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EDITORIAL

Felipe Calderón: ¿el nuevo villano favorito?

Sin lugar a dudas

PATRICIO DE LA FUENTE
jueves 18 de julio 2019, actualizada 7:24 am

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"Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable".— Voltaire

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador es causa, en buena medida, a que durante años supo elegir las batallas y enemigos correctos. No importa a qué bando pertenezcamos; en política se suman victorias cuando diagnosticamos lo que está mal y señalamos a quien echarle la culpa de las desgracias del presente.

Casi todos los políticos recurren a las mismas prácticas, no hay nada nuevo ni original en ello. Frente a un imaginario colectivo que deposita la responsabilidad de sus tribulaciones en manos de terceros, durante 20 años López Obrador construyó una narrativa donde siempre existe un enemigo que justifique su razón de ser.

Por mucho tiempo, para López Obrador no hubo peor villano que Carlos Salinas de Gortari. Si en el mundo de las telenovelas el cuadro de honor de la maldad pertenece a Catalina Creel y a Enrique de Martino, según López Obrador, Salinas era la encarnación del mismísimo demonio en la tierra.

López Obrador siempre se refirió a Salinas como el verdadero jefe de la "mafia del poder". A lo largo de dos décadas, AMLO prometió que de llegar a ser presidente, una de sus primeras acciones sería fincarle responsabilidades a Salinas y llevarlo ante la justicia. Anticipó la misma suerte para otros que, ya sea por cálculo o pragmatismo político, terminó perdonando o invitando a purificarse en las aguas redentoras de la Cuarta Transformación.

"No es mi fuerte la venganza", matizó llegado el triunfo, pues emprender una cacería de brujas habría de hundir al país en una crisis sin precedente", dijo. "No pretendo anclarme en el pasado, sino inaugurar una etapa nueva; ¿qué hacer con el saqueo, con las injusticias?, sólo teníamos dos opciones: meternos a juzgar a los responsables o decir punto final", sostuvo el mandatario.

Lo que sí es de aplaudirle a nuestro presidente, es su honorabilidad personal y el que no esté dispuesto a tolerar la corrupción. Se antoja improbable que en seis años dejemos de ser un país corrupto, pero la apuesta presidencial de desmantelar los excesos y tropelías de ayer es algo que todos debemos reconocer.

Sin embargo, aunque se envíen señales a los expresidentes y se persiga a sus cercanos, y círculo inmediato de amistades -léase Juan Collado- resulta altamente improbable que algo le suceda a Carlos Salinas de Gortari más allá del golpeteo político tradicional en cada inicio de sexenio. Como afirmó el jurista Ignacio Morales Lechuga, la posible comisión de delitos por parte de Salinas ya ha prescrito. Exiliado cómodamente en Inglaterra, Salinas no es ya el villano de moda.

Hoy funge como Presidente de México, pero para efectos prácticos López Obrador también sigue en campaña. Está en su gen, es algo de lo que no puede desligarse aunque lo intente, se trata de un político de tierra que disfruta al estar en contacto con las personas. Además el tema de la Cuarta Transformación más allá del sexenio requiere no solo de votos y resultados en la acción de Gobierno, sino también de muchos enemigos abstractos y reales a vencer.

A Salinas de Gortari no creo que le interese seguir moviéndose tras bambalinas, por lo menos no en este momento. Es evidente que hace mucha política, pero no frente a los reflectores. Vicente Fox, bonachón y campechano, se enreda con su propia lengua e interminables soliloquios. Hace tiempo se convirtió en una caricatura de sí mismo, extraviado el respeto por la investidura que algún día detentó. Para la 4T, Fox no representa mayor amenaza.

Sabedor de la larga cola que no le permite caminar ni a él ni a gran parte de quienes fueron sus colaboradores, Enrique Peña Nieto salió despavorido a España como ya platicábamos aquí hace una semana, querido lector. Gozará del noviazgo y de un muy, pero muy dorado retiro y hasta ahí. Heredero del priismo de viejo cuño que respeta la regla no escrita de que los expresidentes se alejan de la política, su destino está confinado a las páginas de la prensa del corazón.

Felipe Calderón se pone de pechito para ser el "sparring" de la 4T, y a López Obrador le conviene, y mucho. Ante una oposición desdibujada que no ha sabido o querido serlo, para los seguidores de Andrés Manuel López Obrador, Felipe Calderón emula todos los vicios de la derecha neoliberal que la izquierda morenista deplora y condena. Según miles, la llegada de Calderón a Los Pinos fue producto de una elección fraudulenta. Otros afirman, no sin algo razón, que durante su sexenio el país vivió una espiral de violencia de la cual no hemos salido.

No sé qué tan buen o mal presidente fue Calderón, no quiero entrar en esa disertación por lo menos hoy. Lo que sí adiviné desde hace tiempo son sus ganas de convertirse en una suerte de Álvaro Uribe Vélez, pero a la mexicana.

Felipe Calderón es, por lo menos para efectos de imagen pública, la nueva y perversa Catalina Creel de la Cuarta Transformación. Porque en México, desde siempre, nos encanta tener villanos y héroes, incapaces de advertir errores y virtudes, vicios y bondades, justas medianías.

No sé si Calderón y México Libre sean la vía, mantengo dudas porque a la política debe observársele desde el escepticismo. De lo que estoy seguro es que al país le urge, pero a la de ya, tener un verdadero contrapeso a la hegemonía presidencial. Como los vacíos se ocupan y el poder se ejerce, nos guste o no Calderón llegó a ocupar, por ahora, un vacío muy importante.

Twitter @patoloquasto
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