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EDITORIAL

Fouchés y fuchis mexicanos

Metáfora Ciudadana

LUIS ALBERTO VÁZQUEZ ÁLVAREZ
sábado 23 de marzo 2019, actualizada 9:36 am


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José Fouché, personaje real novelado por Stefan Zweig como "el genio tenebroso de la Revolución Francesa", nos ofrece una perfecta visión de muchos oportunistas de la política que, como vulgares camaleones, cambian de partido y/o ideología, buscando solo su goce personal, sin importar que se lleven a familiares, amigos y hasta al mismo pueblo o país a la destrucción. Este increíble político francés de finales del siglo XVIII y principios del XIX partió de una existencia casi miserable como monje oratorio antes de la convulsa época revolucionaria. Al principio subió al barco revolucionario como moderado girondino, a último momento se alía a los jacobinos, decretando la muerte de los reyes. Es designado cónsul de Lyon, donde, para quedar bien con sus superiores anticlericales, comete infinidad de tropelías, especialmente contra el catolicismo, por lo que le apodan "El Carnicero de Lyon".

Durante la llamada "Era del Terror" sirvió a Robespierre, mejor conocido como "El Incorruptible" por su marcada honestidad, quien duda del antiguo monje y a punto está de acabarlo, pero Fouché lo incrimina logrando destruirlo. Participó en el Directorio; originalmente se opuso a Napoleón, pero más tarde lo apoyó y durante el imperio logró ser nombrado jefe de la policía. Acabado el emperador, regresa la monarquía, Fouché está ahí con Luis XVIII y, olvidándose de su participación en la muerte de Luis XVI, es nombrado Duque de Otranto, el plebeyo es ahora noble y muere recibiendo la bendición papal, olvidando las masacres a sacerdotes y fieles de Lyon. Fouché fue siempre un poder en la sombra; no tuvo inconveniente para cambiar de opinión y defender causas opuestas y contradictorias.

A lo largo de la humana historia, muchos personajes han mutado de piel política durante su vida. Eso no es forzosamente malo en sí mismo, si se tiene una vocación clara del camino a seguir y se conducen con una ética cívica fundamental; el propio Benito Juárez en su juventud siguió a Santa Anna. Hoy, los ciudadanos estamos observando una tragicomedia en la que una infinidad casi incontable de políticos brincan espectacularmente de un partido a otro; denunciando incluso bestialidades de su grupo político original. En una genuina realidad, estos camaleones se niegan a aceptar que ya perdieron sus privilegios y buscan victimizarse.

Hasta los años 80 del siglo pasado, México vivía una política unificada, sólida, con un partido hegemónico y monolítico; una sola voluntad campeaba en el país, y nunca se equivocaba; siempre tenía la razón. Toda la estructura pública pendía de un solo hilo, sindicatos, burócratas, empresarios, dos partidos sumisos y uno, entonces honesto, subsistían sin ser realmente oposición; la misma Iglesia inclinaba la cerviz ante ese inmenso poder terrenal. Cierto que había habido algunos movimientos rebeldes, pero fueron sofocados a sangre y cárcel, ferrocarrileros, médicos, profesores y estudiantes; unos sucumbieron y otros se alinearon.

Para las elecciones de 1988 todo empezó a cambiar. Un grupo de inconformes del propio PRI lo abandonaron y conformaron uno diferente; originalmente se podía decir que tenían entre ilusiones de cambio y coraje por no haber sido elegidos para cargos importantes. Pero sin posibilidades reales al momento, esta no dejaba de ser una aventura riesgosa, con peligro de perderlo todo. Tras el gran fraude electoral de ese año, el nuevo monarca sexenal empezó a recrear el sistema político, logró comprar a líderes del antes honesto partido y sacudió fuerte el árbol sindical dejando caer algunos de los muchos frutos podridos, guardando otros para su uso personal.

Un nuevo mapa electoral surgió en México, las posibilidades de que se pudiera conseguir un cargo público se ampliaron en otros partidos y muchos excluidos de la fragua burocrática decidieron buscar en otros frentes. Así nació el siglo XXI, donde hubo alternancia de partido, pero nunca de mañas, al contrario, estas se acendraron, perfeccionaron y los saltimbanquis lograron amalgamar la derecha con la izquierda. Los colores partidistas se difuminaron mientras las riquezas nacionales entraban en sus peculios personales.

De dos años acá, un partido pareciera beneficiado, pero en realidad se ha prostituido, con la adherencia de políticos a los que no les importa traicionar ideal alguno con tal de lograr estar al lado de los vencedores. El problema de estos camaleones fuchistas no es que cambien de partido o colores, es que, siendo cartuchos quemados y muy expuestos por sus corruptelas, entren al nuevo castillo de la pureza, lleno ya de ofidios cínicos, intrigantes, dueños de escurridiza naturaleza, siempre abyectos y amorales en extremo. Lo más terrible es que algunos son "líderes sociales" y arrastran en su ponzoña servil a grupos y hasta comunidades que les siguen ciegamente.

Ciertamente ese movimiento convertido en partido cuenta en sus haberes con personas de probada honestidad cívica, eternos luchadores sociales y honrados promotores de la igualdad ciudadana; desafortunadamente para el México al que gobierna, son minoría y ya están siendo superados y abrumados por esa purulencia que contamina al Gobierno que dice renovarse con la integridad, porque muchos de esas "sierpes" que manda a elecciones son tan o más corruptos como aquellos que se quedaron en los tres partidos originales, partidos hoy moribundos.

Ejemplo vivo es el triste espectáculo de prianperredistas que buscan afanosa y conflictivamente un hueso en el inmediato proceso duranguense. Son tantos estos crótalos que esperan que un simple brinquito a Morena les traiga amuletos de buena suerte en sus fortunas, aunque deberán actuar con disimulo por aquello de la lucha contra la corrupción, a la que presumen sumarse, pero nunca interiorizar. Esto se observa nítidamente con las impugnaciones, quejas y hasta insultos vertidos entre ellos mismos; acciones todas al interior del movimiento, donde sobran mordiscos y escupitajos venenosos. Todos esos basiliscos no eran morenos hace un año.

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