23 de marzo de 2019 notifications search
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EDITORIAL

La hazaña o la saña

SOBREAVISO

RENÉ DELGADO
sábado 16 de marzo 2019, actualizada 9:10 am


No es algo extraordinario. Cuando a un líder político y social se le presenta –sea por su tenacidad, la circunstancia, o bien, la combinación de ambos ingredientes– la oportunidad de provocar o dar un giro en la historia y recolocar el horizonte nacional, lo acecha la tentación de cobrar los agravios sufridos en la lucha como también la tirria de quienes, desde el repudio, aceptan su victoria electoral, pero resisten la consecuencia política.

Está en la naturaleza humana de los poderosos titubear entre la realización de los grandes propósitos y la ejecución del ajuste de cuentas pendiente. Está en la naturaleza humana de los desempoderados titubear entre la recuperación civilizada de aquel y el sabotaje de la acción de quien los desplazó. Está en ambos la posibilidad de hacer de la ocasión, el momento para emprender una hazaña o desatar la saña. En ese punto, de cara a la disyuntiva, es donde unos y otros dejan ver su verdadera talla política, el carácter de su temple y la catadura de su declarada vocación democrática.

En la decisión es donde revelan si, más allá de la intención, se sucumbe ante el ejercicio del rencor o si, pese a la tentación, se resuelve arrostrar el desafío de transformar la realidad y contar una historia distinta a la conocida.

***

En estos días y de modo diferente a ocasiones anteriores -con mucha mayor definición de las posturas en juego y un involucramiento mayor de las fuerzas en litigio-, el país está de nuevo ante la oportunidad de hacer o no de la alternancia una alternativa. Fallar esta vez no sería errar de nuevo, sino probablemente perfilar al país hacia un desfiladero.

Descubierto el estado en que postraron al país las administraciones panista y priista, manifiesto el cuadro de desesperación social y violencia criminal y recorrido el abanico de opciones partidistas a lo largo de este siglo, despilfarrar o boicotear la oportunidad colocaría a la República ante una calamidad de una dimensión desconocida. Sin partidos, sin lenguaje ni puentes de entendimiento, polarizadas las posturas, desatada la violencia criminal y perfilado el amago de un entorno económico adverso, el pronóstico del rescate nacional sería reservado.

Caer en la tentación de cobrar, desde el poder, viejos agravios o de impulsar por lo bajo, desde la resistencia desorganizada, campañas de desestabilización para frustrar la posibilidad del nuevo gobierno sería jugar a la ruleta rusa.

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Los pocos más de cien días transcurridos del sexenio no acabaron de perfilar el curso del nuevo gobierno como tampoco si los partidos opositores podrán o no remontar la crisis donde hoy se encuentran y si los árbitros y contrapesos quieren jugar su rol.

Tal desarticulación y desvertebración de las entidades que, manifiesta o veladamente, resisten a la nueva administración, así como el desbocamiento de esta última, han provocado un panorama político y económico incierto que, de pronto, en vez de perfilar un nuevo horizonte, lo borra.

No se advierte un esfuerzo verdadero por reconciliar al país y, en esa condición, trazar acuerdos sin borrar diferencias y entablar alianzas, ahí, donde hay consenso. En el contraste y aún sin la certeza de ir a una lucha política encarnizada, unos y otros toman posiciones y parecen excavar trincheras que, por su naturaleza, hablan de un desencuentro. Y, sin embargo, unos y otros juran no buscar ni desear convertir la oportunidad en un problema. Ambos, sin embargo, guardan en la manga la carta que, de ser el caso, permita inculpar al contrario de la frustración de un cambio equilibrado y con mejora.

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Quizá suene absurdo recapitular sobre lo hecho y lo que se pretende hacer, siendo que el sexenio está aún en su inicio, pero no lo es.

La velocidad impresa por la administración ha derivado en precipitación; la crisis de los opositores, en un desastre; el respeto entre los Poderes de la Unión, en rendición frente al Ejecutivo; la política de punto final, en denuncia pública sin consecuencia jurídica; la disposición a reequilibrar el desarrollo y reducir la desigualdad, en sonrisa de dientes para afuera; la conferencia de prensa sobre seguridad, en tribuna para satanizar al conservador en turno...

A nadie conviene hacer de esta alternancia ejercicio de frustración política y económica perenne, entierro del desarrollo sin crecimiento, presunción de una democracia con calificativos y sin sustancia.

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Pasado mañana, al conmemorar la expropiación petrolera, hay una oportunidad de oro -si se quiere, negro- para mandar una señal política y económica importante hacia dentro y hacia afuera del país, así como para replantear una industria nacional fiscalmente sobreexplotada y económicamente desmantelada por las administraciones anteriores.

Hace unos días, Cuauhtémoc Cárdenas escribió (La Jornada, 5 de marzo) sobre la importancia de recuperar la producción petrolera aun con inversión privada de preferencia nacional, así como reconfigurar las refinerías existentes antes de construir otras. Esto sin endeudar aún más a la empresa ni aplicar más recortes, pero sí considerando una reforma hacendaria y fiscal de fondo.

Hay, pues, la oportunidad de recapitular, rectificar y retomar con mejor ritmo y ambiente la pretensión de transformar al país.

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Se está a tiempo de hacer de la alternancia una alternativa, de encontrar en la pluralidad los puntos de unidad para dar una oportunidad al país y reponer el horizonte nacional. De realizar una hazaña, no de desatar la saña.

APUNTES

Si la gestión de Morena en el poder no es más de lo mismo, ¿por qué suma en la Cámara de Diputados a los ex perredistas que simbolizan, por antonomasia, la dilución de la frontera entre política y delito?

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