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EDITORIAL

¿Qué creen que pase?

JULIO FAESLER
viernes 05 de abril 2019, actualizada 7:58 am


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Hace casi 30 años el rey de España, Juan Carlos, pidió perdón a los pueblos indígenas reunidos en Oaxaca con motivo del Quinto Centenario del Encuentro Dos Mundos y lamentó los abusos que se cometieron, "ambiciosos encomenderos y venales funcionario que por la fuerza impusieron sus sinrazones". Su sucesor, Felipe VI, lo hizo también en una de sus visitas a América. En cuanto al papado, desde hace quince años Juan Pablo I y luego su sucesor Francisco V se adelantaron al reclamo que ahora tanto se publica sobre la Inquisición.

Nuestro presidente, bien asesorado en los estudios históricos por su mujer, Beatriz Gutiérrez Müller, pero mal aconsejado en cuanto a la oportunidad, envió por correos privados las dos cartas ya famosas solicitando el perdón. Las misivas merecieron condescendientes sonrisas en Madrid y en el Vaticano, además de firmes y razonados rechazos por parte de intelectuales y políticos. El asunto se ha ahuitado.

Lo que queda del incidente es que el jefe de un Estado serio que a sí mismo se respete debe enterarse bien antes de lanzarse a una alberca vacía. No dudamos de la buena intención de López Obrador, pero debe estar seguro de lo que va a decir.

Están repitiéndose cada vez más los errores en los que el presidente cae desde el salón de la Tesorería o desde los lugares que visita. Errores de cálculo tratándose del número de guarderías o de niños asistentes a ellas, o en cuanto a índices de pobreza, o bien, promesas del crecimiento nacional, o índices de criminalidad. Los temas que trata el presidente son importantes para el bienestar de todos los mexicanos y hasta de los centroamericanos, cuya suerte está ligada a las políticas de México en materia migratoria. Para ellos también importa nuestro potencial para ofrecer empleo e incluso de crear una región mesoamericana que podría hacerse valer tanto como las diversas integraciones sudamericanas.

La respetabilidad del presidente mexicano es crítica para capotear las complejidades de nuestras relaciones con los países más importantes, entre los que están los Estados Unidos. No hay que resbalarse en la engrasada plancha internacional. Pasos mal calculados como los que dio el Reino Unido con su inmadura decisión de divorciarse de Europa continental son una prueba de las consecuencias de una monumental irreflexión.

Hay que tener una honda firmeza con nuestro vecino al norte, cuyo presidente presenta un caso de tauromaquia de mucha técnica. Si Trump a diario se desvía de las normas convencionales, López Obrador, que es artista en sorpresas, bien podrá tener éxito dejando que su colega en Washington simplemente se desgaste.

Hasta este momento México nada ha dicho en cuanto al cierre de frontera, que es un amago vacío que más asusta a los empresarios y trabajadores norteamericanos por la interrupción de sus ventas a México y a los consumidores de su país, y por la repercusión directa en sus bolsillos.

En materia migratoria México ha sido solidario con los centroamericanos y hasta con africanos y asiáticos en lugar de poner inútiles controles de fuerza que desprestigian. La gran barda que Trump está montando calladamente por tramos es un ejemplo de ineficiencia y mucha fanfarronada.

Lo que Estados Unidos más teme no son las reacciones de sus granjeros protegiendo sus ranchos, sino las mafias que controlan la letal distribución de drogas y de armas dentro de su propio territorio.

La negociación del remodelado TLCAN que ha sido instrumento de doble filo, que por una parte facilita la exportación, pero que ha frustrado nuestro empeño diversificador de provisión y de destinos comerciales, acabará por aprobarse. Las erráticas declaraciones de Trump se estrellarán contra el interés de industriales y exportadores en ambos lados de la frontera.

Las inéditas condiciones que dominan la atmósfera económica son muy variables. Vistas a largo plazo, las metas de desarrollo de México son posibles y pueden alcanzar niveles superiores de vida, son enteramente plausibles siempre y cuando las estrategias se tracen bien y no se descarrilen por cualquier incongruencia que el presidente de México cometa por insistir en solo atenerse a su intuición.

Tanto el Salón Ovalado como la Sala de la Tesorería están ocupados por operadores astutos que se atienen a sus instintos más que a las amplias experiencias de sus asesores. Ahí está el peligro. A veces parece que más acabará pesando la diosa suerte que la diosa razón.

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