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EDITORIAL

Epidemias

ARNOLDO KRAUS
domingo 10 de noviembre 2019, actualizada 8:46 am


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Las epidemias son un brete inmenso. Abarcan diversos rubros. Priman los médicos pero otros avatares también son cruciales. Descalabros políticos, conflictos armados, comunidades desplazadas, pobreza, hambrunas y fracasos sanitarios muestran, al lado de virus y bacterias, otros semblantes de la humanidad. Los rostros de las epidemias distinguen: azotan a los pobres con mayor frecuencia que a los ricos.

Los rostros de las víctimas de epidemias, sin aliento, poco o nada tienen que ver con los números alegres de las agencias humanas creadas y dirigidas por los mismos humanos que conocen las angustias de las otras caras de nuestra especie, las de los pobres. Las epidemias del siglo XXI son similares a las de los siglos pasados; algunas alcanzan mayor notoriedad si afectan a personas célebres o sociedades ricas como la del sida y otras pasan casi desapercibidas, como la del ébola, que arrasa con la precaria economía de la República Democrática del Congo. Cólera, difteria, tuberculosis, paludismo y desnutrición son viejos nombres; sida, ébola y diabetes mellitus ocupan ahora las páginas de los diarios y las preocupaciones médicas junto a las epidemias anteriores. Epidemias y fracaso de la "comunidad humana" son sinónimo; las epidemias, no se han erradicado, se han multiplicado.

Evaluar el progreso de la humanidad tiene dos caras: la de las grandes organizaciones mundiales que no cejan en lanzar las campanas al vuelo difiere del incremento del hambre en el mundo: en 2018 el número de hambrientos fue de 820 millones de personas, 11 más que en 2017. Las epidemias y las pandemias son un termómetro (casi) neutral para evaluar el progreso de nuestra especie: algunas estadísticas falsean datos y otras son inexactas.

Ni los enfermos infectados por el ébola ni los pobres destruidos por la desnutrición mienten: ahí están sus cuerpos derruidos, las tumbas de los suyos, el fracaso de los sistemas de salud.

Sobran agencias. No sobran los muertos cuyo destino, sea por edad o por las sinrazones que minaron sus vidas, no debía haber sido fenecer. Fallan las agencias, falla la distribución del conocimiento, falta el ser humano. Morir por hambre, por ébola o por beber aguas contaminadas es otro fracaso del siglo XXI.

Derrota humana: falta/falla la distribución de recursos, el hambre aumenta, la pobreza disminuye en países ricos, pero no en naciones pobres, no se respetan las vidas de los no occidentales como sucede en Yemen o en el Congo, lo cual, aunado al magro interés de las farmacéuticas hacia enfermedades económicamente no redituables, conforma las primeras palabras de este párrafo, derrota humana.

El cólera es una enfermedad vieja: los primeros brotes datan del siglo XVII; en 1854 se demostró que la enfermedad era causada por el consumo de aguas contaminadas con materias fecales. La epidemia llegó, a pesar de su "fácil solución", i.e., beber agua limpia, para quedarse: cada año fallecen, aproximadamente entre 21,000 y 143,000 personas (lo que aproximadamente no sucede en occidente: quienes perecen en Yemen no siempre son consideradas personas). Lo mismo pasa con el número de infectados: cada año hay en el mundo entre 1.3 y 4 millones de casos. Un dato para incrementar el desasosiego: el 80% de los casos pueden tratarse con soluciones de rehidratación oral cuyo costo es mínimo. El bacilo del cólera y sus muertos generan cólera humana.

En relación a la epidemia por el virus del ébola, la página de la Organización Mundial de la Salud, ofrece, al inicio, noticias alentadoras: "El brote por ébola en la República Democrática del Congo sigue mostrando descensos en el número de nuevos casos en puntos críticos…". Jean Jacques Muyembe, codescubridor del ébola, aseguró, "si continuamos así, esta epidemia podría durar dos o tres años", mientras que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas advirtió, "la propagación de la epidemia… podría tener graves consecuencias humanitarias y afectar la estabilidad de la región". Una sola realidad, tres lecturas que se contraponen.

Las epidemias miden el progreso o el retroceso humano. Otear cuántas persisten, deprime.

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