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M.C. MIRTEA ELIZABETH ACUÑA CEPEDA
domingo 12 de mayo 2019, actualizada 11:55 am

SOFÍA, UNA MUJER MODERNASOFÍA, UNA MUJER MODERNA En esta ocasión, mi artículo versa, sobre mi abuela materna Sofía Méndez Galindo, orgullosa de ser su nieta, (por parte de su hija Juliana) ya que es parte de la cultura que viví en mi hogar, a diferencia de muchas otras mujeres que se desarrollaron muy diferente desde que el mundo es mundo. La mayoría de las mujeres que participaron en la Revolución han permanecido en el anonimato, una de aquellas mujeres fue Sofía Méndez Galindo. Ella fue una de las telefonistas, cuyas tareas servían a la inteligencia militar y, la importancia de su labor radica en que sin la información que lograban obtener, no habrían podido ganarse muchas de las batallas; por ello, aunque sin estruendos, su contribución resultó invaluable para el triunfo revolucionario. Claro que esto puede afirmarse en el caso de tantas y tantas mujeres que permanecen invisibles para la historia, quizá, su memoria esté atesorada entre los muros de las historias familiares. Entre las primeras tareas de Sofía como telefonista, estaba la de recibir las llamadas locales, nacionales o del extranjero, y darles paso al destinatario, mediante la correspondiente inserción de las clavijas; conforme avanzaba en la jerarquía laboral, empezó a realizar otros trabajos, como el de tomar y anotar mensajes que transmitía a su vez, cuando la persona estaba disponible; más tarde, aunque seguía siendo operadora, su trabajo como telefonista tomó una índole administrativa, escribía a máquina los informes de trabajo, manejaba y archivaba la documentación y supervisaba el trabajo de las otras telefonistas. Sofía nació en Saltillo, Coahuila, el 30 de octubre de 1888. Por ese tiempo, en la central telefónica donde ella trabajaría unos años después, sólo operaba una telefonista, lo cual es compatible con la escasa población del estado (140, 594 habitantes en 1885). En 1900, Sofía egresó de la primaria y pronto entró a trabajar a la compañía de teléfonos, en 1910, ya era jefa de telefonistas, cargo que le permitió apoyar a los revolucionarios, entre ellos su padre Enedino Méndez, que se había unido a los primeros grupos que luchaban por la democracia, él participó en la toma de Cd. Juárez, Chih., en mayo de 1911, "sin importarle dar la vida, " Una mujer de la talla de Sofía, hija de tal padre y que también estaba de acuerdo con las ideas democráticas, no podía ser ni hacer menos que apoyar el movimiento iniciado por Madero; asimismo, debe anotarse que las telefonistas que estaban bajo su jefatura también eran familiares de los revolucionarios; entre otras su hermana Teresa Méndez y Petrita Dávila Flores. Desde su posición de telefonista apoyó a los revolucionarios hasta 1916, cuando se retiró de la compañía telefónica, porque contrajo matrimonio con Jesús Cepeda. Sofía tenía 27 años, y la familia de su esposo opinaba que era una mujer elegante, de tez blanca, hermoso cabello y enormes ojos negros almendrados. Ella había trabajado desde los 12, por lo que difícilmente aceptaría una posición tradicional en el hogar. Desde el inicio de su vida como esposa y madre --porque su esposo, viudo, tenía una hija de 1 año-, se hizo cargo no sólo de la pequeña, sino que tomó en sus manos la producción lechera, mientras que su esposo continuó dedicándose a la producción agrícola: triguera y frutícola, asimismo, le enviaba el forraje para el ganado lechero. Como ella se hizo responsable del mantenimiento del hogar y los hijos, él pudo ir adquiriendo más propiedades. Esta decisión no fue tanto porque él lo quisiera, sino más bien porque, según lo que Sofía platicaba a sus hijas, ella "se había acostumbrado a ser independiente", por lo mismo, las aconsejaba que estudiaran y trabajaran para desarrollarse como personas y tener su propio dinero, así estarían en posibilidades de resolver mejor las situaciones con que se tropezaran en su vida. Por esto, más que solicitar, exigió el manejo de las vacas lecheras Su negocio de ordeña más que de traspatio, se podría considerar semi-especializado, pues tenía de 10 a 12 vacas en producción y otras preñadas, a las primeras se las ordeñaba en la mañana y en la tarde, con un rendimiento 15 litros por vaca en promedio; uno de sus hijos decía que eran vacas que "daban hasta 18 litros y sin salvado" (capas externas de los cereales como el trigo, quedan después de la molienda y contienen gran cantidad de nutrientes y fibras). Esto implicaba tener varios trabajadores bajo su mando, para el manejo de los animales, la venta de la leche que actualmente se denomina "bronca" y la elaboración de los productos lácteos. Cuando faltaba un trabajador, ella misma, sus hijas e hijos alimentaban y ordeñaban las vacas. Sofía tuvo dos hijos y tres hijas, que sumaban seis con la pequeña que recibió al casarse. Siempre se preocupó por su educación y formación, que fue costeada por los ingresos de la ordeña, opinaba que ni los hombres ni las mujeres deberían contraer matrimonio hasta que hubiesen terminado una carrera profesional y estuviesen preparados para formar un hogar. Resultado de dicha preocupación es que sólo uno de sus hijos no terminó una carrera, por dedicarse a la agricultura; todas las mujeres estudiaron y en distintos momentos ejercieron trabajos remunerados: Normal Superior, Escuela mercantil, Enfermería y luego cursos para una plaza de educadora; de ellas quisiera destacar a Juliana, quien cursó Química, una carrera considerada masculina; ella, Graciela Dávila, Ofelia Garza Cepeda (primas entre sí) y Rita (cuyo apellido no recuerdan los y las informantes) fueron las primeras mujeres que la cursaron en Coahuila, estas mujeres formaban parte de la segunda generación de Química. Sofía padeció la enfermedad de Parkinson, la parálisis palpitante o agitante que se conoce desde los tiempos bíblicos, un trastorno neurodegenerativo que incapacita lentamente, entonces sin un tratamiento adecuado. Sofía, una mujer de lucha, también presentó batalla a la enfermedad, que poco a poco la obligó a delegar el control de la producción lechera. Sin embargo, quizá aceleró el proceso del Parkinson, la muerte del mayor de sus hijos varones en 1952, de 33 años; además, hubo necesidad de trasladar el ganado a la zona rural, ya que los reglamentos sanitarios prohibieron tener ordeñas u otros animales dentro de los límites urbanos. Cuando la enfermedad se la llevó al sepulcro, el 18 de julio de 1955, Sofía tenía casi 67 años. A manera de colofón, sería interesante mencionar que el acceso de la mujer al trabajo remunerado empezó a marcar diferencias en las relaciones de pareja, la letra de una canción de la época hace pensar en esos cambios en la sociedad, uno de ellos es cuando el hombre empieza a dejar de ocupar el rol preponderante de proveedor del hogar. La primera estrofa de esa canción, dice: "Ella ganaba bien como telefonista, yo laboraba mal y ganaba peor, yo quería el primer papel, ella era protagonista de la historia…" (primera estrofa de: "¿Cómo hacer para vivir sin ti?", Rondalla de Saltillo) Correos electrónicos: s: [email protected], [email protected]

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