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EDITORIAL

Ciudades sostenibles

A la ciudadanía

GERARDO JIMÉNEZ GONZÁLEZ
miércoles 04 de septiembre 2019, actualizada 7:29 am


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Un rasgo característico de las principales ciudades de México ha sido su crecimiento desordenado, fenómeno que ocurre en gran parte porque la expansión de la mancha urbana obedecía a los intereses particulares de quienes aprovecharon la renta urbana derivada de los negocios inmobiliarios, aunado a que no existían los instrumentos legales y de política pública que hoy tenemos que permitieran a los gobernantes locales regular ese crecimiento, y aún hoy teniéndolos resulta complicado ordenar los viejos y nuevos espacios urbanos.

Para 2010 el 50 % de la población nacional se concentraba en 100 de los 2,456 municipios y delegaciones (hoy alcaldías en la CDMX), de los cuales 1,389 se consideraban como rurales (con menos de 2,500 habitantes en cada una de sus localidades), habiendo una gran heterogeneidad en el desarrollo local marcada por los contrastes entre pequeñas poblaciones que incluso como cabeceras municipales seguían siendo comunidades o pueblos rurales y las grandes metrópolis concentradas en las zonas metropolitanas.

Es precisamente en estas, pero también en las llamadas ciudades intermedias, donde ocurren esas distorsiones en el crecimiento urbano. Los flujos migratorios resultantes de la expulsión de la población rural y su concentración en espacios urbanos, en ocasiones gradual pero también aceleradamente, producto de procesos cíclicos derivados de deterioro de las economías agrarias campesinas y la concentración privada de tierra con mayor valor comercial, provocó colapsos en las ciudades receptoras por el déficit de espacios habitacionales y en los equipamientos urbanos para la prestación de servicios públicos a sus nuevos habitantes.

Las ciudades, como espacios donde se concentran las inversiones públicas y privadas que buscan valor agregado a sus capitales, presentan un fenómeno demográfico doble: por un lado, atraen la población rural que no puede sustentarse en las actividades productivas primarias y, por el otro, ocurre una más rápida, aunque no siempre más numerosa, multiplicación de la población en las familias, de hecho el tamaño de estas disminuye una vez asentadas las primeras generaciones en el hábitat urbano. La diferencia de oportunidades les convierte en polos hacia donde se dirigen esos flujos migratorios, complementados con aquellos cuyo destino son las fronteras o después de ellas.

El asunto es que a fines del siglo pasado gran parte de aquellas ciudades que presentaron ese crecimiento urbano desordenado empiezan sus esfuerzos por ordenarlo, algunas realizan interesantes ejercicios de planeación en la ocupación de sus espacios, aplican instrumentos que les permitan regular los usos del suelo para el desarrollo de sus actividades económicas y la edificación de las viviendas. Esto, en gran parte ha dependido de dos cuestiones: el liderazgo de sus gobernantes y la participación de los ciudadanos.

El crecimiento de las ciudades y la expansión demográfica que le acompaña incorpora en ellas una mayor diversidad de actores económicos y sociales, los cuales no solo demandarán mejores equipamientos urbanos para la prestación de servicios públicos, sino también tendrán una composición cultural cada vez más heterogénea, ya no se limitarán a las familias que ocuparon los originales fundos legales que entre todas ellas se conocían e interactuaban, ahora son núcleos poblacionales diferenciados por otros rasgos como creencias religiosas, preferencias políticas, orígenes étnicos, composición social, por mencionar algunos.

Algo similar sucede en las ciudades laguneras. Durante muchos años en algunas de ellas, por ejemplo Lerdo, su área urbana se limitaba a un pequeño espacio claramente definido, el viejo fundo legal donde habitaron familias desde inicios del siglo pasado, y aunque no es propiamente una muestra de representativa de expansión demográfica urbana, su integración a la zona metropolitana de La Laguna cambio su composición y dinámica urbana; hoy en día su futuro estará determinado en gran parte por esa integración metropolitana.

Ese crecimiento urbano desordenado ocurrido en ciudades como las de la zona metropolitana lagunera les creo grandes problemas pero también grandes retos a resolver, es el caso del agua potable y el manejo de aguas residuales. Los sistemas de distribución de agua potable y las redes de drenaje para captar las aguas residuales exhiben la falta de planeación a que estuvieron sujetas, y han sido los fenómenos meteorológicos extremos recientes quienes exhiben las limitaciones que tienen para asegurar el abasto y la captación de agua: la elevación de la temperatura por encima de los picos históricos o precipitaciones pluviales abundantes las ponen en crisis.

Otro caso evidente es la movilidad urbana. Los sistemas de transporte colectivo operados por particulares muestran su incapacidad para ofrecer una movilidad eficiente y no onerosa a la población lagunera, los equipamientos urbanos se diseñaron y siguen haciéndolo para favorecer el transporte motorizado excluyendo al no motorizado y el propio desplazamiento seguro del peatón.

Hay un problema serio para ordenar esto. Los liderazgos políticos que ocupan los Gobiernos locales no han mostrado una visión de largo plazo, siguen siendo bateadores emergentes que atienden las rupturas de las redes de agua potable o drenaje que se colapsan, o cualquier situación que les provoca crisis urbanas, la carencia en ellos de una nueva visión del desarrollo con sostenibilidad les ha impedido ver o imaginar ciudades distintas, mejores a las actuales, y en el caso particular de zonas metropolitanas como la nuestra aún presentan una resistencia a realizar una planeación y ejecución de acciones que les integren, manteniendo las disparidades entre ellas.

Pero estas deficiencias no solo son responsabilidad de los liderazgos, la es también nuestra, de los ciudadanos. En tanto que los habitantes de estas ciudades como usuarios del agua, el drenaje, las calles, los espacios públicos, el transporte y demás medios que nos proporcionen estándares mejores de vida solo observemos u opinemos pasivamente sobre lo que hacen o no hacen nuestros gobernantes, difícilmente podemos transitar a crear mejores ciudades, a construir ciudades sostenibles, las ciudades del futuro. A nivel local esto es posible, por ello hay que involucrarnos para lograrlo, participar como ciudadanos e incidir en las decisiones que tomen nuestros gobernantes.

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