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EDITORIAL

Un extraño enemigo

Sobreaviso

RENÉ DELGADO
sábado 21 de marzo 2020, actualizada 7:34 am


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Aún cuando se quiere establecer un paralelismo con la crisis sanitaria y económica del 2009, la de hoy es distinta. El país se encuentra ante una realidad inédita y peligrosa para la salud, la economía, la política y el porvenir.

El momento demanda un mínimo de unidad y disposición para actuar de conjunto con velocidad, pero sin descuidar el ritmo, así como también tomar, asumir y cumplir sin chistar medidas extraordinarias. Sólo así se podrá hacerle frente a "un extraño enemigo", el Covid-19.

No entender de ese modo la emergencia podría terminar por lastimar a la nación no sólo durante la pandemia, sino también después. De ese tamaño es la situación.

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La idea del "extraño enemigo" no apela a un chabacano ánimo patriotero, sino a la intención de engarzarla al concepto manejado por el presidente Emmanuel Macron al hablar de la pandemia.

"Estamos en guerra, en una guerra sanitaria -dijo el mandatario francés en su alocución del lunes-. Es cierto, no luchamos ni contra un Ejército ni contra una nación, pero el enemigo está ahí, invisible y evasivo, y avanza. Esto requiere nuestra movilización general".

Tras darle ese carácter a la crisis sanitaria y anunciar medidas radicales e insólitas para contener el virus y sus consecuencias, Macron señaló que la circunstancia reclama "una nueva solidaridad" e instó a los franceses "a hacer nación". Sí, se vive una guerra contra un enemigo desconocido e invisible y, por lo mismo, es menester guardar unidad y disciplina, movilizarse -así sea, aislándose-, solidarizarse con quienes sufrirán más la embestida y luchar.

Vale rescatar esa concepción porque, en el caso nacional, un muy buen número de actores y activistas políticos -pesos pesados y mosca- están haciendo de la pandemia, motivo para vulnerar la posibilidad de darle un solo frente al virus, tomar ventajas en la peligrosa circunstancia y deshacer, en vez de "hacer nación".

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Imaginar cuántas vidas podrá cobrar el coronavirus y si la de uno va entre ellas angustia, desde luego, pero también inquieta qué tan confrontado o fracturado social y políticamente quedará el país como para encarar la consecuente crisis económica.

Ahí es donde irrita ver la irresponsable actitud de esos actores y activistas de muy diversa talla. Pareciera no animarlos la idea de dar la batalla contra el virus formando un solo ejército, sino instalarse desde ahora en la posguerra, en el paisaje después de la desgracia, y calcular qué beneficio podrán derivar de la circunstancia o qué tan bien posicionados quedarán ante la elección del año entrante y la siguiente. Causan la impresión de darles lo mismo vulnerar la autoridad o descuidar la investidura en un momento crítico.

Eluden la guerra porque lo suyo es la posguerra, sin importarles mucho la derrota, así se disfracen de inocentes zopilotes, halcones o palomitas.

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No faltan ganas de encarnizarse con el villano, el inepto o el oportunista escogido a capricho y tundirlo hasta debilitarlo, inhabilitarlo o verlo sucumbir. ¡Y vaya que más de algún político, activista, intelectual o periodista han sucumbido a esa tentación!

No es para menos, la estrechez de miras con que actúan bastantes de los actores y activistas políticos exhibe un vasto catálogo de cínicos, necios o mezquinos y, sin duda, se podría seleccionar al favorito para batirlo, así vaya de por medio la expansión del virus y deje por memoria un lúgubre recuerdo, acompañado de un cuadro económico y político sellado por la devastación. Hacer de la pandemia ocasión para acabar con el adversario -cualquiera que éste sea- es hacer de la canalla política y la ruina nacional, el emblema de la podredumbre de un país sin dirigentes ni remedio.

Más vale no animar ese juego ni concursar en él.

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Es imposible ir a la guerra contra un enemigo común sin antes declarar una tregua en la lucha interna, sin suspender los rejuegos con segundas intenciones, sin declarar un cese a la hostilidad y la polarización o sin dar muestra de disposición a escuchar y variar la compostura. Insistir en esa actitud es tanto como capitular antes del contagio comunitario y contar, después, los muertos para ver a quién pueden achacarse. Qué importa, si se da por sentada la derrota de antemano.

Lo increíble es que, siendo tan obvia esa precondición para resistir y remontar la pandemia, actores y activistas jueguen a banalizar o exagerar la emergencia; a precipitar decisiones y acciones que, al final, entorpecerán una actuación coordinada y nacional; a profundizar la desconfianza y la incertidumbre en la población; o a subrayar diferencias sin deseo de encontrar coincidencias.

En ese esquema se entiende que el Ejecutivo jure acatar sin cumplir las recomendaciones, incurra en la provocación del contagio o haga gala de su fervor. Se entiende que un senador del PAN levante un acta en la Fiscalía General de la República por tentativa de homicidio y lesiones contra el secretario y el subsecretario de Salud, mientras sus colegas se disputan la coordinación de su bancada a costa de escandalizar. Se entiende que los diputados de Morena aprovechen la emergencia para asegurar su reelección. Se entiende que la oposición no dé pie con bola, dada la nulidad de las direcciones partidistas.

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Jugar a sálvese el que pueda y cárguese a la cuenta de mi adversario la derrota, hará -retomemos el himno- temblar en sus centros la tierra sin que nada bueno ahí pueda germinar. Qué absurdo ir a la guerra sin ganas de dar la batalla ni suspender el pleito interno, capitulando de antemano.

Es hora de ayudar y dejar respirar a la gente, sobre todo, a los especialistas.

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