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EDITORIAL

La violencia contenida no significa acuerdo

JULIO FAESLER
viernes 15 de noviembre 2019, actualizada 7:37 am


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A Carlos Torres Manzo en agradecida amistad

La curiosa renuncia a la presidencia de Evo Morales demuestra cómo pueden las Fuerzas Armadas hacer valer su poder sin llegar a atropellar vidas y bienes de los ciudadanos. Es de notar que en el caso de Bolivia todo indica que, al igual que sucede con nosotros, el Ejército proviene directamente de las clases populares en las que se enraíza. El golpe de estado es una fórmula que se evitó gracias a los siguientes factores: El primero de ellos, que desde luego fue la voluntad de Evo Morales de no ocasionar un derramamiento de sangre, de la misma manera que en su momento lo evitó Porfirio Díaz. El expresidente, que ya no es presidente, como le siguen llamando los integrantes de Morena, deja bien abierta la posibilidad de recobrar una personalidad lo suficientemente válida como para merecer un regreso digno y triunfal. Su estancia en México, desde luego tan anecdótica como su retorcido viaje de escape en avión, dará mucho que comentar para los que tengan el gusto de escudriñar los vericuetos del derecho constitucional.

Otra faceta de la huida de Evo Morales de su palacio presidencial es la realidad de una vicepresidenta que, de acuerdo a la Constitución de Bolivia, ocupa la presidencia con la misma legitimidad formal que la que tiene la renuncia del que vemos ahora como expresidente. Es interesante observar que algunos países, entre otros Rusia, ya la reconocen con lo que hay elementos para enderezar los procesos jurídicos para precisar quién es el o la vencedora. La presión popular, a la que Evo seguramente ha de atenerse, no tiene más argumento que las movilizaciones callejeras. Los argumentos técnico legislativos son las que están perdiendo validez salvo en las salas de negociación que son de menor dramatismo. La posibilidad de que Evo salga triunfante tras de un acuerdo conciliado es lo preferible. Así como ha reconocido la claridad del rechazo, debe también reconocer la insostenibilidad de su prolongado apego al trono presidencial.

No podemos soslayar, por otra parte, el potencial de ferocidad con que se dan los encuentros entre parlamentarios lo cual fue patente en el sainete en la Cámara de Diputados el miércoles pasado. Con la intención de reproducir la escandalosa toma de posesión de Felipe Calderón, los de Morena se equivocaron al forzar la toma de protesta de la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos. Aquí sin tener más validez que una trampa aritmética en el conteo de votos. En el caso de la presidencia de Calderón, ella estaba plenamente sostenida y respaldada en las cuentas electorales. En el caso de Rosario Piedra, ninguna comparación es aplicable ya carece además de constitucionalidad por haber sido consejera de Morena hasta el día anterior de su toma de protesta.

Lo muy grave de este asunto está en la terquedad con que puede arrastrarse el asunto poniendo en duda la validez de las sentencias de la CNDH al grado de dar pretexto a que desde la presidencia en Palacio Nacional se proceda a reemplazar, no a la señora que detenta el cargo sino, que lo que sería aún peor, querer sustituir a la Comisión actual con otra. La receta es ya familiar y fácil: se procedería a inventar una nueva institución "protectora de derechos humanos" que, con su dotación de personal adicto a López Obrador, tomase las riendas recién creadas.

La ciudadanía latinoamericana es singularmente famosa por ser más proclive al desorden que meramente vulnerable. Los tiempos no son favorables a la idea, ahora aparentemente romántica, de la democracia. Por todas partes brotan ejemplos de la manera en que los elementos fundamentales del respeto a los derechos y necesidades básicas de la ciudadanía son brutalmente ignorados por aquéllos que han ganado el poder y precisamente para mayor ironía, gracias a los mismos ciudadanos que luego manejan a su torcido antojo.

Para México ha llegado el momento de que la ciudadanía sana se prepare para una valiente retoma del poder perdido y se aliste a la brega que se dará en el 2021. No se trata de estar contra las exigencias válidas del pueblo que tras de haber sido tan tristemente manejado en sexenios pasados ahora se encuentran nuevamente en las mismas trazas. Se trata de que el siguiente grupo que llegue a la Cámara de Diputados sea limpio en su intención y propósito.

Por todas partes converge sobre la ciudadanía un desorden que ha de ser curable. El desorden que nos agrede a diario es el de los criminales de hechos bestiales que tienen sobrados motivos para sentirse dueños del país que las autoridades que elegimos les cedieron. No es inocencia ciudadana la que nos trajo a este increíble estado de cosas; tampoco es la negligencia que sustenta la abstención cuando llega el momento de ir a la casilla a votar.

La violencia contenida es ominosa. En Bolivia los ciudadanos conscientes también abandonaron las casillas cuando era el momento necesario y dejaron su nave al garete. También fue traición a la Patria.

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