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Torreón

Alicia en el país de las dificultades

Una reportera de El Siglo de Torreón narra la historia de su amiga, como un homenaje a la amistad, el esfuerzo y la inspiración que llevó a una mujer, madre e hija, a superar no uno, sino mil obstáculos en su carrera por graduarse como ingeniera

EDITH GONZÁLEZ / EL SIGLO DE TORREÓN
SAN PEDRO, COAH, lunes 11 de marzo 2019, actualizada 8:40 am

Conocí a Alicia en la secundaria rural en la que estudiábamos. Durante la primera semana de clases de la generación 1997-2000. Una de las tantas estudiantes que empezamos a vivir en pleno la adolescencia. Chaparrita, menudita, con una coleta que la caracterizaría durante gran parte de su juventud y que le llegaba hasta la cintura. Así era ella.

Alicia estaba en la sección 'E'. Caminamos por los mismos pasillos, cruzamos las mismas puertas durante tres años y nunca cruzamos palabras.

Cuando ingresé a la preparatoria Agua Nueva, la volví a encontrar. Yo estaba muy nerviosa, ¡otra vez tenía que empezar de cero y hacer nuevas amigas! La hora del almuerzo fue fatal en mi primer día. Ni modo, había que enfrentarla.

Caminé sola rumbo a la cafetería y para mi sorpresa ahí estaba Alicia, compartiendo esa misma soledad, la que nos hizo sentarnos juntas y reconocernos en la nueva coincidencia, luego de tres años de secundaria.

Ahí nació nuestra amistad. Teníamos muchas cosas parecidas, ambas éramos de comunidades rurales y hacíamos un doble esfuerzo para continuar los estudios y más en la preparatoria en la que estábamos, que era considerada como de "élite" en aquel entonces.

Alicia también pasaba dificultades económicas, al igual que yo. Su padre Juan, se tuvo que ir a Estados Unidos para darle estudio. Todos los días se levantaba a las 5:00 de la mañana para estar a las 7:00 en San Pedro y regresar pasadas las 5:00 de la tarde. Me confesó que en ocasiones salía de casa únicamente con el pasaje y la bendición de su madre.

Durante nuestras pláticas, Alicia me dijo que tenía un novio. Se llamaba Víctor. Ella decía que estaba enamorada de él, yo le creía, pero pensaba que sería un sentimiento efímero. Me equivoqué.

Un día lo vi ahí afuera de la prepa. Se veía feliz a su lado. Sus ojos brillaban y no dejaba de sonreír. En ese momento lo supe, era el amor de su vida. Él le correspondía, aunque su semblante era un poco más sereno.

Nuestra amistad fue intermitente debido a los horarios de las clases, pues cada materia tenía sus propios alumnos y la hora del almuerzo era en los tiempos libres.

De nuestro tiempo en Agua Nueva sólo recuerdo que a sabiendas de sus habilidades fubolísticas, la metí a nuestro equipo femenil. Quedamos campeonas en gran parte gracias a ella. Fue la goleadora de ese torneo. Yo a duras penas jugué 15 minutos y sólo entré para que me dieran un balonazo en el estómago.

Nuestros caminos se separaron al finalizar la preparatoria. No supe qué carrera tomaría Alicia. En realidad no le pregunté ni siquiera si tenía la intención de continuar estudiando.

Entré a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales a la carrera de Comunicación. En el primer día de escuela estaba en la cafetería pidiendo el almuerzo cuando alguien llegó y gritó de emoción a mi lado.

¡Era Alicia! Ahí estaba otra vez, el destino nos volvía a unir. Habíamos superado todos los obstáculos. Dos jóvenes de comunidades rurales estábamos en la universidad. ¡Qué felicidad! Alicia estudiaba Administración Pública en el salón contiguo al mío. Verla me hacía feliz, compartíamos el sueño de la superación, aunque el sentimiento no duraría mucho.

No había terminado el primer semestre cuando Alicia llegó con una devastadora noticia, para mí.

-Víctor me robó y me voy a salir de la escuela para casarme- Sabía que hablaba en serio. Intenté persuadirla, pero esa terquedad que la llevó a iniciar la carrera universitaria, era la misma que la iba a apartar de ese camino.

El último día en Ciencias Políticas nos tomamos algunas fotos del recuerdo y después de eso nos fundimos en un fuerte abrazo y se fue.

Pasaron cinco años hasta que volví a saber de ella. Me la encontré en las calles de San Pedro cuando fui a registrar a mi hija. Ahí estaba de la mano de un pequeño hermoso y su esposo Víctor y tenía una pancita de varios meses de embarazo.

En unos cuantos minutos nos pusimos al corriente de nuestras vidas y nuevamente nos separamos. El siguiente encuentro se dio gracias al auge de las redes sociales. Un pequeño clic y estábamos conectadas.

Comencé a "stalkear" su vida en Facebook para ponerme al corriente mientras nos volvíamos a encontrar. Fue ahí cuando encontré una publicación que hablaba de un amor eterno y una despedida terrenal. Se la dedicaba a Víctor, quien había fallecido.

El amor de su vida, la persona por la que abandonó sus estudios se había ido. De inmediato le envié mensaje para saber cómo estaba, sabía lo que Víctor representaba en su vida y así de repente se había ido.

-Fue un derrame cerebral- Me dijo con la cara desencajada cuando la fui a visitar.

Víctor trabajaba en el segundo turno de una maquiladora. Alicia estaba en primer turno. Él llegaba y la despertaba para que se levantara y se fuera a trabajar.

Ese día, ella se despidió de él como acostumbraba. Por la noche recibió la llamada en la que le indicaban que Víctor se encontraba en el IMSS debido que se había desvanecido en el trabajo. Al llegar lo supo, él se había ido, su cuerpo ya no reaccionaba. Duró una semana con vida y a los 27 años de edad, falleció.

-Mis hijos me tienen de pie - dijo. Víctor Manuel y Adolfo en ese entones tenían 5 y 10 años de edad.

-¿Y qué piensas hacer? - pregunté.

-A lo mejor me meto a estudiar - respondió.

- Hazlo .

Para Alicia, viuda, con dos hijos, empleada de una maquiladora, de una comunidad rural, la palabra estudio parecía un gran desafío, más grande aún que cuando teníamos 17 años. Así fue.

En 2014, ingresó al Tecnológico de San Pedro para estudiar la Ingeniería Industrial. Se levantaba a las 4:20 de la mañana. A las 5:00 ya iba rumbo a la Máster, maquiladora ubicada en Francisco I. Madero.

Salía a las 4:00 de la tarde para irse directo al Tecnológico. A su casa llegaba a las 10:40 de la noche. A veces no comía, el cansancio era más grande que el hambre y se acostaba a dormir.

Otras veces se ponía a hacer tarea y dormía hasta terminarla.

El sacrificio no sólo era de ella. Sus hijos también tuvieron que prescindir de su tiempo y presencia. No había otra opción. Su madre, Ramona, fue quien asumió la responsabilidad del cuidado de ambos, ¡benditas madres! Los levantaba para ir a la escuela, los alimentaba y estaba al pendiente de ellos. En las enfermedades era ella quien se hacía cargo.

Fueron contados los días en los que Alicia no lloró al despertar. El sonido de la alarma era tortuoso. Su cuerpo le dolía y estaba agotada. Imploraba al creador fuerza para continuar y alcanzar su meta. Secaba sus lágrimas y se ponía de pie para empezar su larga jornada.

Alicia decidió buscar otro trabajo que le permitiera descansar un poco y continuar sus estudios, pues en la maquila comenzó una jornada laboral de 6:00 de la mañana a 6:00 de la tarde y no pudo con eso. De dejar la fábrica a abandonar la escuela, sin pensarlo mucho, prefirió continuar su carrera.

Recorrió la mayoría de las maquiladoras de San Pedro y Madero y cuando en una le asignaba un trabajo menos pesado, la paga era bastante mala, 900 pesos a la semana.

Se fue a Austin, Texas, a trabajar para juntar dinero durante dos veranos. En uno laboró en una empacadora de pastillas de cloro para albercas y en el otro se fue a limpiar casas, pero al final terminó vendiendo tamales. A 12 dólares la docena. Juntó suficiente para pagar su colegiatura y sobrevivir algunos meses, y después a buscar otra maquila.

Entre lágrimas, trabajo y mucho sacrificio transcurrieron los cinco años. El día que veía muy lejano llegó. Fue el pasado viernes 1 de marzo, siete días antes de la conmemoración del Día de la Mujer.

Un día antes de la ceremonia recordó todo lo que tuvo que pasar para llegar hasta ahí. El esfuerzo "extra" que hizo para terminar sus estudios, por no haberlo hecho en otro momento.

Pero no se arrepiente. Nunca lo hizo. Sintió un nudo en la garganta cuando la generación de Ciencias Políticas con la que entró, se graduó, pero nada más. Al final de cuentas, su vida era feliz al lado de su marido y sus hijos. Las cosas tenían que pasar así. Ese día volvió a llorar, pero esta vez eran lágrimas de felicidad.

En la ceremonia de graduación Alicia lucía radiante, sus hijos la veían orgullosos, su madre se había convertido en su mejor ejemplo. Su mamá, Ramona, compartía esos sentimientos.

Cuando supe de la graduación le hablé para reencontrarnos. Sabía lo que representaba para ella haber culminado sus estudios, pero además le dije que quería contar su historia. Al principio se negó, no pensaba que podía ser una inspiración para otras mujeres.

-¡Por supuesto que sí, Alicia!

Las viudas, madres solteras, trabajadoras de maquilas, las mujeres de comunidades rurales, todas esas mujeres que no tienen un obstáculo, sino mil para alcanzar sus metas, merecen saber que hubo alguien como ellas, que un día decidió buscar un futuro mejor y emprendió una lucha, misma que con mucho esfuerzo y sacrificio, venció. Hay muchas Alicias en nuestra Comarca Lagunera a las que puedes inspirar.

-Está bien.

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