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EDITORIAL

¿Después los pobres?

Sobreaviso

RENÉ DELGADO
sábado 23 de mayo 2020, actualizada 7:44 am


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La hora, el momento y la circunstancia urgen al Ejecutivo a replantear la estrategia si, en verdad, quiere constituir un gobierno nacional.

De seguir por donde va, el plausible y legítimo propósito de atender "por el bien de todos, primero a los pobres" podría desvirtuarse al punto de arrojar por resultado precisamente el contrario. Pueden gustarle o no los pronósticos sobre el agravamiento de la crisis económica a causa de la epidemia, pero no ignorarlos. El perfil de ese cuadro es terrible, triste y peligroso en extremo. Más muertos, más desempleo, más pobreza, más hambre, más desigualdad, más marginación, más decrecimiento y, a la postre, más inseguridad y violencia.

Así, los pobres no serán primero, sino después... A saber cuándo.

***

Si la determinación presidencial de operar un cambio radical para revertir la desigualdad, la corrupción y la impunidad sin vulnerar la democracia, descuadrar la economía ni provocar una ruptura supone una hazaña difícil e inaudita, la nueva circunstancia reclama mucho mayor inteligencia y apertura política, así como el reconocimiento cabal del margen de maniobra y del alcance del mandato.

Bajo esa reconsideración sería menester jerarquizar y acompasar las prioridades, bajarle a la confrontación y la diatriba, buscar aliados en vez de rivales reales o ficticios y, en esa condición que es prerrequisito, atemperar la adversidad, generar confianza y recalcular qué de lo pretendido se puede realizar. Querer no siempre es poder.

No hacerlo y caer en el garlito de que basta radicalizar la postura y apretar el paso para alcanzar el objetivo puede terminar en un desastre. Una debacle de una dimensión desconocida. Una tragedia social, económica y política que, a diferencia de otras ya sufridas, no tendría red de protección. Una calamidad ante la cual el reparto de culpas no desvanecería el tamaño de la responsabilidad adquirida por Andrés Manuel López Obrador.

Síntomas de esa posibilidad comienzan ya a resentirse en la relación del Ejecutivo con el empresariado, la inversión extranjera, los Gobiernos estatales, la burocracia, los médicos, las mujeres, los periodistas, los investigadores, creadores y artistas e incluso en el triángulo de la relación Gobierno-partido-parlamento.

Cuanto más tiempo ocupe y distancia avance el mandatario por el sendero escogido -que, de pronto, tiene el trazo de un callejón-, más difícil será rectificar y aplicar los correctivos para retomar la calzada que, vaya paradoja, le dé un rayo de esperanza y perspectiva al país.

No basta justificar, es preciso reconsiderar.

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Aun antes de la epidemia, los signos ominosos del porvenir económico se advertían ya en el horizonte.

Entre zancadillas propinadas, tropiezos cometidos y variables incontrolables, el cuadro se venía complicando. El coronavirus lo contagió y lo descompuso aún más, pero no lo generó. Regresar así -sin remontar la crisis sanitaria ni contar con un plan de rescate económico posible, claro y consensuado- a la normalidad será volver a la anormalidad y la incertidumbre con destino final en la frustración y la rabia.

En todo esto, hay un hecho curioso. El mandatario abomina el neoliberalismo, pero es con las más emblemáticas prácticas e instrumentos de aquel modelo con las cuales quiere reactivar la economía y atraer la inversión. Y, entonces, "la nueva política económica en los tiempos del coronavirus" que postula es el disfraz de "la vieja política económica en los tiempos previos al coronavirus".

***

Sí, el presidente López Obrador venera con fervor el no contraer deuda, el no incurrir en déficit y el no elevar impuestos como la mejor práctica posible y, por si algo faltara, concibe el nuevo tratado comercial con Estados Unidos y Canadá -legado original del salinismo que tanto detesta- como la palanca para "impulsar nuestras actividades productivas y crear nuevos empleos" y "el abierto enfrentamiento entre China y Estados Unidos" como el resorte de un reacomodo comercial que beneficiará a México.

Empero, esa concesión al dogma que aborrece, la contradice -por no decir, derrumba- al frenar la producción eólica o fotovoltaica de energía eléctrica. Esa decisión genera desconfianza en los inversores nacionales y extranjeros que, quizá a su pesar, requiere justo para reactivar la economía y atraer capital.

Vive el drama de los cruzados que odian hasta la muerte a su adversario, pero lo necesitan vivo para sostener su propia causa.

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La premura por revisar la estrategia no responde a resolver una disquisición política para zanjar la vigencia de este o aquel otro credo ideológico, sino a una realidad ineludible: está por reabrirse la actividad económica y sin un acuerdo nacional de cómo hacerlo, la recesión tardará mucho más en remontarse, golpeando, ahí sí, primero a los pobres.

Durante los últimos dos meses, una eternidad en el encierro, diversos grupos académicos, sectores productivos, actores políticos y activistas sociales han formulado propuestas al Ejecutivo para encontrar un punto de equilibrio entre lo que él pretende, lo que ellos quieren y el país necesita. De ellas, solo las ideas del Consejo Coordinador Empresarial tuvieron respuesta. Una respuesta negativa, no exenta de desprecio.

Cierto, algunas de esas propuestas son incompatibles con el objetivo presidencial, pero otras no. De ahí que, así como el mandatario dedica tiempo a escribir ideas en medio de la emergencia, también debería dedicarlo a leer otras, aquellas que podrían rescatar la economía sin dejar a los pobres para después y como siempre.

La hora, el momento, la circunstancia apremian rectificar y sumar esfuerzos. De no ser así, los sustos de ayer serán nada ante el espanto de mañana.

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