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EDITORIAL

¿Para qué sirve el nacionalismo?

Urbe y orbe

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ
lunes 16 de septiembre 2019, actualizada 8:34 am


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En dos años México cumplirá oficialmente dos siglos como estado nacional. Contrario a lo que algunos creen, México no existía formalmente antes del 28 de septiembre de 1821, fecha en la que se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, un día después de que las fuerzas insurgentes tomaran la Ciudad de México, corazón político de un territorio antes ocupado y controlado por una monarquía extranjera regida desde Madrid. Pero en el volátil concierto internacional, para ser reconocido como un estado soberano no es suficiente la autoproclamación, hace falta el aval de otros estados también independientes. En el caso de México, este reconocimiento fue un proceso que inició en 1822 y se prolongó hasta 1836, con la final aceptación del Reino de España, corazón de un imperio en descomposición.

Antes de la consumación de la independencia era la Nueva España, un dominio del imperio colonial español conquistado entre 1521 y 1790 a punta de arcabuces y mosquetes, un espacio geográfico de alrededor de siete millones de kilómetros cuadrados, entre los que se incluye el México actual. Y antes de la Nueva España, este territorio era ocupado desde tiempos inmemoriales por pueblos aborígenes que evolucionaron hasta crear unidades políticas entre las que, en el siglo XV, la más poderosa era la Triple Alianza, mejor conocida como imperio azteca o mexica. Ni la Nueva España ni el imperio mexica eran México, de la misma forma que el territorio celtíbero, la Hispania romana o el reino los visigodos tampoco eran España.

La visión de un México ancestral es producto del nacionalismo criollo de fines del siglo XVIII y buena parte del XIX y del nacionalismo revolucionario impulsado por el PNR-PRM-PRI en el siglo XX. Un nacionalismo muchas veces chovinista, pero que convive con un malinchismo de ciertos sectores sociales. En plenos festejos por el "mes patrio", a escasos 24 meses del verdadero bicentenario y en medio de una nueva ola de nacionalismo en todo el mundo, merece nuestra atención revisar el devenir de una ideología que lo mismo ha servido para construir y liberar que para destruir y oprimir.

El nacionalismo es una ideología nacida en la Edad Moderna y muy vinculada con la globalización, las revoluciones burguesas y proletarias y la expansión del capitalismo. Sus orígenes se remontan, a lo mucho, al siglo XVI, cuando la monarquía hispánica, en alianza con el capital genovés, inicia el proceso de expansión colonial por el mundo. En esa época de incipiente globalización y de plena consolidación del imperio español se gesta en las Diecisiete Provincias de los Países Bajos, bajo dominio hispano, la Revuelta de Flandes, también conocida como Guerra de los Ochenta Años, la cual concluye en 1648 con el Tratado de Westfalia que reconoce la independencia de los Países Bajos y sienta las bases de la soberanía nacional de los estados europeos, en contraste con la potestad feudal del Antiguo Régimen, enraizado en el medioevo y la religión universalista.

Casi a la par, entre 1642 y 1688, se desarrolla en Inglaterra una revolución que sienta las bases del parlamentarismo que acota el poder de la monarquía, y del nacionalismo inglés, aún con fuertes implicaciones religiosas, que hace de ese estado un ente social "privilegiado" y "líder" de todos los demás, sustento del posterior imperialismo británico. Estas ideas evolucionan y germinan también en la América anglosajona, en donde un grupo de colonos terratenientes logran organizar una rebelión para romper el yugo de Gran Bretaña y reafirmar la soberanía en el "pueblo", en realidad, sólo una parte del mismo, con la bendición del Dios cristiano.

La revolución francesa abre una nueva vertiente nacionalista que rompe con el espíritu religioso y sustituye toda esa mística divina por una serie de rituales laicos y cívicos que fracturan el soporte ideológico del absolutismo monarquista y las alianzas estamentales aún existentes para reconfigurar al estado nacional ya no como una soberanía radicada en el rey, sino en la ciudadanía. Estos aires, norteamericanos y europeos, impulsaron el nacionalismo en Iberoamérica, el cual se convirtió en un potente motor ideológico liberador que fue usado de forma efectiva por los criollos para movilizar al pueblo, expulsar a las fuerzas metropolitanas y tomar el poder en los nacientes estados, entre ellos, México.

Hasta mediado el siglo XIX, este nacionalismo liberal inspirado en la revolución francesa y las revoluciones inglesa y americana fue dominante y de corte universalista, ya que propugnaba, en teoría, la constitución de una comunidad ciudadana soberana con derechos económicos, legales y políticos que sólo pueden garantizarse en el marco de un estado nacional sustentado en un territorio específico y un pueblo unido bajo una autoridad independiente, dentro de un marco internacional de respeto de la soberanía. Es claro que estos ideales pronto entraron en contradicción con las ambiciones materiales e imperialistas de las potencias europeas y los Estados Unidos, quienes terminaron por violar la soberanía nacional de otros estados o negar el reconocimiento de la misma a pueblos africanos o asiáticos que consideraban "menos civilizados".

Pero pronto surgió otro tipo de nacionalismo, no liberal, reaccionario, que puso el acento en los rasgos culturales "únicos" de las naciones. Alemania y Rusia, principalmente, abrazaron este tipo de nacionalismo particularista como una respuesta al nacionalismo liberal universalista. En la nueva vertiente, los conceptos de lengua, etnia, pueblo y nación terminan fundidos, aunque con matices, en una "historia nacional" basada en mitos que hunde sus raíces en la antigüedad y, a veces incluso, en la prehistoria.

Así se configuran, por un lado, un nacionalismo basado, al menos teóricamente, en la libertad y el derecho de los ciudadanos a conformar su propio estado, aunque bajo el liderazgo o hegemonía de potencias liberales, y, por el otro, un nacionalismo soportado en la exclusividad y singularidad del "derecho" de un pueblo, nación o etnia a la unidad incluso por encima de las demarcaciones territoriales. Esta diferenciación y propagación de ambos nacionalismos se da dentro de un nuevo impulso globalizador y de expansión del capitalismo que al final desencadenan una lucha imperialista que hace estallar la Gran Guerra de los Treinta Años, entre 1914 y 1945.

Más que las revoluciones socialistas en varias partes del mundo, algunas ligadas a movimientos de liberación nacional anticolonialistas, las revoluciones independentistas ocurridas en Asia y África después de las guerras mundiales configuran el mayor proceso de rebelión internacional en la historia de la humanidad. Y en él, paradójicamente, como en el caso de los movimientos de independencia americanos, el nacionalismo surgido en Europa fue un factor determinante en el plano ideológico. Resulta elocuente que el actual sistema internacional, reconocido en la Carta de las Naciones Unidas de 1945, tenga que ver mucho con el modelo de estado nacional surgido del Tratado de Westfalia, firmado tres siglos antes.

Pero nada en la historia es permanente y los intereses económicos y/o geopolíticos juegan un papel muy importante. Si la Guerra Fría dividió al mundo en tres bloques (capitalistas, socialistas y no alineados), al momento que puso freno a las revoluciones comunistas, una vez que la potencia dominante del "segundo mundo" -la Unión Soviética- cayó, una nueva ola nacionalista se expandió por Eurasia dando cabida a una pléyade de nuevos estados nacionales que habían sido sometidos por estructuras supranacionales como la URSS o la federación yugoslava, instrumentos que fueron utilizados a su vez por el nacionalismo ruso y serbio para oprimir a otras "naciones". Aquí el nacionalismo operó a favor de los intereses estadounidenses y europeo-occidentales.

Pero en el siglo XXI el viento nacionalista impulsado por movimientos populistas de izquierda y derecha opera ahora en contra de las principales potencias económicas. Y esto es así porque la globalización del siglo XXI, alentada otra vez por el capitalismo mundial, ha debilitado a los estados nacionales en sus facultades para brindar bienestar a sus ciudadanos y disminuir las desigualdades que el mercado dominado por el capital ha ensanchado.

En esta realidad nos encontramos, por ejemplo, a anglosajones estadounidenses que "luchan" por recuperar la "grandeza perdida" de su nación cerrando las fronteras y discriminando a los inmigrantes pobres, en una mezcla de xenofobia y aporofobia; a británicos pidiendo "recuperar su independencia" y salirse de la Unión Europea; a catalanes exigiendo el reconocimiento de "su república" como un estado soberano frente al estado español, o a un gobierno ruso arrogándose el derecho de operar u ocupar territorios en donde la mayoría es rusoparlante.

Y también es posible ver a regímenes como el de Venezuela, que defiende la soberanía territorial de la injerencia estadounidense entregando su soberanía militar y económica a potencias como Rusia o China, o a gobiernos como el de México que exige a España se disculpe por los agravios de la conquista mientras que subordina su política migratoria a los intereses de Estados Unidos. Por eso, en este contexto histórico, es necesario preguntarnos ¿para qué sirve el nacionalismo y cuál es el papel del estado-nación en el mundo actual?

En el caso de México, en momentos en el que parece haber un retorno al nacionalismo revolucionario del siglo XX, debemos empezar por reconocer las grandes contradicciones existentes en nuestra realidad. Por ejemplo, la declaración constitucional de la "nación mexicana" como única e indivisible frente a las naciones indígenas, históricamente oprimidas, discriminadas y marginadas. El establecimiento del ejercicio de la soberanía nacional en los Poderes de la Unión y los Estados, y no en el ámbito de gobierno más cercano al pueblo, el ayuntamiento. La supuesta defensa de los intereses nacionales frente al sometimiento de los intereses de Estados Unidos y el escaso o nulo reclamo institucional de la Jefatura del Estado mexicano ante las flagrantes violaciones a los derechos humanos cometidas en Estados Unidos contra connacionales. Los derechos que brinda la nacionalidad mexicana ante el creciente fenómeno de la nacionalidad compartida.

Debemos discutir desafíos mayores como la defensa de la integridad territorial mientras existen regiones o estados controlados por el crimen organizado. El carácter cívico de la soberanía republicana frente al creciente poder de las Fuerzas Armadas. La voluntad popular nacional frente a los poderes fácticos económicos y el excesivo protagonismo presidencial. La debilidad institucional del Estado nacional ante el fortalecimiento del poder gremial o unipersonal, y la prevalencia de la corrupción y la pobreza. Si queremos encontrarle un cauce al Estado mexicano dentro del caótico escenario internacional y el complicado panorama interno, tenemos que intentar resolver estas contradicciones y redefinir qué es México hoy, qué papel juega en el mundo y si para ello nos sirve o no el nacionalismo, y si la respuesta es sí, qué tipo de nacionalismo. Todo lo demás -la fiesta, el Grito, la Selección y el tequila- es bonito, pero accesorio.

Twitter: @Artgonzaga

E-mail: [email protected]

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