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Columnas Social

Piénsale, piénsale

ARTURO MACÍAS PEDROZA
domingo 09 de junio 2019, actualizada 11:17 am


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LOS AUTÉNTICOS DERECHOS HUMANOS NACEN DE LA RECTA COMPRENSION DEL SER HUMANO

"Yo no pedí nacer", es un reclamo de nuestros hijos cuando se ponen exigentes y sufren sus crisis de identidad. Y tienen razón, una vez que el ser humano está en el mundo, tiene, por el simple hecho de existir, derechos y deberes propios de su ser. ¿Pero cuál es el bien verdadero del hombre y cuáles acciones debe realizar o le deben realizar conforme a su naturaleza? ¿Qué cosa define al hombre y su naturaleza y sobre qué cosa se funda su derecho? ¿Cuál ley puede conseguir el bien común en el respeto del bien de cada uno?

No se trata de ponernos de acuerdo o ver que piensa la mayoría (hemos visto en la historia que la mayoría sí puede estar equivocada). La búsqueda de un fundamento común debe basarse en el verdadero bien del hombre y en la verdad del hombre. Para responder a esta pregunta, es necesario definir la naturaleza humana, su objetividad e incluso si puede ser conocida; tampoco se trata de ver qué es más útil. Hay que ir al terreno de los valores objetivos, sin ceder a intereses particulares o al más fuerte. Es pues un tema sobre la libertad y la justicia. Equivocarse implica la manipulación del hombre. Quitar los fundamentos del pensamiento en torno a las cuestiones de la verdad, del bien, de la justicia y del derecho, quiere decir exponer al derrumbe de todo el edificio social.

Desenmascarando las ideologías, y ante la inundación de los tiempos líquidos y el pensamiento débil que rechazan lo trascendente; ante el nihilismo que resume en sí las secuelas de otras visiones relativistas como el utilitarismo y el contractualismo, descubrimos que son negaciones de la humanidad y de su misma identidad. "De hecho no se puede olvidar que el olvido del ser comporta inevitablemente la pérdida de contacto con la verdad objetiva y, consecuentemente con el fundamento sobre el cual se apoya la dignidad del hombre. Se hace espacio entonces a la posibilidad de borrar del rostro del hombre los rasgos que revelan la semejanza con Dios, para conducirlo progresivamente a una destructiva voluntad de poder o a la desesperación de la soledad. Una vez que se ha quitado la verdad del hombre, es pura ilusión pretender liberarlo" (Fides et Ratio n. 90).

Es pues imprescindible hacer referencia a la naturaleza de la persona humana, unidad indivisible animo-corporal; espiritual y biológica, para saber cual es el fin que debe realizar y que deben poner en acto. Exigir el respeto a la vida, a la educación, a la salud, a la verdad, no es consecuencia de un triunfo en votaciones, de una manifestación multitudinaria en las calles o de una amable concesión de la autoridad. Es inherente a lo que somos. No podemos quitar, dañar o negar estos derechos por ideologías o modas, por abusos de autoridad, por caprichos o por intereses personales o de grupo. El aborto, la mordaza en el periodismo y las deficiencias en la educación o en la promoción de la salud van directamente contra los derechos fundamentales de todo ser humano que se basan en la verdad del hombre, en lo que es por naturaleza, en su dignidad. No es válido elecciones subjetivas propias de quienes gozan del poder de participar en la vida social o que obtienen el consenso de la mayoría. Es también indigno del hombre ser sujeto de limosnas (como mascotas), menospreciando su capacidad y dignidad.

La verdad esencial sobre el hombre y la capacidad del hombre de conocerla se debe traducir también en leyes y políticas públicas que promuevan y protejan estos derechos. Al mismo tiempo, este conocimiento auténtico de la antropología evita inventar e imponer "derechos" que contradicen a la misma naturaleza humana.

El derecho a la vida, a ser informados, a la educación, a la salud, se relacionan con la dignidad de la persona humana y tiene consecuencias en la familia y en la sociedad. No pueden estar sujetos a opiniones contrarias, preferencias, ideologías, modas o gustos. Apoyar de alguna manera ideologías que atacan a la misma naturaleza humana nos hace suicidas y cómplice de quienes destruyen al hombre. Los daños que se están haciendo al país al infringir estos derechos son graves. El compromiso a trabajar por la promoción de la vida, la salud y la educación, que en estos momentos están en crisis, es un deber ineludible.

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