antes de que nos quiten el tiempo que tenemos. Al final, la satisfacción es enorme y nos daremos cuenta de que no eran tan grandes como los dejamos ser.

Atrevámonos a de vez en cuando salirnos de la zona de confort, no sabrás que tan buena o mala será algo hasta que no lo intentes. Con esto, he aprendido que cualquier mala situación, por más terrible que pudiera haber salido de tu experimento, será mejor que imaginar qué hubiera pasado. Aunque no es mentira que debemos pensar antes de hacer, tomemos decisiones inteligentes y démosle poder al miedo solo en cosas que realmente valgan la pena.

Propongámonos hacer más cosas que hagan que las manos nos tiemblen de miedo y adrenalina de la buena. De esas que nos dejan con una sonrisa en la cara y ese pensamiento de "que bueno que lo hice". Aventémonos a hacer cosas nuevas y no dejemos que el miedo sea el conductor de nuestras vidas.

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