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EDITORIAL

Poder y ambición

Metáfora ciudadana

LUIS ALBERTO VÁZQUEZ ALVAREZ
sábado 14 de diciembre 2019, actualizada 7:46 am


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"El poder y la riqueza son como el agua de mar: cuanto más se beben, más sed dan"— Arthur Schopenhauer

La ambición por el poder es una enfermedad psíquica, progresiva, incurable y altamente contagiosa. Radica lo mismo en poderosos jefes de estado que en humildes burócratas o líderes empresariales que cambian los estatutos de su agrupación patronal para reelegirse al menos cinco veces. Esta codicia daña la inteligencia y perturba la prudencia. Una vez conseguido la supremacía, el problema es renunciar a ella.

En marzo de 1908 la prestigiada Magazine Pearson neoyorquina, publicaba la vida del dictador mexicano Porfirio Díaz; su periodista estrella James Creelman destacaba la labor gubernativa de este personaje; Creelman no era un chayotero que buscara vivir de las dádivas de los poderosos, era honesto y expresaba lo que creía como grandes verdades, aunque con algunas exageraciones. Su visión de don Porfirio expresaba: "Me ha parecido a mí, que de todos los hombres que hoy viven, el que más vale la pena ver es el general Porfirio Díaz… Si fuera poeta, escribiría su apología; si músico, marchas triunfales. Si mexicano, sentiría que una devota fidelidad de toda la vida no pagaría todo lo que él ha hecho por mi país. Pero como no soy ni poeta, ni músico ni mexicano, sino solamente un norteamericano que ama la justicia y la libertad y que espera ver su reino entre la humanidad progresar y fortalecerse, veo a Porfirio Díaz, presidente de México, como uno de los grandes hombres que debe ser considerado modelo de heroísmo por el género humano."

Y no se equivocaba el columnista, Díaz había hecho de aquel país que los europeos despreciaban expresando: "les mandamos un príncipe rubio que los gobernara, lo fusilaron y prefirieron un indio prieto", donde cada día había matanzas, corrupción y miseria, a un país que competía con las grandes potencias, con vías de comunicación muy avanzadas, una moneda fuerte y un gobierno estable y ejemplo para todo el mundo. Por todo esto, el nombre de Díaz estaba destinado a ser colocado en ciudades, grandes bulevares, colonias y plazas (la plaza de armas de Torreón lleva por nombre "2 de abril" rememorando la batalla que ultimó al imperio de Maximiliano). Entonces, ¿qué pasó?...

Bolivia, el país más pobre de Sudamérica, sin salida al mar, con una población indígena mayoritaria, típica "República bananera", explotado por las empresas yanquis desde su independencia, encontró un tesoro que sería su perdición: Litio. En 2005 asciende al poder otro indígena, quien logró que la pobreza extrema se redujera del 38 a solo el 17 por ciento y que la inversión en salud aumentara un 173 por ciento, elevando la esperanza de vida siete años. Aceleró la inclusión social y política de los indígenas y campesinos; además convirtió a Bolivia en la nación sudamericana con mayor crecimiento económico de 327 % en el PIB y el ingreso per cápita pasó de 1,120 a 3,130 dólares; el salario mínimo subió de 440 a 2,060 bolivianos; (datos: Fondo Monetario Internacional y OMS). Su grave error fue la nacionalización de recursos naturales; se echó encima al imperialismo yanqui que lo tildó de dictador, acusándolo de "fraude electoral" que ya la misma OEA ha desmentido.

Desde aquella fatídica frase de Julio César: "La suerte está echada" con la que demostraba su avidez de gloria para dominar Roma; ha habido infinidad de codiciosos del poder. La época de la independencia de Latinoamérica dio muchos ejemplos de líderes que lucharon inicialmente por el bien, pero la ambición personal los perdió: Agustín de Iturbide debería haber sido llamado "Padre de la Patria" ¿Y…? Similar a Jean-Jacques Dessalines, libertador de Haití quien dominado por la ambición se autoproclamó Jacques I emperador. Otros insurgentes sufrieron iguales traumas de potestad absoluta.

El síndrome de Hybris es una adicción irreflexiva propia de dictadores; ellos se creen únicos y capaces de realizar grandes tareas, su confianza en sí mismos es exagerada y están convencidos que si ellos no lo logran, nadie lo conseguirá jamás; encarnan el proverbio griego; "Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco". Porfirio Díaz, debió renunciar como había anunciado en 1910 y hoy sería el semidios mexicano, pero manifestó: "Cuando estuve enfermo los bonos mexicanos descendieron"; así justificó seguir al frente del país eternamente. Evo Morales debió retirarse tras el referendo que no le permitía reelegirse, había realizado una labor excelente y su nombre era respetado en el mundo entero. Pero se sintió indispensable y creyó que renunciar al cargo sería fatal para Bolivia; su ambición de poder lo llevó a caer tras un golpe de estado y sumir a su patria en una guerra civil mientras sus enemigos políticos entregan sus riquezas nacionales a Estados Unidos.

Estos personajes, tarde o temprano sus nombres serán recordados positivamente, una vez que la historia y no la política los juzgue; ya a don Porfirio se le empieza a ver de forma diferente. Los no se librarán jamás del estigma "Macbeth", son los dictadores usurpadores Victoriano Huerta, Augusto Pinochet y Jeanine Áñez, todos ellos criminales de lesa humanidad y lacayos de los gringos, con suite eternamente reservada en el primer giro del séptimo círculo del infierno dantesco.

El poder político debe ser utilizado para asegurar el bienestar elevando la calidad de vida de todos los seres humanos; no para satisfacer ambiciones personales. Todos los personajes anteriores, se olvidaron de lo esencial.

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