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Columnas Social

No hay que temerle a la vejez

La vejez es el precio de vivir muchos años

Dr. Leonel Rodríguez R.
TORREÓN, COAH., martes 14 de enero 2020, actualizada 10:05 am


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PRIMERA PARTE

Cómo me gustó el mensaje de Juan Recaredo: "No hay que temerle a la vejez" en su columna "Las palabras tienen la palabra" y todo lo que en él menciona, publicado un 4 de noviembre de hace varios años y cuyo título lo hago mío al escribir estas reflexiones.

Contrario a lo que le sucedió al señor Recaredo cuando arribó al cincuentenario de su natalicio, en lo personal viví emociones diferentes; dos meses antes de arribar a este aniversario me cayó, como dicen "el veinte" de que en poco tiempo arribaría a medio siglo de vida y fui invadido de una gran emoción; ¡cincuenta años!, ¡medio siglo!, ¡cinco décadas!, ¡diez lustros!, ¡qué gran alegría invadió a mi espíritu! a eso que llaman alma; sin embargo, conforme se acercaba la fecha, el día tan esperado, me invadió el temor acompañado de angustia, la duda, de no llegar a esta significativa fecha, a tal grado que con fervor cristiano acudí al Señor y le pedí llegar a ese aniversario y de ser su voluntad a partir del momento de traspasar los dinteles del medio siglo, acudiría a su llamado al momento que así Él lo determinara sin poner ninguna objeción y… ¡me lo concedió!, llegar a mis cincuenta primeros años de vida. Todavía revivo el primer segundo, el primer minuto, la primera hora de mi nueva edad; todavía después de más de veintitrés años recuerdo esos momentos y aquel pensamiento que vino a mi mente: "lo que caiga de aquí en adelante será miel y trataré de aprovecharlo al máximo". En mis archivos guardo aquel mensaje que escribí a mis hijos con el título de: A mis queridos muchachitos y la frase que lo procede: "Opino que a los cincuenta años cada uno tiene la cara que merece", reflexión de George Orowuel. Porque en realidad aún cuando los dos mayores eran ya unos jóvenes, para mí no dejaban de ser unos niños…, ¡unos muchachitos!, ni en aquel entonces…, muchos menos ahora.

¡Cuánto les digo en esa misiva!, me ayudó a realizar un análisis de mí mis cinco décadas vividas y contrario a lo que menciona el señor Recaredo, desde entonces sentí o me hizo reflexionar que nunca, menos ahora que ya llegué a esa tercera edad que tanto se menciona, le he temido a la vejez. Llegar a esta etapa de mi vida me llena de orgullo y satisfacción y arrastro actualmente mis setenta y tres años con mucha dignidad, con gran orgullo.

Cuántos sucesos se han sucedido en estos últimos veintitrés años: los hijos siguieron creciendo, siguieron madurando; lograron una misma licenciatura, una misma profesión; jamás lamenté que ninguno de ellos siguiera mi profesión; nunca lamenté ni me sentí defraudado de que no se hayan inclinado por mi profesión como veía en muchos hijos de mis compañeros y amigos de la generación y otras que nos antecedieron; los tres se casaron, formaron un nuevo hogar, de ellos provino una nueva generación de ocho nietos, cinco varones y tres hermosas doncellas, los cuales perpetuarán el recuerdo de tantas y tantas generaciones que nos han precedido.

Aun cuando era (y sigo siendo un enamorado de mi especialidad) y sentir terror de que algún día llegaría el momento de la jubilación, por motivos de salud decidí, al llegar a los sesenta años, retirarme del ejercicio de mi profesión institucionalmente. Tuve dos años para madurar mi determinación y llegado el momento, ya sin pensarlo más, solicite mi retiro por cesantía y así fue. En un mensaje que titulé: "Misión Cumplida" narro los propósitos que me llevaron a esa determinación y con gran satisfacción leo que los propósitos allí mencionados los he superado de una manera superlativa.

…Hace más de trece años le di un giro a mi vida: me jubilo y me dedico, entre otras cosas y lleno de entusiasmo, de energía a algo que no estaba dentro de mis proyectos, me inicio en el deporte del caminar, trotar y sería muy vanidoso decir a "correr", sin embargo con mi paso "chingaquedito" he culminado maratones, medios maratones y carreras de treinta y seis kilómetros en solitario, así como de quince, diez, cinco y hasta de dos kilómetros; sigo escribiendo, no todo lo que quisiera hacerlo, pues como dice el escritor mexicano Rubén Cortés: "El secreto de escribir está en la mirada. Si uno tiene la de Ernest Hemingway y se lee 500 libros antes de escribir uno, seguro que le va a ir bien en este oficio", leo como desesperado ya que dicen que con esto pudiéramos evitar que el alemán nos atrape y de vez en cuando me da por filosofar y viene a mi mente aquella reflexión que nació un día y que a la letra dice: "Cuando los mortales realizamos con amor y entusiasmo las actividades que más nos agradan, las enfermedades y la muerte dejan de perseguirnos" Nueva Rosita, Coah., 29-06-2006.

Y aun cuando reconozco que pierdo despiadada y lastimosamente muchas horas de un día, me justifico con pensar que durante ellas nacen nuevas ideas, nuevos proyectos nuevos caminos a recorrer y nuevos títulos de mensajes que ya están en elaboración tales como: "Mi próstata y yo"…, "Y yo que pensaba que era inmortal"; De Torreón a Lerdo no es tan sólo una polca; también es una gran carrera"; ¡ah!, esas esquelas necrológicas y que poco a poco les voy dando forma y todo esto aparece en esos minutos de holganza aunque sean muy breves, nacen todos estos proyectos.

Continuará...

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