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EDITORIAL

El linchamiento de Claudia

JORGE ZEPEDA PATTERSON
domingo 19 de mayo 2019, actualizada 8:43 am


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La intoxicación no sólo está en el aire que respiramos, o al menos no sólo en el que entra por la nariz y la boca y llega a los pulmones; también en el que entra por las orejas y llega al cerebro. Los detractores de Andrés Manuel López Obrador han aprovechado estos días de contingencia ambiental para despedazar a Claudia Sheinbaum, jefa de gobierno de la ciudad. Programas de radio y televisión, columnas y encabezados de los diarios han competido para utilizar los adjetivos más categóricos en su contra.

Desde luego, Sheinbaum tiene responsabilidades en el diseño de la estrategia para enfrentar la contingencia. No se pretende eximirla de culpa, pero hay algo indignante en el hecho de convertirla en chivo expiatorio y quemarla en una pira pública, como se está haciendo.

Nadie quiere mencionar, por ejemplo, que más de la mitad de los habitantes de la metrópoli son súbditos del gobernador Alfredo del Mazo, no de la alcaldesa. Según el INEGI en 2015 la población de la capital ascendía a 20 millones de personas, de las cuales solo 8.8 millones viven en lo que antes llamábamos Distrito Federal, el resto en 61 municipios conurbados del Estado de México (y uno de Hidalgo). Y en kilómetros cuadrados la parte mexiquense supera aún en mayor proporción a la parte "defeña".

Y si consideramos el potencial contaminante, la responsabilidad del Edomex es todavía mayor. No sólo porque el grueso de la industria de la ciudad se encuentra en esos municipios, también porque la movilidad de su población resulta más corrosiva por la pobreza de su transporte público.

Se me dirá que el gobernador del Edomex debe de ocuparse de todos sus conciudadanos que son ajenos a la capital pero eso también es un espejismo. En 2015 dos tercios de los mexiquenses habitaban en el llamado Valle de la Ciudad de México. Es decir, la mayor parte de la población, de los problemas de infraestructura, inseguridad o contaminación que enfrenta el gobernador tienen lugar en la Ciudad de México, incluyendo la recaudación de impuestos. Y sin embargo poco o nada se ha dicho del priista, quizá porque las pautas de publicidad de su tesorería engrosan las arcas de la prensa capitalina.

Ahora bien, no se trata de cuestionar el linchamiento de una para acto seguido colgar del árbol al vecino. Sólo deseo poner de manifiesto la manera en que la necesidad política de torpedear a Claudia Sheinbaum pasa por ignorar la más crasa evidencia.

Mi otra objeción tiene que ver con el hecho de que se disimula el carácter crónico que tiene el problema para magnificar lo coyuntural.

Se lapida a Sheinbaum como si la contaminación hubiese sido un dato menor hasta diciembre pasado y el fenómeno se hubiera desarrollado en los últimos cinco meses. Es tan obvio que ofende al lector recordar que se trata de la resultante de múltiples factores que pasan por el cambio climático planetario, una estructura productiva hostil al ambiente, un modelo de transporte público contaminante, la ausencia de cultura ecológica y un largo etcétera, además del fracaso de políticas públicas internacionales, nacionales y locales a lo largo de varias décadas.

Claudia Sheinbaum tendría que ser cuestionada en términos de la demora para anunciar algunas medidas que entraban dentro de sus competencias, pero resulta un poco excesivo cargarle los defectos de un desorden civilizatorio. Pudo haber solicitado la suspensión de clases y restringido la circulación de vehículos 24 o 48 horas antes. En ese sentido, este no es un texto para librarla de culpa. Pero una cosa es decir que la gestión de la crisis pudo ser más expedita y otro convertirla en la causa de que estemos respirando mierda, como se ha hecho en la prensa estos días.

Mención aparte merece el hecho de que los temas ecológicos no despierten la pasión del nuevo presidente. En su lógica, las apremiantes necesidades de los pobres no están para permitirnos reivindicaciones propias de un país rico. La generación de energía alternativa es aún más costosa que la tradicional al corto plazo, y él tiene prisa por sacar al buey de la barranca. El problema, y hoy lo estamos viendo, es que los desastres suelen cebarse con mayor crueldad sobre los desamparados. Inundaciones, sequías, incendios, huracanes y temperaturas extremas son un incordio para los ricos pero una verdadera tragedia para los pobres. Esperemos que la realidad misma lleve a reconsiderar la atención a la agenda de temas verdes a lo largo del sexenio.

Por lo pronto, la alcaldesa ya recibió su primer golpeteo dirigido en parte en contra de sus aspiraciones presidenciales y en parte a abollar al gobierno de su jefe. Vale como anécdota política, pero si queremos que nuestros hijos no respiren muerte en los años por venir, habría que atender las verdaderas causas y no ceder a la manipulación de los oportunistas que nos piden lapidar a quien les conviene.

@jorgezepedap

www.jorgezepeda.net

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