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EDITORIAL

Desventura colectiva

EDGAR SALINAS
martes 14 de enero 2020, actualizada 7:30 am


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"En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones"— Julio Cortázar

La desventura volvió a ensombrecer el soleado cielo lagunero cuyo brillo de promesas hemos buscado recuperar luego de los fatídicos años de hace tiempo. A juzgar por las tendencias en redes sociales, las principales notas en diarios y noticieros, todo México y más allá se enteró de lo ocurrido el viernes 10 de enero en las instalaciones de uno de los mejores colegios de la región.

Las explicaciones se multiplicaron en minutos como si fuera encargo: Que la inseguridad y la adquisición de armas está normalizada; que el niño había actuado por influencia de un videojuego; que el sistema económico orilla a dinámicas de este tipo; que hace falta prevenir integralmente la violencia; que el bullying propicia estos riesgos; que los padres de familia no hicieron lo que les tocaba; que seguimos sin resolver la inseguridad; que la formación en valores ha fallado y hasta que el protagonista había nacido en el periodo presidencial de conocido político. Algunas pueden contener razonabilidad y otras, por estúpidas, son ocasión para reafirmar la calidad de quien las enuncia.

Reconocer la ausencia de elementos para determinar la causa de un acontecimiento de esta naturaleza aporta más que soltar el primer licuado de lugares comunes y frases huecas arremolinadas en la boca.

Es de llamar la atención que la reacción inicial enfocara lo sucedido como un problema de seguridad. Y, por tanto, se subiera el volumen a la necesidad de acciones de control y vigilancia… ¡en la escuela! Se trata de lo obvio, pues es más fácil lidiar con la reputación que con la conciencia, como dijo Nietzsche.

Las agrias sensaciones que deja lo ocurrido nos lleva a las cuerdas del desasosiego y de la forzosa reflexión. Propongo en lo que sigue algunos temas a repasar en este contexto. Si bien hay una frontera muy débil entre la elección de las dinámicas a reflexionar y el suponer que una de ellas es causa de lo ocurrido, habría que actuar con cautela y argumentar con evidencia antes de concluir alguna causalidad o generalizar circunstancias.

Comienzo con la familia y la escuela que, por mucho tiempo, han conformado el binomio de sacralidad laica. Se supone que son realidades de socialización, formación y respeto; lugares para cultivar el amor y conocimiento en la persona. Sin embargo, la realidad cotidiana es otra. La violencia familiar es uno de los delitos de mayor incidencia nacional y crece cada año; la mitad de las mujeres con pareja han sufrido algún tipo de violencia. Entre los países de la OCDE, México ocupa primer lugar en violencia contra menores y pornografía infantil y, según datos de la ENDF, en 13 millones de familias los niños crecen en un entorno de violencia y gritos. Y en lo que respecta a la escuela también el país ocupa el primer lugar, de la OCDE, en acoso escolar, pues 7 de cada 10 estudiantes de nivel básico lo habrían padecido. Así pues, los espacios donde se supone mayor respeto y afecto cada vez más están marcados por violencias. Sí, los lugares de socialización cívica y de entorno afectivo son manchados violentamente día a día.

Otro tema para meditar es la comunicación al interior de la familia y en las propias escuelas. Y aquí parto de la experiencia personal como profesor en varios niveles, desde educación básica hasta superior (incluida la ejemplar institución que es el Colegio Cervantes). Como docente he tenido la oportunidad de que muchos estudiantes me confíen temas muy personales y, en síntesis, puedo generalizar la bajísima calidad en la comunicación -cuando la hay- al interior de las familias. Profesionales de la psicología con quienes tengo relación y están a cargo de las áreas psicopedagógicas en diversas escuelas me han confirmado lo común de esa situación y de las dificultades para propiciar acciones de comunicación fructífera con grupos de interés de las escuelas.

Finalmente, debe decirse que las hipótesis explicativas y contextos de causalidad esgrimidos en notas y columnas hacen concluir que esta tragedia es un riesgo no exclusivo ni de Torreón ni de La Laguna. En cada factor que pudo haber influido no se tiene en la región niveles de mayor peligro que las medias nacionales. Sin embargo, aquí nos ocurrió y del modo como nos hagamos cargo en casa, en la escuela, en el barrio y colonia, podremos hacer diferencia.

Considero también que esta situación evidenció prácticas informativas que obligan a reflexionar respecto al modo de hacer cierto tipo de periodismo.

Con todo respeto, desde aquí hago patente mi abrazo a las familias de las víctimas.

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