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EDITORIAL

Agua y desarrollo sostenible en La Laguna

Yo río libre

JULIO CÉSAR RAMÍREZ
sábado 18 de mayo 2019, actualizada 7:57 am


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La región de La Laguna -centro norte de México- no puede arribar al desarrollo sostenible con acuíferos sobreexplotados, acaparamiento de agua y tierra, sobreconcesión, módulos de riego ineficientes, desequilibrio ambiental, hidroarsenicismo, opacidad, corrupción e impunidad. ¿Qué Laguna recibirán las generaciones futuras?

El desarrollo sostenible -según definición de la ONU- se alcanza cuando se satisfacen las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.

El severo desabasto de agua en amplias zonas de La Laguna, precedido por el incremento de arsénico en el líquido que se bebe en la conurbación Torreón-Gómez Palacio-Lerdo, prende focos de alarma.

Seco durante 72 años por efecto del sistema de presas de La Laguna, el productivo lecho del río Nazas fue convertido al paso de las décadas en basurero regional, asiento de colonos precaristas en tramos, de estableros y de explotaciones pétreas, así como en depósito de agua de desecho industrial, tolerado por la Comisión Nacional del Agua, Conagua.

Sometido radicalmente por la presa Lázaro Cárdenas, el Nazas dejó de aportar agua a las cavidades subterráneas desde 1946.

Hasta 1968, el acuífero Principal había dejado de recibir cada año 126 millones 75 mil metros cúbicos de agua para su recarga, según cuantificó el doctor en ciencias Carlos Cháirez Araiza en "El impacto de la regulación de los ríos en la recarga de los acuíferos. El caso del acuífero Principal de la comarca de La Laguna", 2005, investigación pionera en su tipo.

A partir de 1968, por efecto de la presa Francisco Zarco, entonces inaugurada, el déficit se incrementó a 475 millones 69 mil metros cúbicos cada año, hasta la actualidad.

El impacto de tal déficit sobre las partes media y baja de la cuenca del Nazas fue implacable: desaparecieron tres enormes lagunas -de Mayrán, Viesca y Tlahualilo-, se extinguieron los manantiales naturales de Viesca, murieron las extensas arboledas que se esparcían en las orillas del río, desaparecieron los microclimas por el revestimiento de canales y la eliminación de árboles que crecían en las acequias, y se acabaron diversas especies animales que vivían del cauce.

Al secarse el subsuelo aparecieron grietas enormes de profundidad considerable, se abate progresivamente el acuífero y se pierde la calidad de su agua, y por si fuera poco, aumentan las pérdidas de líquido por evaporación y por filtración en los embalses, mientras proliferan las faltas administrativas en el manejo del sistema regional de presas.

La promisoria Laguna no alcanzó con su sistema de presas la alta calidad de vida prometida, sino que fue convertida en el páramo desigual, amenazante y peligroso que es hoy.

Complemento hidráulico del reparto agrario de 1936, la presa Lázaro Cárdenas -que disolvió al pueblo El Palmito y recogió el nombre del presidente promotor del modelo ejidal-, pronto fue arrebatada por una gestión proclive al empresariado agrícola hasta que en los años 90, tras el colapso algodonero y una crisis campesina desoladora, tierra y agua pasaron a manos casi exclusivamente privadas que sólo encuentran sentido en la acumulación de ganancias.

La historia de la cuenca lechera de La Laguna -insaciable usuaria número uno del río Nazas-, corre paralela a la acelerada apropiación privada de agua y tierra y al impacto del sistema de presas sobre esta región, de 1950 a la actualidad.

El adjetivo 'sostenible' añade una dimensión ambiental al concepto de desarrollo; además, refuerza el elemento sobre la justicia distributiva e incorpora el de equidad intergeneracional, que busca garantizar los intereses y las necesidades no sólo de las generaciones presentes sino también de las generaciones futuras.

La Laguna continúa anclada en una visión desarrollista que prioriza el enfoque económico por encima del de la vida digna de las personas.

El Estado mexicano debe avanzar en la construcción participativa de la política hídrica y de la legislación que hace falta en materia de derechos humanos al agua potable y el saneamiento, así como en la implementación de todas las recomendaciones del Relator Especial de Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos al Agua Potable y el Saneamiento derivadas de los obstáculos y desafíos identificados durante su Misión a México en mayo de 2017.

No puede existir desarrollo si no se satisfacen los derechos humanos fundamentales.

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