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EDITORIAL

Aumenta el malestar en el mundo

EMBAJADOR JORGE ÁLVAREZ FUENTES
miércoles 23 de octubre 2019, actualizada 7:33 am


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El 9 de noviembre se conmemorará la caída del muro de Berlín, un acontecimiento histórico que presagiaba un cambio profundo para el devenir del mundo moderno. Un suceso inesperado que venía a marcar una hora crucial en el tiempo mundial: el fin del Siglo XX, tal y como se daba por sentado - con dos sistemas políticos enfrentados, tras dos funestas conflagraciones bélicas- para dar paso a la post guerra fría, al cese de las tensiones entre alianzas militares y la alineación de los países en bloques, aminorando los riesgos de una confrontación entre las superpotencias. Este hecho imprevisible, que hizo posible la unificación de Alemania, parecía indicar un siglo corto (1919 - 1989), al anunciar un nuevo comienzo de la historia, al estimarse entonces que sobrevendría una nueva época de esperanzas, de libertades plenas y progreso para la humanidad. Treinta años después, con gran desilusión y desconcierto, se advierte un profundo desencanto con el devenir de la aldea global que creímos entonces vislumbrar. El fin de las ideologías y del antagonismo con el comunismo soviético, que haría predominar la idea de un progreso común sin par, fincado en la reafirmación de los valores democráticos, en la defensa y promoción de los derechos fundamentales, terminó por rendirse a las puertas de la realidad de las aspiraciones humanas insatisfechas, con más guerras y una secuela de crisis. Vino el derrotero del capitalismo salvaje, de la desigualdad planetaria, de los populismos agresivos, de la exclusión intolerante propulsadas por la reafirmación de los nacionalismos y las actitudes xenófobas, hasta socavar la idea de un destino común y terminar en el malestar que caracteriza a nuestro tiempo.

De qué sirve rememorar la caída del muro de Berlín o recordar las protestas de Tiennamen en 1989, si hoy resulta fútil hacerlo. Máxime, si miles de millones de personas en el único mundo del que todos somos parte, tienen como destino su sobrevivencia; si hoy, de nueva cuenta, estamos más cerca de un posible holocausto nuclear, si, en efecto, avanzamos hacia la comprobada destrucción de nuestro hábitat por causa de la acción humana, debiendo hacernos cargo todos del calentamiento global, con la máxima urgencia. Como si acaso hubiera lugar para claudicar y terminar por creer que son "naturales" la pobreza, la marginación, la desigualdad, el subdesarrollo, la abismal concentración de la riqueza en unas cuantas manos, la falta de justicia, la crisis climática, las crueles distorsiones de la economía como consecuencia de la carrera armamentista, o las recurrentes guerras y conflictos que siguen asolando a pueblos y naciones. Como si acaso todos estos procesos, incluida la crisis económica que se extiende por más de una década, fueran acontecimientos inevitables, sucesos lamentables, ajenos a nosotros.

De ahí la urgencia de cobrar conciencia y emprender acciones individuales y colectivas para comprender los asuntos mundiales, en sus múltiples dimensiones y con todas sus complejidades. Y resolver, con celeridad y compromiso ético, los reclamos impostergables de un futuro en construcción, en el que no cabe dejar a nadie atrás y se forja en el presente. Así, van en aumento, día con día, las protestas en el mundo, los movimientos contestatarios, las manifestaciones de descontento o de insurgencia social, las marchas pacíficas, la cíclica confrontación violenta de pueblos e individuos con gobiernos cuestionados y gobernantes asediados. Revueltas que son un reflejo de un malestar generalizado, inorgánico, que frecuentemente carece de representación política y que causa temor ante la ausencia de líderes y el hondo descrédito de la política. Ahí están las protestas de los "chalecos amarillos" en Francia; las demandas de los opositores al Brexit en el Reino Unido, que no quieren atestiguar, en la vida cotidiana y las enésimas negociaciones, como los británicos verán cancelado un futuro europeo compartido; las manifestaciones recurrentes, reprimidas por la fuerza, de jóvenes con un profundo desencanto ante la regresión autocrática de las revueltas árabes; los estallidos sociales coyunturales, resultado de la prolongada frustración, hartazgo y rabia contenida de millones de personas ante la creciente desigualdad, la precarización de la vida, la falta de oportunidades de empleo, la corrupción endémica de los gobernantes, los míseros sueldos, la quiebra de los regímenes de pensiones, el inequitativo acceso a una educación de calidad y la creciente inseguridad pública ante el ascenso de la criminalidad y la violencia política, ya sea en Estados Unidos, Rusia, China, Turquía, Líbano o Irán; las protestas para reivindicar la autodeterminación y la independencia en Cataluña o en Hong Kong; las combativas movilizaciones tan recientes de los sectores populares e indígenas en Chile, Ecuador y Perú, rechazando medidas impositivas y modelos económicos injustos. Pero, asimismo, están las luchas feministas de decenas de miles de mujeres mexicanas en contra de la violencia de género, en medio de un amplio descontento ante la imparable violencia criminal en nuestro país y una marcada polarización política.

Esto ocurre, quizás, como nunca, en la etapa avanzada de la hiperglobalización, cuando el mundo interdependiente y fragmentado avanza a distintas velocidades, inmerso en una serie de transformaciones vertiginosas en la generación de conocimientos, en el desarrollo de nuevas tecnologías, el avance de las comunicaciones digitales, la producción y el consumo, la generación de energías y los cambios en los servicios de transporte y de salud, junto con la extraordinaria capacidad creativa para innovar e inventar. En el mundo, hoy, millones de personas quieren imprimirle otro sentido a su historia. Eso claman en las calles.

@JAlvarezFuentes
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