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EDITORIAL

Neuroquímica

Diálogo

YAMIL DARWICH
jueves 13 de febrero 2020, actualizada 7:21 am


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Hace poco menos de un siglo, los humanos aún sentíamos que nos enamorábamos, así, sin más.

Dábamos por ciertas frases que decíamos y que nada explicaban: "a primera vista", "flechazo de cupido", justificando el por qué nos gusta una persona del sexo contrario. Hoy también en eso hemos trastocado criterios.

El romance era parte importante, "la sal de la vida"; estar emocionados por una nueva amistad que pudiera avanzar hacia una relación más profunda y comprometida que nos inquietaba positivamente, hasta perder el sueño y concentración laboral, apagar el apetito y sentirnos enamorados.

Igual nos sucedía con la ira y el rechazo a alguna persona; se basaba en saber -sentir - que "me cae gordo (a) por sangrón (a)" y bastaba volver la mirada al lado contrario de la acera por la que caminaba el sujeto de nuestro desagrado; o, de plano, cruzar la calle para evitar el encuentro con ese (a) desagradable.

Los sentimientos amorosos nos los explicábamos por medio del romanticismo y eran alimento de los poetas, quienes en medio de su pobreza mal comían, sin perder su inspiración o dejar de escribir bellas prosas que leímos, hasta devorábamos, generándonos sensaciones de bienestar y/o franca felicidad. Actualmente ellos están en vías de extinción, suplidos por consumibles de pobre calidad artístico literaria.

Al respecto, un amigo ya finado, durante nuestra vida universitaria, visitaba tiraderos de libros usados buscando poesías que luego adaptaba para la novia, por cierto, con éxito: se casaron.

De pronto nos rompieron los sueños románticos unos sujetos, premios nobel, nombrados como Watson y Crick, quienes se dedicaron a estudiar a las células y encontraron en ella estructuras que explicaban la vida: los genes, desencadenando una avalancha de descubrimientos.

Por otra parte, los químicos no se quedaron atrás y atrincherados en modernos laboratorios empezaron a descifrar muchos secretos y ayudaron a comprender la constitución de nuestras personas.

Habrá que escribir que otros curiosos e insistentes observadores -les dicen investigadores científicos- uno llamado Stanley Miller y su discípulo Harold Urey, a mediados del siglo pasado se les ocurrió encerrar herméticamente en una redoma de vidrio: agua, metano, amoniaco e hidrógeno y aumentándoles la temperatura los sometieron a descargas eléctricas.

Se sorprendieron al descubrir que se habían formado aminoácidos, el principio de la vida, la que llamaron "sopa fundamental" y empezamos a sentirnos seres superiores, semidioses, mostrando nuestra sobrada fatuidad humana.

Desde entonces, en solo unas décadas, los brincos han sido espectaculares y rápidos, si consideramos que desde hace unos 315,000 años hemos rondado por todo el mundo.

En solo unos dos siglos, hemos evolucionado de la alquimia a la química y ésta en bioquímica, haciéndola estudio microcelular, cambiando nuestras condiciones de vida y salud. Cosa buena.

Actualmente, todo nuestro ser y actuar lo tamizamos por la ciencia: neuroanatomía microscópica, neuroquímica, neurofisiología, neuropsicología, hasta neuronanobiología y al amor lo comprendemos como un proceso químico biológico, donde las sustancias son las importantes para generar sentimientos.

Ahora, usted no recibió un flechazo de cupido, ese angelito juguetón que anda causando enamoramientos y que tampoco distingue entre sexos, sino que es influenciado por la difeniletilamina, sustancia odorífica que despierta la atracción por otro.

Tampoco ha leído en la cara de su interlocutor sus intenciones -aunque algo hay de eso- sino que oliendo descargas hormonales fue orientado a la aceptación, hasta enamorarse de él o rechazarlo.

La cannabis indica ya no es gasolina que, según la canción, "hace andar a la cucaracha", sino que estimula al cerebro para que produzca dopamina y como consecuencia tenga sensaciones de bienestar y/o aceleramiento.

Decíamos que "el miedo no anda en burro" y los temerosos podíamos correr más rápido y hasta saltar altas bardas al sentirnos perseguidos; ahora sabemos que es una hormona que se llama epinefrina, que nos tensa muscularmente, acelera el corazón y nos pone alerta. También ayuda al enamoramiento.

Conocemos el cortisol, producido en nuestras cápsulas suprarrenales, que nos ayuda a controlar alergias, nos excita sexualmente y si se mezcla con la difeniletilamina puede generar consecuencias -embarazo no deseado- aunque para el caso ya tenemos todo un arsenal de abortivos.

La euforia o la depresión, la felicidad o la tristeza, ya no son cuestiones del alma, sino que dependen de los mediadores químicos que escurren y se ubican entre neurona y neurona, bloqueando o inhibiendo la transmisión eléctrico nerviosa. Unos favorecen, estimulan, otros deprimen reacciones. A muchos de ellos los aprovechamos como arsenal terapéutico y abusamos de ellos, al utilizarlos irreflexivamente.

No es verdad que "todo tiempo pasado fue mejor"; Steven Parker, psicólogo, lingüista y escritor ha concluido que "todo tiempo pasado fue peor", aunque algunos viejos y necios tengamos resistencia a aceptarlo.

Ahora vivimos tiempos mejores, gracias a la ciencia aplicada, aunque en cosas del amor, creo era mejor "a la antigüita".

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