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EDITORIAL

Trump o el colofón de una hegemonía

Urbe y Orbe

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ
lunes 04 de marzo 2019, actualizada 7:48 am


En geopolítica, dominio no es lo mismo que hegemonía. Mientras que en el primero se abusa de la gran capacidad de poder coercitivo para imponer condiciones, en la segunda se privilegia el ejercicio de un liderazgo político y económico para motivar e, incluso, inspirar a otros a compartir visiones y decisiones. Como muchas potencias anteriores, Estados Unidos de América saltó a la cúspide del mundo -a mediados del siglo XX- como una hegemonía construida a partir, primero, de su prestigio político y su fortaleza económica y, después, de su poderío militar. Pero hoy las cosas han cambiado. Con ningún otro presidente había sido tan evidente como lo es hoy con Donald Trump que Estados Unidos se encuentra en una fase de dominación sin hegemonía. Es decir, con un prestigio cada vez más agotado y con fuertes rivales en todos los campos -industrial, financiero, tecnológico, militar y espacial-, y de la mano de un magnate propenso a la megalomanía y mitomanía, la potencia americana ya no se interesa en motivar o inspirar, sino sólo en imponer y dominar. No es que antes Estados Unidos no velara por sus intereses, siempre lo ha hecho. El cambio está en las formas, sí, pero también en el fondo de la ecuación. Si anteriormente promovía un multilateralismo afín a su ideología, secundado siempre por otros países aliados, hoy la vía unilateral se ha impuesto como marca en la Casa Blanca.

Este fenómeno no es algo nuevo y tiene su origen en el desgaste que todos los imperios sufren tarde o temprano en el ejercicio de su liderazgo. El mundo bipolar de la Guerra Fría brindó a Estados Unidos la posibilidad de aglutinar a buena parte del mundo en torno a sus propios ideales prioritarios de libre comercio, empresa privada, consumo y liberalidad, en contraposición con el bloque socialista: igualitario, de economía dirigida, y de libertad y consumo restringidos. El colapso de la Unión Soviética, su acérrimo rival, le permitió intentar un nuevo orden unipolar basado en su visión y principios, y coordinado con las instituciones multilaterales impulsadas tras la Segunda Guerra Mundial. Pero muy pronto ese nuevo orden enfrentó grandes desafíos, como el terrorismo internacional, el cual creció al amparo de la acción u omisión del gobierno estadounidense y terminó golpeando como nunca, al inicio del presente siglo, a la potencia americana. Las acciones militares ilegítimas en Irak, Afganistán, Libia y Siria de la era Bush Jr. y Obama, que terminaron todas en desastre, causaron una herida mortal a la credibilidad de la hegemonía norteamericana. Sus propios aliados cuestionaron abiertamente las razones de las intervenciones, cosa que antes no ocurría.

En el plano económico, la crisis de 2009 exhibió como nunca las fallas del modelo de desregulación financiera impulsado por el neoliberalismo económico, hasta entonces bandera principal del gobierno de Estados Unidos y su aliado el Reino Unido. La promesa de la riqueza en cascada que tarde o temprano fluiría a la base de la pirámide poblacional no se cumplió. Al contrario, los ricos se hicieron cada vez más ricos y la brecha con los pobres se volvió insalvable. Mientras tanto, en Eurasia surgía silenciosamente una nueva potencia, China, y otra, Rusia, se recuperaba y rearmaba bajo la lógica de un nuevo nacionalismo. Donald Trump, más consecuencia que causa de la situación mundial actual, representa la visión de aquellos que en Washington creen que el orden global de posguerra sirve hoy más a países como China y Rusia que a sus propios patrocinadores iniciales. Y para sumar votos, se han valido de una retórica del miedo, reactivando viejos fantasmas, como el racismo, la xenofobia y el ultranacionalismo, azotes que se están convirtiendo en una especie de epidemia, en un mundo que se transforma y mueve más rápido que las capacidades de acción y reacción de los gobiernos.

La impronta de Estados Unidos con Trump ya no es más el multilateralismo, y ante sus límites materiales e ideológicos para mantener un orden unipolar, la nueva vía a seguir es el unilateralismo o, a lo sumo, el bilateralismo ajustado a la consigna aislacionista del "America First". En esta lógica no resulta extraño que la China "comunista" de Xi Jinping, en su ascenso imparable a la cúspide económica, defienda los organismos y acuerdos multilaterales, en un afán por mostrarse como quien puede llenar el vacío que está dejando el repliegue estadounidense. Pero lo que Pekín busca en realidad, junto con Moscú, es el reconocimiento de un mundo multipolar, en donde cada potencia pueda gozar de su área de influencia regional -o espacio vital- sin injerencia de otras, para luego dar el gran salto.

Hasta la llegada de Xi Jinping a la presidencia de la República Popular, China se concentró en expandir su Producto Interno Bruto (PIB) convirtiéndose en el taller del mundo dentro del marco de una economía dirigida por el Estado, sin mayor pretensión política internacional. Pero ahora las cosas han cambiado y además de mantener el objetivo de superar a Estados Unidos como la mayor economía del mundo con su plan Hecho en China 2025, Pekín ha desplegado una estrategia de liderazgo comercial global conocida como la Nueva Ruta de la Seda. La fórmula del capitalismo estatal chino se ha erigido en una alternativa al capitalismo privado occidental, y en la que, con una postura multipolar, pugna por no exigir a los demás países ajustarse a una ideología o filosofía política determinada.

Este marzo se cumplen 10 años de la redacción del posfacio a la segunda edición de El largo siglo XX, de Giovanni Arrighi, en el que el autor plantea tres rutas que pudieran seguir a la debacle de la hegemonía estadounidense. La primera de ellas sería la aceptación de la potencia americana de su pérdida de liderazgo internacional y el reconocimiento de nuevos poderes dentro de Occidente, como la Unión Europea, con los cuales estaría dispuesta a negociar y colaborar para construir una especie de imperio mundial de principios occidentales. La segunda sería el establecimiento de la primera economía de mercado global de capitalismo no privado y centrada en Asia Oriental, en la que el paradigma del desarrollo pasara de la lógica de mucha riqueza para relativamente pocos a la de relativamente poca riqueza para muchos. Y la tercera sería la vía de una resistencia estadounidense traducida en dominación, ya lejos de la hegemonía, lo que provocaría un largo período de caos sistémico en el que el riesgo de una conflagración a gran escala, como las vividas en las pasadas transiciones hegemónicas, se incremente cada día.

La guerra comercial y tecnológica iniciada por Trump contra China; el inicio de una nueva carrera armamentista entre Washington, Pekín y Moscú; los golpes a las instituciones y acuerdos multilaterales, como los tratados comerciales, climáticos y nucleares; la promoción abierta del nacionalismo desde el principal centro de poder del mundo, y la amenaza abierta como principal recurso "diplomático", como en el caso de Venezuela, Norcorea o Irán, apuntan a que el gigante norteamericano ha optado, por ahora, seguir la tercera ruta, es decir, la de prolongar el caos en un sistema hegemónico agonizante e incrementar el peligro de un conflicto de magnitudes nunca antes vistas. Frente a este panorama oscuro, las apuestas de contrapeso tendrían que venir no sólo de China, sino también de la Unión Europea, con gran fortaleza económica, aunque no política; Rusia, militarmente poderosa, y los nuevos países emergentes, entre ellos el nuestro, México. Veamos si están dispuestos a hacerlas, cuánto tardan en plantearlas y cómo logran afianzarlas. De ello depende el futuro del mundo.

Twitter: @Artgonzaga

Correo-e: [email protected]

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