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EDITORIAL

Yo, Claudia

JORGE ZEPEDA PATTERSON
domingo 16 de junio 2019, actualizada 8:48 am


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Claudia Sheinbaum es responsable, en tanto autoridad máxima del gobierno de la Ciudad de México, de atacar el problema de la contaminación y la inseguridad creciente que padecen los capitalinos. Seguramente ha cometido errores e incurrido en demoras en los seis meses que lleva de gestión, pero el linchamiento del que está siendo objeto no solo resulta desproporcionado, también daña la posibilidad de encarar las verdaderas causas del problema. Los chivos expiatorios sirven para desviar la atención de la turba, no para resolver las causas de la tragedia.

Primero fue el tema de la contaminación, ahora el asesinato de estudiantes; en ambos casos llama la atención la visceralidad y unanimidad con la que se le ha convertido en blanco de la indignación y el resentimiento. Con relación a la contingencia ambiental escribí hace unas semanas un texto en este espacio (El linchamiento de Claudia) en el que expresaba mi extrañeza de que en ningún momento se criticara al gobernador del Edomex, Alfredo del Mazo, a pesar de que la mayor parte de la población del área metropolitana vive en su entidad y que es en los municipios conurbados donde el transporte público y la industria es más contaminante.

Las críticas contra Sheinbaum tampoco mencionaban que la degradación del ambiente no ha hecho sino empeorar como resultado de políticas públicas mundiales, federales y locales y un modelo de crecimiento despiadado con el entorno.

Ahora es el tema de la inseguridad. Tras el asesinato de un segundo estudiante, se pide la renuncia de la jefa de gobierno como si el arribo de otra persona fuera a resolver un problema que, en el fondo, es el del país en su conjunto. Se dice, con razón, que en este caso la 4T no puede echarle la culpa a administraciones anteriores, porque son los suyos los que han gobernado la ciudad las últimas dos décadas. Pero en este enfoque, se enjuicia a Sheinbaum como si la Ciudad de México fuera una cápsula ajena al país del que forma parte.

Es cierto que mientras el resto del territorio nacional se iba incendiando paulatinamente, la capital mantuvo una relativa excepcionalidad. Pero era una excepcionalidad que necesariamente tenía fecha de caducidad. Porque lo mismo podía decirse del Bajío o de Cancún hace 10 años. Primero fueron las zonas asiento de los cárteles: Tijuana, Sinaloa, Chihuahua, Tamaulipas. Luego comenzó a bajar a Veracruz, Jalisco, Michoacán, Guerrero. Más tarde alcanzó a Quintana Roo, Guanajuato, Colima y un largo etcétera que incluye el Estado de México, Morelos y las entidades que rodean a la capital. Ya con Miguel Ángel Mancera (2012-2018) se afirmaba que los cárteles habían llegado a la ciudad, por más que se intentara ignorarlo.

Uno tras otro los gobernadores terminaron siendo desbordados. No importaba si se trataba de mandatarios buenos o malos, muy corruptos o poco corruptos, panistas, priistas, perredistas o ahora morenistas; simplemente fueron incapaces de impedir un cáncer devastador que ha ido devorando plazas e instituciones y obedece a factores profundos y estructurales: la ausencia de estado de derecho, la corrupción de cuerpos policiales y su fragmentación en niveles federal, estatal y municipal, la podredumbre del sistema de justicia, la falta de oportunidades, entre otros. Hace ya diez años los pueblos de Michoacán se organizaban en defensas para impedir el robo de sus hijas, en Guerrero aceptaban otorgar presidencias municipales al cártel y los tapatíos amanecían espantados por cabezas sin cuerpos en los jardines o cuerpos con cabeza colgados en los puentes. Y de Acapulco mejor ni hablar.

No estoy diciendo que la inseguridad en la Ciudad de México deba ser asumida pasivamente, solo deseo señalar que le ha alcanzado un fenómeno virulento e imparable que ha avasallado a una región tras otra y combatir sus causas va más allá de encontrar un punching bag para descargar la frustración. El aumento en la criminalidad de la CdM es una tendencia que no ha hecho más que recrudecer año tras año; no comenzó hace seis meses.

Convertir a Sheinbaum en culpable de la epidemia de violencia que azota a la capital no solo es infantil sino dañino. Por lo demás, el nivel de responsabilidad de Alfredo del Mazo tendría que ser similar: hay más mexiquenses que defeños en la zona metropolitana, más superficie en sus municipios aledaños y más criminalidad en el transporte público. Pero hemos preferido lapidar a Claudia. ¿Porque es de la 4T? ¿Porque es mujer? ¿Porque se le considera presidenciable? Usted escoja.

Mi mayor consideración para Norelia Hernández, la madre de Norberto, el joven asesinado, quien pidió que el asunto no fuera usado políticamente y señaló que las verdaderas causas están en otro lado. Una lección de templanza y madurez frente a la mucha mezquindad que intenta sacar partido de la tragedia.

Tendríamos que abordar el problema asumiendo que es responsabilidad de todos, como dice Doña Norelia. En primer término de la autoridad federal, de las entidades estatales y locales (incluyendo a Sheinbaum, desde luego), de las élites en su conjunto, de todos nosotros. Resumir el fenómeno a un Yo, Claudio como la novela de Robert Graves, que concentra y ridiculiza en una persona la fatalidad del imperio romano es, en sí mismo una tragedia.

@jorgezepedap.

www.jorgezepeda.net

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