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EDITORIAL

El día después

SERGIO AGUAYO
miércoles 23 de octubre 2019, actualizada 7:33 am


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Hace cuatro semanas, en el Auditorio Alfonso Reyes de El Colegio de México, Alfonso Durazo describió la nueva estrategia de seguridad. En lugar de perseguir a los grandes capos, atacarían la estructura criminal y, para promover la unidad nacional, colocarían a la seguridad en un nicho de neutralidad política e ideológica. En Culiacán, se resquebrajaron las intenciones.

Desconocemos los factores que motivaron la decisión de lanzar el operativo para detener a los líderes del Cártel de Sinaloa. La explicación más plausible, sería una petición estadounidense (en particular de la DEA). Por las razones que fuese, el operativo fracasó. Los efectivos de la Guardia Nacional capturaron a los objetivos, sí, pero se vieron rodeados por fuerzas superiores. Si seguían adelante, habrían sido aniquilados y la humillación hubiera sido aún mayor.

Negociar una retirada pactada fue el mal menor y, asumir públicamente el error, fue una actitud muy saludable frente a la arrogancia del pasado. Debería seguir una investigación oficial sobre lo sucedido en Culiacán. Si se inclinan por meter el asunto a la congeladora, los medios de comunicación llenarán el vacío en detrimento de la vapuleada credibilidad oficial. En tanto conocemos la historia verdadera, me detengo en la reacción de la 4T, el día después. Lo más llamativo fue, la decisión presidencial de no hacer concesión alguna en la defensa de su estrategia. Es impecable, es infalible, es perfecta.

Sería absurdo negar lo positivo. Fue notable la rapidez con la cual Relaciones Exteriores se apalancó en Culiacán, para seguir empujando el tema del contrabando de armas estadounidenses. Ante la cantidad y calidad del armamento desplegado por los sicarios del Cártel de Sinaloa, es natural exigirle a Estados Unidos medidas para frenar el trasiego de armas. No será -ni rápido ni fácil- obtener resultados, pero es una forma concreta de exigirles reciprocidad.

Sería igualmente absurdo cerrar los ojos ante las debilidades exhibidas en Culiacán. Son obvias las carencias en el conocimiento sobre el crimen organizado. Llevamos 13 años con estas guerras y, la semana pasada, el Cartel de Sinaloa tomó por sorpresa al gobierno federal. Hicieron gala de su capacidad operativa, de la solidez de su base social y de su capacidad de fuego. La mayor sorpresa fue, la sofisticación del liderazgo post-extradición del Chapo; una vez alcanzada la liberación del hijo (o los hijos) salió la instrucción de bajarle decibeles a la celebración. No se regodearon de sus éxitos, no se burlaron del enemigo derrotado. Se replegaron en su territorio.

Ante la fortaleza de Sinaloa, desconcierta la reacción del presidente. Hace poco comentaba, en este mismo espacio, la cautela semántica mostrada por Andrés Manuel López Obrador cuando abordaba temas de seguridad. Confirmaba lo dicho por Durazo: el asunto habita en una burbuja de neutralidad política e ideológica.

Ante las oleadas de críticas provocadas por Culiacán, el presidente se olvidó de la neutralidad y dividió al mundo en los progresistas buenos (como él y los suyos) y los conservadores malos. El día después de Culiacán, durante la mañanera, se ensañó con el diario Reforma, al que acusó -sin fundamento- de apoyar la guerra de Calderón. Se olvida que Reforma empezó a publicar, en mayo de 2007, el costo humano de la guerra. El "ejecutómetro" metió en la agenda nacional, la información silenciada por el gobierno federal.

La actitud presidencial es un error, dada la magnitud de la amenaza. Durante la Segunda Guerra Mundial, Stalin y Churchill partían de posiciones ideológicas opuestas; y, sin embargo, coincidieron en los llamados a la unidad para enfrentar la amenaza fascista. La 4T enfrenta a una delincuencia organizada poderosísima. Lo sensato sería que el gobierno buscara activamente los consensos con la sociedad organizada. Y esos consensos, requieren de una actitud conciliadora del presidente de la república.

En otras palabras, lo mejor para el país es colocar a la seguridad en el nicho de neutralidad política e ideológica; es la mejor forma de promover la unidad dentro de la diversidad. La única división válida en estos momentos, debe ser entre quienes estamos a favor del estado de derecho y quienes han abrazado los caminos de la ilegalidad. Que no se olvide, ¡estamos en guerra!

@sergioaguayo
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