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EDITORIAL

Los sepulcros blanqueados

SIN LUGAR A DUDAS...

PATRICIO DE LA FUENTE
jueves 25 de abril 2019, actualizada 7:47 am


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Toda guerra se inicia con los pretextos más nimios, se continúa por motivos de peso y se concluye con las excusas más falaces”.— Arthur Schnitzler

Parecido a un cementerio, así es buena parte de Veracruz y otros sitios del territorio nacional. Suena fuerte, complicado de digerir, pero el Gobierno a sus tres niveles hace mucho que fue rebasado por la industria del hampa. Lo vivimos, todos padecemos en carne propia la crudeza de nuestros tiempos y de una guerra con grados de intensidad variantes, pero cuyo desenlace se avizora aún lejano.

Cualquier persona de bien añora un entorno tranquilo y le apuesta a que el Presidente de la República lleve a puerto seguro su estrategia de pacificar a la nación, aunque todavía no nos dice bien a bien el cómo. Hemos visto esbozos y pinceladas de lo que el Gobierno pretende hacer, pero falta el lienzo y, lo más importante, los resultados.

López Obrador habla de seis meses para comenzar a percibir un cambio, en tanto especialistas en la materia califican de error el hecho que se plantee una fecha en particular. Más vale paso seguro que trote que canse. Alejandro Hope considera que “es un dicho aventurado por tres razones: la primera es que la temporada que sigue, por cifras de años pasados, nos dice que el homicidio aumenta en verano; segunda, la Guardia Nacional no va a estar lista en seis meses y, por último, en los programas sociales existentes, pues vemos que los recursos no van a personas que sean vulnerables de cometer delitos a corto plazo”.

Pero tampoco será repartiendo dinero ni desde el clientelismo como lograremos alejar a los jóvenes de las garras del hampa. Muchos coincidimos que ha llegado la hora, largamente postergada, de someter a discusión y hablar de cosas que antes considerábamos tabú: la legalización de las drogas, por ejemplo.

Garantizar seguridad nos llevará no meses, sino años, porque el grado de descomposición que observan nuestras instituciones y sistema de impartición de justicia no comenzó a gestarse de la noche a la mañana, fue paulatino. Además, en materia de seguridad, la estrategia seguida tanto por Calderón, Peña Nieto y López Obrador es más o menos similar y en cierto sentido, prueba estar rebasada ante los alcances de un enemigo cuyos ilimitados recursos financieros, humanos y materiales ponen en jaque a cualquiera.

Absortos en lo insulso e intrascendente, distraídos por la politiquería barata, descuidamos aquello fundamental: seguridad, educación, cultura, verdadero combate a la corrupción, igualdad de oportunidades, acceso a la salud, capacitación, un marco jurídico de avanzada y contrapesos al Gobierno. Hoy pagamos las consecuencias de haber sido indolentes y permitido que nuestra clase política también lo fuera.

El viernes pasado en Minatitlán, Veracruz, 13 personas incluido un bebé, fueron abatidas a sangre fría. Nos hemos acostumbrado a normalizar el horror pero en plena Semana Santa, las imágenes cimbraron a la opinión pública nacional e internacional. A primera hora del sábado, López Obrador pudo haber aprovechado para pronunciarse sobre tales hechos, pero prefirió escribir un twit con referencias bíblicas y el respectivo extrañamiento a sus críticos que se ha vuelto nuestro pan de cada día.

“Callaron como momias cuando saqueaban y pisoteaban los derechos humanos y ahora gritan como pregoneros que es inconstitucional hacer justicia y desterrar la corrupción. No cabe duda de que la única doctrina de los conservadores es la hipocresía. Son como sepulcros blanqueados”, dijo.

No obstante su gran popularidad, las redes tundieron al presidente por haber eludido, durante más de 48 horas, la responsabilidad inherente a cualquier Jefe de Estado en funciones: apelar a un discurso que concilie y unifique en momentos de luto nacional. Cuando ocurre una tragedia, no debe haber cabida para la politización ni vacíos informativos porque ante un vacío, alguien más vendrá a llenarlo.

Parece que para el Presidente es imposible conciliar y salirse de la piel de candidato en campaña. Polemista de siempre , López Obrador se fue de bruces cuando dijo que la apuesta por la seguridad y la paz es “básicamente un asunto de conservadores”. Para bien o mal, no ha cambiado. Me recordó al Andrés Manuel de 2005, aquél que calificaba las marchas a favor de la seguridad como “cosa de pirruris”. Parece que en tal sentido, el Andrés de hoy es fiel al Andrés de ayer, con la salvedad de que más pronto que tarde, mucha de la responsabilidad de lo que ocurra será suya y de nadie más. Llegará un momento, al término del sexenio, en que se le juzgará no solo por sus buenas intenciones sino también por los resultados obtenidos.

Minatilán no es culpa de López Obrador, representa un fracaso colectivo de todos nosotros como sociedad. Es ahora de admitirlo, y dejar al lado los sepulcros y la malsana obsesión de confrontarnos con base en preferencias políticas. En tanto, la responsabilidad del Presidente es el Gobierno y ser garante de la seguridad de sus ciudadanos, no el ser predicador, refranero y apologista de pasajes bíblicos.

Twitter @patoloquasto

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