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EDITORIAL

Odio

Diálogo

YAMIL DARWICH
jueves 08 de agosto 2019, actualizada 7:29 am


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En los últimos años y particularmente en las décadas recientes, los magnicidios, calificados como de lesa humanidad, se han presentado con tal frecuencia que a algunos desensibilizados les llega a parecer como lo común y quizá hasta normal.

Vivimos en un mundo que busca, desesperadamente, autoafirmarse y definirse, persiguiendo la verdadera justicia social y que ésta sea para todos, reflejada en el buen y bien vivir.

Es la aspiración legítima del ejercicio de la verdadera libertad, que se mantiene sostenida con delgados hilos ante el libertinaje -al menos por ahora- y como última expresión de lo que se considera bueno, moral y ético para los humanos del planeta del siglo XXI.

Imposible encontrar razonamiento válido para aceptar al malvado, ese que nunca tendrá justificación; ser malicioso es intentar dañar al otro, teniendo como instrumentos al intelecto insano y la fuerza bruta, que son magníficos para aplicarse en los propósitos negativos: hacer mal.

Al odio lo define el diccionario: "Es el sufrimiento proferido e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra una desgracia"; también lo describe como "la aversión o repugnancia violenta hacia una cosa que provoca su rechazo".

Desgraciadamente, ese sentimiento negativo es utilizado por los radicales en la persecución de sus fines, personajes que, como tales, no pueden contenerse dentro de los límites de la razón.

El odio lo hemos vivido a través de la historia del mundo, conocido desde que Caín mató a Abel o cuando Moisés ordenó la muerte de todos los adoradores del "becerro de oro"; asentado por historiadores, durante las guerras fratricidas de los primeros imperios.

Es el sentimiento negativo que ha movido a líderes malvados para exterminar a quienes consideran como de alto riesgo a sus opositores: el faraón, intentando alcanzar, retener y hasta destruir a los judíos errantes; Herodias, ordenándole a la hija bailadora que pida al rey Herodes la cabeza de Juan; Nerón, incendiando su capital; príncipes y dictadores, intentando acabar con sus oponentes, muchos de ellos aseverando ser portadores de órdenes de Dios, mensaje convincente para los pobladores pobremente educados y desorientados; árabes, atacando a judíos y éstos respondiendo las agresiones con tecnificada venganza. Todos humanos odiadores consuetudinarios

Así podemos recorrer nuestra historia, pasando por las guerras mundiales; Hitler con su nazismo racista, Mussolni aplicando barbaridades a judíos y al propio pueblo; o Stalin y sus purgas rusas, ejemplo del salvajismo de quienes detentan poder; no deje afuera a norteamericanos, europeos, chinos y rusos modernos, todos agresivos practicantes de la Ley del Talión.

Tampoco descarte el factor social predisponente, el dinero y al dañado psicológicamente, que se transforma en salvaje odiador.

En un apartado especial está el odio religioso, promovido por líderes inmorales, sin consciencia de bueno y malo.

Militares y guerrilleros en África; Neonazis en Europa; Ku-Kus-Klanes de EUA; racistas en diferentes continentes; norteamericanos enardecidos por sus líderes afectados anímicamente, transformándolos con el mensaje negativo en verdaderos desenfrenados, algunos atacando a latinos, enardecidos por la migración desordenada, favorecida por otros irracionales radicales de la izquierda latinoamericana.

El odio tiene un instrumento muy útil para sus propósitos: la violencia física, psicológica o verbal, utilizada con fines aviesos, sabedores del daño que pueden provocar a sus odiados y comprendiendo la capacidad de motivar a los lábiles emocionales, sin paz interior, buscando en ellos la erupción y liberación de su tensión que les provoca enojo, frustración y/o rencor.

Así, ellos son susceptibles de ser utilizados como instrumentos para ejecutar la maldad de sus líderes enfermos.

Es el odio que utilizan los malos del presente, caso de Donald Trump, que se ha manifestado en muchos de sus discursos como irracional, intolerante y desequilibrado emocional, atacando a los latinoamericanos y africanos.

Él logró despertar la violencia radical entre sus seguidores extremistas, buscando ganar votos, aún cuando se derrame sangre.

Motivar abiertamente favoreciendo la violencia, es el principio del magnicida, asesinando a inocentes, sembrando intranquilidad y hasta inestabilidad social. Su grave inmoralidad.

Lo invito a reflexionar en lo que ha sucedido en EUA en un solo fin de semana: tres desquiciados motivados -en Texas, Ohio y Houston- han reaccionado al mensaje del odio con violencia y muerte.

Pensemos en la modernidad de la comunicación por los medios sociales y la rápida conexión de los jóvenes con las modas; así, pudiéramos estar infectándonos con ese mal de la humanidad, exacerbado en el posmodernismo.

Actuemos preventivamente entre nuestra sociedad, buscando aplicar la mejor vacuna existente: la educación, tanto familiar como escolarizada y hacer el análisis abierto y público de lo que estamos viviendo en la era de la superficialidad; la sociedad líquida, como Zigmunt Bauman define al mundo del presente.

¿Está usted dispuesto a trabajar a favor de la calidad de vida de las nuevas generaciones?

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