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EDITORIAL

El encierro

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LUIS F. SALAZAR WOOLFOLK
miércoles 08 de abril 2020, actualizada 7:34 am


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Es un lugar común para los cristianos en estos días de Semana Santa, el asumir que el embate del coronavirus ofrece una oportunidad para ser mejores en lo personal, y para construir en solidaridad con nuestros semejantes, un mundo mejor.

Por ello resulta pertinente valorar la reclusión a la que hoy día estamos sujetos, a la luz de "El Aroma del Tiempo", libro del filósofo coreano Byun Chul Han, en el que desde su cátedra en la Universidad de las Artes de Berlín, nos invita a experimentar nuestra vida en el tiempo. La reclusión en casa y la disminución o clausura total de nuestras actividades laborales ordinarias, nos permiten apreciar que el nivel de aceleración en la velocidad de nuestros modos de vida, ha sobrepasado los límites de la naturaleza humana.

El tema no es nuevo; ha sido tratado por los filósofos desde Marcel Proust de cara a la invención de la máquina de vapor, y en la era digital el fenómeno se potencializa en la condición instantánea del correo electrónico y las redes sociales, lo que corresponde a un sistema de producción en el que el crecimiento económico depende del uso y consumo vertiginoso de bienes y servicios. De acuerdo a la tesis de Byung Chul Han, la sociedad de consumo genera un imperativo que somete al hombre al veloz ritmo temporal de la tecnología, y configura la vida humana de acuerdo al proceso de trabajo y por tanto, al funcionamiento de las máquinas.

En otra época se daba por sentado que la existencia es histórica y estuvo regida por el tiempo medido en el claustro, y el equilibrio entre el trabajo y la liturgia de las horas (ora et labora); la vida era para la humanidad una marcha lineal con principio y fin, una peregrinación hacia lo trascendente, en un cosmos en el que el mundo que conocemos se consideraba el camino hacia un estadio superior para el espíritu. La vida del hombre contemporáneo en cambio se agota en el trabajo y el consumo, y transcurre sin dirección ni sentido hacia el vacío, sin un plan integral y por el contrario, actuamos de modo disperso e inconexo, como ocurre con el control remoto del televisor, cuando vamos de un canal a otro cual "surfeando" sobre las olas, sin rumbo y sin poner la mira en un objetivo trascendente.

Según el filósofo coreano en cita, el "tiempo libre" en la sociedad de consumo no aporta nada al ser humano, porque proporciona una mera relajación o desconexión evasiva, que no ofrece alternativa ni contrapeso al trabajo, que rinda frutos para el espíritu. La tesis de Byung Chul Han, apunta a considerar que la crisis actual que ha hecho del ser humano un animal que trabaja, será superada en el momento en el que el hombre de hoy, logre combinar el trabajo con la contemplación del bien, la verdad y la belleza, que descubre a Dios al modo de San Agustín, en el yo profundo, pero no para quedar ahí, sino para desbordar el espíritu sobre la comunidad, impregnando la vida social.

El propósito referido con anterioridad, por definición no puede ser impuesto por decreto de ningún gobierno o sistema político y solo será fruto de un cambio de paradigma cultural emanado de la sociedad misma, cuyo inicio puede tener lugar a partir del encierro que a nivel mundial nos ha impuesto la pandemia. El acceso a la vida interior, no solo es posible para los místicos o los sabios, cualquier ser humano con el grado de escolaridad que fuere, tiene la capacidad de reflexionar para plantearse las preguntas relativas a su propio origen y destino, y responder a ellas con la sencillez del campesino más humilde, o la erudición del académico.

Lo anterior puede ocurrir y de nosotros depende, en estos días de Semana Santa en que acompañamos a Cristo, en el misterio de su pasión, muerte y resurrección, desde la aparente soledad de nuestro encierro forzoso. Nuestra soledad es meramente aparente, como lo demuestra la experiencia de la misa de Domingo de Ramos, celebrada por el Papa Francisco el pasado fin de semana; los aparatos de televisión en todo el planeta, dieron cuenta de la presencia de una muchedumbre invisible en plena solidaridad, abierta a todos los hombres de buena voluntad.

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