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Arturo Macías Pedroza

Arturo Macías Pedroza
NOSOTROS, domingo 10 de febrero 2019, actualizada 12:38 pm


El dinero que distribuye el gobierno pertenece a todos. Ese es el fundamento básico que debe regir la administración de los bienes públicos. Las variadas implicaciones polifacéticas que conlleva el fenómeno fiscal hace que la tarea se complique y que los resultados no se muestren uniformes, sino más bien impregnados con fuerte relativización.

Se pagan los impuestos para cumplir una obligación en conciencia, para contribuir racionalmente a una necesidad natural. Una legislación fiscal está exigida por el mismo hecho de la existencia de las sociedades y estados humanos para que el hombre realice sus fines de "animal social" y para encontrar en ellos el suplemento y la subsidiariedad conveniente a su impotencia individual en muchos de los aspectos en que se siente estrechamente limitado. Sólo con otras personas puede perfeccionarse. La familia, primera sociedad natural humana, resulta insuficiente para llenar las necesidades materiales del hombre-individuo. Y le es al hombre más necesaria la sociedad en cuanto que, por naturaleza, no tiende a vivir de cualquier manera, sino a vivir bien, de forma digna, incluyendo la satisfacción de sus exigencias intelectuales y morales, lo que sólo le es posible en una sociedad política.

Pero la necesidad del Estado y de la Sociedad no pueden realizar su misión específica sin los oportunos recursos y gastos, con frecuencia grandes. Es pues obligatoria la contribución individual a los gastos comunes y sociales por medio del impuesto y, por su parte, la Sociedad tiene derecho de reclamar las cantidades necesarias para satisfacer las exigencias del bien común. El estado por tanto no tiene derecho directo sobre los bienes de las personas - físicas o morales - sino sólo lo necesario para el bien común. El aumento de las interrelaciones entre los seres humanos y los graves defectos originados por el sistema socio-económico liberal-capitalista y las terribles injustas desigualdades que provoca, hacen nacer las variadas doctrinas socialistas. Toda esta evolución ha hecho crecer la conciencia de la necesidad que el hombre individual tiene de la sociedad y de los beneficios que de ella solicita y recibe, así como de los cuantiosos recursos necesarios para proporcionárselos en nombre del bien común y para paliar las desigualdades producidas por el sistema socio-económico de la economía de mercado.

De los fundamentos arriba expuestos, se deducen las obligaciones y los derechos de los individuos y del Estado en esta materia. También, pueden intuirse los errores y excesos en los que se ha incurrido. Los abusos faltan a veces a la más elemental lógica o a lo básico de una administración: dar lo que no se tiene, endeudarse, quitar a los que menos tienen y exentar a los que tienen, excluir a algunos de su obligación de contribuir a la sociedad, cada quien según sus posibilidades. Unas manos pidiendo son unas manos que no trabajan, unos dedos que no señalan, unos puños que no golpean, unos brazos que no abrazan unos dedos que no acarician. Un mal uso de los bienes comunes incluye el asistencialismo, el paternalismo y la manipulación, el clientelismo, el gasto en lo que no es prioritario o incluso es negativo: publicidad exagerada, manipuladora y/o tendenciosa, gastos superfluos, beneficiar a particulares o grupos, promoción de abortos, privilegios, malversación de recursos públicos, etc. Por parte de los contribuyentes, existe el fraude fiscal que consiste en la evasión de cualquier cantidad que debería satisfacerse en concepto de impuestos justos; una manera de animar al pago de impuestos es verlos concretizados en servicios de calidad. Lo contrario sucede cuando son robados o mal gastados.

La redistribución de las riquezas es una exigencia y la determinación de las necesidades sería competencia de un verdadero plan de desarrollo económico, político y social, hecho con los asesoramientos y la participación no sólo técnica sino también popular y verdaderamente democrática. La tributación será justa o injusta según adopte o se separe de las exigencias del bien común. Las exigencias patrióticas no se limitan a momentos transitorios de encrucijadas históricas, sino en los ordinarios del deber cotidiano y monótono de igual o mayor trascendencia. Los impuestos son uno de los más importantes deberes ciudadanos, que incluye no sólo contribuir sino vigilar, participar y exigir su recta distribución con información clara de las cantidades recaudadas y cómo se han empleado. Es preferible un sistema fiscal imperfecto llevado a la práctico por hombres honestos a un sistema jurídico perfecto, pero realizado por hombres sin escrúpulos.

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