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EDITORIAL

Perdón, olvido, memoria, reconciliación

GABRIEL GUERRA CASTELLANOS
jueves 28 de marzo 2019, actualizada 7:44 am


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Confieso, queridos lectores, que me despertó la curiosidad el enorme revuelo generado por la divulgación del contenido de la carta que el presidente de México envió primero al rey de España y por la ruda respuesta del gobierno español después. Invitado a abordar el tema por mis compañeras de páginas Ana Francisca Vega y Gabriela Warkentin en sus respectivos espacios radiofónicos, decidí meterme un poquito más a fondo para tratar de evitar las trampas que nos pone enfrente la inmediatez y aparente superficialidad de las redes sociales. Aquí les presento algunas consideraciones:

1. El tema del perdón o arrepentimiento institucional, nacional o de Estado es un concepto relativamente nuevo. Por ello, no sólo no existe jurisprudencia sino que los precedentes son pocos y poco uniformes. De hecho en la mayoría de los casos no se trata de instrumentos o compromisos jurídicos, sino más bien éticos, políticos o sociales.

2. No es inusitado que un país o un pueblo soliciten u ofrezcan disculpas, expresen arrepentimiento o lamenten públicamente actos o conductas pertenecientes a su pasado reciente o más lejano. La lista es bastante extensa e incluye lo mismo la iniciativa británica para ofrecer reparaciones por la esclavitud que la disculpa ofrecida por el gobierno de Portugal en 1996 a las víctimas de las persecuciones religiosas del siglo XVI o, más recientemente, la declaración del presidente francés pidiendo perdón por las atrocidades cometidas durante la Guerra de Argelia.

No menciono muchas más por cuestiones de espacio y para no aburrirles, pero sumen a la lista a Australia, Canadá, Alemania, Bélgica, Indonesia, Nueva Zelanda, EEUU y también al Vaticano. Algunas de estas disculpas han estado acompañadas por compensaciones económicas a los agraviados o a sus familiares o descendientes.

Nadie que sea serio plantea reabrir viejos expedientes ni mucho menos revisar tratados de paz o armisticio. Las disculpas son más bien una herramienta de buena voluntad, de reflexión e introspección por parte de las naciones o gobiernos que en su momento cometieron excesos y ahora se animan a reconocerlos o repararlos. Y tampoco, de manera alguna, implican asignaciones de culpa a las generaciones presentes, sino el simple reconocimiento de algo incompatible con los estándares jurídicos y éticos contemporáneos.

3. La revisión de la historia bajo criterios morales modernos no sólo es permisible, sino en muchos casos necesaria. Al hacerlo reconocemos que la ética no es inmóvil ni infalible, que muchas conductas que alguna vez eran permitidas hoy resultan aberrantes.

Hace un par de siglos la esclavitud o servidumbre eran vistas como algo normal, al igual que la subordinación de grupos étnicos, la discriminación de las mujeres y su exclusión de la vida pública, las condenas a quienes profesaban creencias diferentes, a homosexuales, a minusválidos, y tantos otros que hoy son, merecen y deben ser, integrantes de pleno derecho en nuestras sociedades. Y al entender que la moral no es inamovible vamos ampliando horizontes de libertad para grupos vulnerables o tradicionalmente excluidos.

4. Me parece que en política y diplomacia la forma puede ser tan importante como el fondo, y en ese sentido el presidente mexicano pudo tener un manejo más elegante y discreto, pero eso de ninguna manera justifica la airada y ruda respuesta del gobierno español, tal vez más preocupado por sus muchos problemas internos que amenazan con el resquebrajamiento de la hoy ya un tanto abollada corona. Otras voces, como la de Arturo Pérez Reverte, se fueron por la vía del insulto al presidente de México, reflejando la altanería de quien se cree heredero de glorias pasadas que no se le reflejan. La humildad rinde mucho más frutos que la arrogancia, y yo me quedo con los ejemplos arriba mencionados.

Todo este embrollo ha tenido un feliz resultado: una discusión con frecuencia inteligente e informada, a veces airada e indignada, acerca de la historia de México y de sus pueblos originarios, de la Conquista y la Colonia, de las transformaciones graduales de los que consideramos valores universales y de la importancia de leer, de enterarse de lo que pasa en nuestro país pero también en el resto del mundo.

Y como colofón, la Historia, con mayúscula, esa que nos sirve para entendernos y conocernos un poquito más y mejor.

Yo solo puedo agradecer a mis maestras y maestros que me inyectaron con el virus incurable de la curiosidad.

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