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EDITORIAL

El avioncito

No Hagas Cosas Buenas…

ENRIQUE IRAZOQUI
viernes 15 de noviembre 2019, actualizada 7:36 am


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Vaya asunto el que le cayó del cielo al Gobierno de México para sacarse de encima la crisis mediática que tenía encima por la claudicación del Estado Mexicano aquel 14 de octubre por los hechos sucedidos en Culiacán, Sinaloa (justo ayer se cumplió un mes en que un hijo del narcotraficante más famoso del país sometió al Gobierno mexicano) y por la masacre de la que fueron víctimas la familia mormona LeBarón, cuando sicarios asesinaron a 3 mujeres y 6 niños (bebés entre ellos) en el estado de Sonora, justo en sus límites con Chihuahua, cuando en el país sudamericano de Bolivia una crisis social suscitó que echaran del poder al hasta hace unos pocos días era el presidente de ese país, Juan Evo Morales Ayma.

El primer presidente de raza indígena que accedió a la primera magistratura de ese país andino poblado hasta en un 60 % por esa etnia, Evo, llegó al poder prometiendo la lucha contra la pobreza y desigualdad y proclamándose como un socialista enemigo del imperialismo.

Esto ocurrió en el año 2005, cuando ganó las elecciones presidenciales con el 54 % de los votos; con la necesidad de una segunda vuelta accedió al poder, que tomó constitucionalmente en enero de 2006. Ya en la presidencia maniobró para poder reformar la Constitución de ese país y quedarse, en vez de 4 años, otros 4 más en primera instancia y nuevamente hacer lo propio para reelegirse en 2013, por amplios márgenes que le daban su respaldo popular. Hace un par de años, en una nueva intentona para volverse a presentar al cargo, convocó un plebiscito popular que consultaba si el pueblo querría una nueva enmienda constitucional que abriera la oportunidad a Morales Ayma de volverse a presentar a los comicios, mismo en que la mayoría se negó. Ante este resolutivo, amparado en una impugnación en los tribunales de ese país y sobre el argumento de que era "derecho humano" mantener la calidad de elegible, nuevamente Evo se presentó a los comicios presidenciales que se realizaron apenas el pasado 20 de octubre del año en curso, donde nuevamente Morales obtuvo la primera posición, con una mayoría que rozaba el 45 %.

La norma electoral en Bolivia señala que para que se pueda elegir presidente en una primera vuelta el ganador debe obtener al menos el 50 % más uno de los sufragios o aventajar al segundo lugar por 10 puntos. Cuando los órganos encargados de hacer el recuento oficial de los votos previeron que no se cumplirían las condiciones para definir todo en una primera ronda, sobrevino un misterioso apagón, y cuando el fluido eléctrico regresó, ahora sí Morales tenía ya el 47.08 %, y a su más cercano competidor, Carlos Mesa, se le reconocía el 36.51 %. Con eso Evo tendría otro periodo.

Sin embargo, Bolivia se convulsionó y la Organización de Estados Americanos (OEA) pronunció que las elecciones bolivianas habían estado manchadas de fraude. Este y otros elementos provocaron enfrentamientos en sus calles hasta el punto de una rebelión del Ejército y Policía que exhortó a Evo a renunciar, cosa que finalmente hizo.

Sin cortapisa alguna, lo que sucedió en Bolivia fue un artero golpe de Estado. Si bien la elección no fue limpia, existían mecanismos legales para darle cauce a eso. Las fuerzas armadas de ese país si bien no depusieron a su presidente materialmente, sí lo hicieron de manera virtual, y Morales con su decisión quizá evitó un baño de sangre innecesario, porque el golpe estaba consumado.

¿Y qué a nosotros con todo esto? Como es públicamente sabido, el presidente de México es afín a la ideología política de Evo Morales, de Daniel Ortega en Nicaragua y al menos neutral en las dictaduras de Venezuela y Cuba, por lo que el Gobierno mexicano raudo y veloz le ofreció asilo político al depuesto presidente boliviano, acto a todas luces legal, tal como lo indica la Constitución de México.

El problema es que la oferta de asilo incluía transportación aérea a cargo de todos los mexicanos. Un jet de la Fuerza Aérea Mexicana se trasladó hasta Bolivia a traer a México al propio Evo, y para ello tuvo que realizar un periplo que sorteó posiciones políticas de todo tipo en Sudamérica.

El caso al final es que el avión del Estado mexicano, un Gulfstreram III con autonomía de 11 horas, trajo sano al señor Morales, con cargo por supuesto al bolsillo de todos.

Lo grave y reprochable no es para nada el asilo que el presidente López Obrador le da a Evo, puesto que está totalmente facultado para ello. El problema es que el jefe del Estado mexicano hace vuelos en líneas comerciales supuestamente para no dañar erario, so pena de ponerse en riesgo hasta su integridad física y con ello la integridad del presidente de todos los mexicanos y hasta quedarse incomunicado, como fue el caso del operativo fallido en Culiacán, que por realizar un vuelo a Oaxaca por una aerolínea el gabinete de seguridad tomó decisiones que él tenía que haber tomado; pero eso sí, dispone mandarle el avioncito a Evo. Como que no hay mucha congruencia.

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