PEQUEÑAS ESPECIES, El Siglo de Torreón
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Columnas Social

PEQUEÑAS ESPECIES

OTRA VEZ ARROZ

M.V.Z. FRANCISCO NÚÑEZ GONZÁLEZ
domingo 07 de marzo 2021, actualizada 9:09 am


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Cursaba el quinto año de la carrera de veterinaria en la ciudad de Durango, siempre había vivido en casa de asistencia, más que recomendación había sido por mandato de mi padre, como agradezco haber seguido sus consejos, no padecía de los problemas que eran muy comunes entre algunos compañeros que vivían en casas que rentaban.

Había quienes estaban perfectamente organizados, y no padecían de contratiempos, el noventa por ciento de los compañeros vivía en casas de renta, los problemas más comunes eran de organización para la alimentación, exceso de inquilinos, distractores para estudiar, pérdida de objetos, atraso en pagos de luz, agua, renta, gas. La minoría habitaba en casa de asistencia, era más costoso, pero había una gran diferencia, sobre todo no había distracciones para estudiar, y la alimentación, aunque era modesta pero segura. Extrañaba las comodidades de mi casa, sobre todo los guisos de mi madre, cocinaba mis platillos favoritos cuando iba a casa los fines de semana, y siempre me ponía en mi maleta junto con la ropa recién lavada, un "itacate" para disfrutarlo en la semana, sabía que tenía buen apetito, sobre todo después de los entrenamientos de futbol americano que eran diariamente, había jugado en preparatoria y ahora lo practicaba en la universidad. Al iniciar el quinto año de la carrera, la señora que nos asistía cambiaba de residencia a otra ciudad, había vivido en dos casas de asistencia desde que llegué a estudiar, y en esta última me encontraba muy a gusto, sobre todo por la alimentación, así que no tuve más remedio que buscar alojamiento. Rentamos una casa seis compañeros de la escuela y yo, compramos una pequeña estufa, tanque de gas y mandamos hacer una gran mesa que nos sirviera de base para la estufa, de comedor y para alacena en la parte inferior. Cada quien preparaba su desayuno y su cena, no teníamos refrigerador así que los alimentos que comprábamos los consumíamos de inmediato, a medio día íbamos al comedor estudiantil del DIF, excelente comida, el precio era simbólico, el trato de las señoras era muy amable, les daba un pequeño presente que mi madre les enviaba y surtía grandes resultados, la ración era más que generosa, sobre todo en el guisado que lo restringían un poco más que la sopa y los frijolitos. El único inconveniente era que se encontraba lejos de nuestra casa, demorábamos más de una hora en ir y regresar caminando, había compañeros con mejor apetito que el mío y decían que ya tenían hambre al regresar a casa. En una ocasión, llegamos de una fiesta después de media noche, con bastante hambre y sin alimentos en la cocina, se encontraba cerrado el comercio, nos acordamos que habíamos arrojado al cesto de basura unas tortillas con moho, las recogimos perfectamente envueltas aún, le quitamos lo verde, las freímos en aceite para exterminar cualquier germen y cenamos unas suculentas tostadas con sal, sin presentar ninguna enfermedad gástrica al día siguiente, así era la vida de estudiante mal organizada. Al iniciar la temporada de futbol americano, el entrenamiento era de una a tres de la tarde, durante los cuatro años que había vivido en casa de asistencia, jamás había tenido problemas con el horario de la comida, ahora que vivía en casa de renta, el comedor estudiantil cerraba a las tres, hora que terminaba el entrenamiento, éramos dos los compañeros que vivíamos en la casa y pertenecíamos al equipo de futbol, los ejercicios eran de alto rendimiento y de muchas colisiones, no podíamos entrenar recién haber ingerido alimentos. Así que mi amigo Pedro, que se encontraba en el tercer año de la carrera, tuvo la magnífica idea al llegar de la escuela, preparar una deliciosa sopa de arroz y dejarla en su punto al momento que nos íbamos a entrenar, al regresar a casa la devorábamos como si se tratara de un gran manjar con una buena dotación de tortillas, fue así como inicié de aprendiz de cocina, cuando yo llegaba antes preparaba la sopa, tratábamos de variarla algunas veces con zanahoria y otras con guisantes, realmente quedaba de buen sabor, esponjosa y agradable a la vista. Así era nuestra comida mientras duraba la temporada de entrenamientos que constaba de ocho meses al año, cuando se dieron cuenta de nuestra dieta rica en gramíneas, nuestros compañeros del equipo preguntaban bromeando lo que íbamos a comer, amablemente recibíamos una invitación para compartir alimentos a su casa, incluso el entrenador al enterarse de nuestra escasa variedad en las comidas, nos hizo una invitación a su casa, al llegar, le comentó alegremente a su esposa que llevaba dos amigos a comer, explicando la causa de la invitación entre risas y bromas, lejos de sonreír la apenumbrada señora, le dijo, ¡Tengo arroz para comer!.

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