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EDITORIAL

Coahuila, entre China y Estados Unidos

Urbe y orbe

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ
lunes 07 de octubre 2019, actualizada 7:32 am


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China ha entrado a una nueva fase de su expansión económica y Coahuila parece estar en la mira del gigante asiático. Pero esta potencial relación comercial naciente no será fácil dadas las condiciones geopolíticas actuales y la tensa relación política de México con su vecino y principal socio comercial, Estados Unidos. Hace unos días, una delegación coahuilense encabezada por el gobernador Miguel Riquelme viajó a China con el objetivo de fortalecer vínculos entre provincias industriales de ese país, como Jiangsu, y Coahuila, pero, sobre todo, en busca de inversiones que mantengan el crecimiento económico de la entidad. Entre los proyectos potenciales está la construcción de un parque industrial de 330 hectáreas, financiado con capital chino, para albergar a unas 300 empresas del país asiático con la posible generación de 40,000 empleos directos. Para avanzar en su concreción, en estos días estarán en Coahuila inversionistas chinos para ver el sitio más adecuado para llevar a cabo esta fuerte inversión. El proyecto resulta muy interesante no sólo por su envergadura, sino por sus características. De llevarse a cabo, se trataría de un nuevo plan en la vía de la externalización de la capacidad productiva china para implantarse en México. Hay que recordar que la superpotencia de Oriente ha basado buena parte de su crecimiento desde 1978 en la exportación de todo tipo de bienes. Invertir en la instalación de un cúmulo de plantas industriales significa exportar ya no bienes, sino capital, y trasladar capacidad de producción a decenas de miles de kilómetros del país de origen.

Para comprender mejor esta nueva fase del desarrollo económico chino hay que analizar la estrategia seguida por ese país y el contexto internacional actual. Desde la reforma económica de Deng Xiaoping a finales de los 70 y la reapertura de China al mundo, Pekín ha seguido una estrategia que sintetizan bien Marc Vandepitte y Ng Sauw Tjhoi en un artículo publicado recientemente en rebelion.org: control estatal directo de los sectores clave de la economía y del sistema financiero, e indirecto de sectores de relevancia media; economía planificada en lo general a corto y largo plazo; tolerancia a la iniciativa privada dentro de mecanismos de mercado que no comprometan los objetivos y planes económicos; gran apertura a la inversión extranjera y al comercio exterior, siempre apegados a los objetivos globales; fuerte apuesta al modelo de infraestructura, investigación y desarrollo; incremento salarial vinculado al aumento de la productividad para expandir el mercado interno; fuerte inversión en educación, salud y seguridad social; estabilidad laboral y paz social; un reparto agrario que desincentivó el flujo desordenado y masivo de migrantes del campo a la ciudad para evitar el trabajo informal, y por último, al menos hasta hace poco, China no le había apostado a inmiscuirse en una carrera armamentista, aunque este punto parece estar cambiando ya.

Esta estrategia le ha permitido a China posicionarse a la vuelta de 40 años como la economía más grande del mundo a valores de paridad de poder adquisitivo, ya por encima de Estados Unidos, con altos niveles de competitividad en el terreno de la ciencia y la tecnología, y con una creciente capacidad productiva y demanda expansiva que lo convierten en el principal socio comercial de decenas de países por todo el orbe. China ha dejado de producir sólo baratijas y malas copias para colocar productos de vanguardia a la altura de las grandes empresas estadounidenses, europeas y japonesas. Todo esto, hay que decirlo, lo ha conseguido dentro de un sistema político no democrático basado en el control férreo del Partido Comunista y con el impulso de una amplia burocracia cuyo principal valor está en el ascenso por méritos. La llegada de Xi Jinping al poder en 2013 ha marcado un viraje en la visión geopolítica china. De ser un estado concentrado en fortalecer sus capacidades productivas internas con un enfoque mercantilista -de exportación de bienes-, ha pasado a convertirse en un actor político y económico de peso no sólo en Asia Oriental, sino también en el mundo. Hoy más que nunca China necesita conectarse con el mundo de distintas maneras y buscar con eso sortear el obstáculo que le implica el amplio cerco militar que Estados Unidos ha colocado alrededor de su territorio, sobre todo por mar. Para ello, Pekín ha lanzado una iniciativa de la que ya he hablado en columnas anteriores y que se conoce como la Nueva Ruta de la Seda, en alusión a la antigua ruta que permitió durante siglos el intercambio comercial entre Oriente y Occidente.

En el marco de esta iniciativa, China ofrece a sus socios cuatro cosas, principalmente: productos de todo tipo y en abundancia a precios competitivos; inversión en el desarrollo de infraestructuras estratégicas de conectividad, transporte y energía; financiamiento para proyectos de todo tipo a cambio de ningún costo político, es decir, sin pedir reformas como las que exigen Estados Unidos y la Unión Europea, y, por último, un gran mercado en expansión para productos primarios como petróleo y alimentos. No obstante, la Unión Americana ha tomado nota del crecimiento chino y de las nuevas ambiciones de su máximo rival, y de la mano del nacionalista Donald Trump ha emprendido una guerra comercial, tecnológica y diplomática que tiene como objetivo impedir que China continúe su ascenso económico. El gobierno estadounidense ha aplicado aranceles a la mitad de las importaciones provenientes de China; ha advertido a varios países que entran en su esfera de influencia de los riesgos de aceptar la penetración de la tecnología 5G desarrollada por Huawei, y ha presionado a gobiernos, como México, para que no abran las puertas a la inversión china en materia de infraestructuras y sectores estratégicos. Frente a ello, Pekín ha respondido en varias vías: replicando los aranceles en la medida de sus posibilidades; amagando con devaluar su divisa para no perder la competitividad de sus exportaciones, y buscando mecanismos para evadir las sanciones de Washington, como la venta por parte de Huawei de su tecnología de telecomunicaciones de quinta generación a una empresa occidental para librar el bloqueo en naciones bajo la influencia norteamericana a cambio de una renta fija por las utilidades.

Es precisamente esta última línea la que abre una nueva fase en el desarrollo económico chino. De privilegiar de forma casi exclusiva la inversión extranjera y nacional en su territorio, ahora apuesta por exportar capitales para no sólo construir infraestructura, como ya lo venía haciendo, sino también instalar plantas industriales en países que tengan acuerdos comerciales con grandes mercados, como el de Estados Unidos. Con esta estrategia sus empresas podrían librar el obstáculo de la regla de origen para seguir teniendo presencia en el mercado norteamericano, aunque, claro, con la desventaja de ver menos riqueza en su propio territorio al derramarla en países extranjeros. Es ahí donde entra México, quien está a la espera de la ratificación por parte del Congreso de Estados Unidos del nuevo tratado comercial de Norteamérica. Cabe recordar que ha habido dos intentos fallidos importantes de inversión china en nuestro país. Uno de ellos fue el famoso DragonMart de Cancún, con el cual la potencia asiática pretendía construir una gran puerta de entrada a toda Latinoamérica de sus abundantes productos, es decir, seguir en la ruta mercantilista de la exportación ya mencionada. El proyecto se cayó por la oposición de ambientalistas y empresarios mexicanos. El otro proyecto fue el tren rápido México-Querétaro, que sería construido por empresas chinas, y que estaba en la ruta de la inversión en infraestructuras, pero que terminó cancelado por el escándalo de las casas en el sexenio anterior. Después de estos sonados fracasos, la inversión china ha seguido fluyendo a México con sigilo y lentitud, aunque de forma constante.

Según datos de la Secretaría de Economía del gobierno de la República, China era en 2017 el segundo socio comercial de México, con un 9.2 % del intercambio total, pero muy por debajo del 62.8 % de Estados Unidos. Por obvias razones geográficas, México representa casi una anomalía en América Latina, en donde el gigante asiático ha superado al titán americano como principal socio comercial. Resulta lógico pensar que Washington desea evitar que la relación comercial entre México y China crezca y así ha quedado evidenciado en una cláusula del nuevo TLC en la que se establecen "candados" para que los países firmantes no hagan acuerdos con economías no consideradas de libre mercado, como ve Estados Unidos a China. Pero también ha trascendido que el gobierno de Trump ha presionado al gobierno mexicano para que cierre la puerta a los bienes y el capital proveniente de la poderosa nación asiática so pena de aplicar sanciones, endurecer ciertas políticas o no consumar el nuevo tratado comercial, lo cual metería en serios aprietos a México. Incluso recientemente el presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo que salir a desmentir con firmeza la posibilidad de que el corredor transístmico fuera concesionado a empresas chinas. En este sentido, nuestro país se enfrenta a la encrucijada de buscar aumentar el intercambio comercial con la estable y autoritaria China para aprovechar el escenario de la guerra comercial entre Washington y Pekín o seguir congraciándose con su poderoso vecino del norte a pesar de lo voluble y poco confiable que se ha vuelto bajo la guía de Donald Trump. Es una posición sumamente difícil por la cercanía e influencia estadounidense y por la necesidad de diversificar las relaciones con otras potencias.

Es este el contexto en el que se desarrollan los esfuerzos del gobierno de Coahuila para atraer inversión china con la finalidad de producir y ya no sólo de construir o introducir bienes. Nuestro estado ofrece una ubicación privilegiada por su frontera con Estados Unidos, que además es menos insegura que la de otras entidades. También ofrece tierras baratas, cargas fiscales ligeras y mano de obra competitiva, por ahora. ¿Podrá el gobierno coahuilense concretar su objetivo de hacer de la entidad una alternativa para el capital chino que no quiere perder el acceso al mercado de mayor consumo del mundo, es decir, el norteamericano? La apuesta se antoja arriesgada y coloca a Coahuila en medio de la pugna económica y geopolítica librada por las dos grandes potencias del presente siglo. No hay que perder de vista este escenario que podría definir en buena parte el futuro económico de la entidad.

Twitter: @Artgonzaga

Correo-e: [email protected]

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