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Columnas Social

Ensayo sobre la cultura

No aprendemos a ser adultos

José Luis Herrera Arce
NOSOTROS, lunes 21 de enero 2019, actualizada 9:22 am


Cuando al final de la infancia se nos antoja la edad adulta como el estado ideal, imaginándote que nadie te molesta y puedes ejercer la libertad a tus anchas, imitamos las manifestaciones exteriores sintiendo que serlo consiste en atreverse a realizar las cosas que un niño no realiza. Comenzamos a fumar, a tomar y nos iniciamos en las actividades sexuales. Nos estamos demostrando a nosotros mismos que no hay demasiado esfuerzo para realizar los actos anteriores. Hasta podemos presumir que nos tomamos una botella entera de vino o nos fumamos una cajetilla de cigarrillos, que en mi tiempo eran de 20 cigarros; o también, nos podemos sentir completamente realizados porque podemos hacer el amor cuantas veces se nos antoje y con diferentes amantes. Ya sintiéndonos seguros, nos mostramos ante los demás como los muy hombres o las muy mujeres que han arribado al mundo de los adultos y nos sentimos realizados. Pocos son los que se darán cuenta que el estado imaginado se encuentra muy lejos de uno y que en realidad nos convertimos en un problema familiar y social que nos puede llevar a estados improductivos que nos hará personas dependientes de por vida.

El estado adulto es el de la responsabilidad de tus actos. Cada una de las manifestaciones externas que hemos mencionado, suponen una responsabilidad. Si no controlas a tus vicios, ellos te controlan a ti y te pueden llevar a que pierdas la relación con la realidad.

Tomar es un acto cultural y lo primero que debes de hacer es saber tu medida. Yo considero que no es ni bueno ni malo tomarte una copa; lo malo es llegar al alcoholismo de tal manera que pierdas la conciencia de tus actos y que se extienda durante días ese estado de irresponsabilidad. Cuando el vicio te domina, la única manera de alejarte de sus efectos es retirarte de la bebida. No hay puntos medios. El que sabe tomar se sabe medir; lo hace para paladear lo que toma, no para emborracharte o llegar a los estados de inconciencia. El alcohólico hace sufrir a todos los que lo rodean, aunque diga que cumple con sus obligaciones porque no tiene relaciones normales con quienes están junto a él.

Quien domina su vicio sabe hasta donde puede llegar. Toma por los sabores, por liberarse un poco, por soltar la lengua sin que se le vaya demasiado, nunca se pasa y siempre está presto para hacer frente a sus responsabilidades. No hace sufrir a los suyos.

En el caso del sexo, es lo mismo. No hay cosa que más placer te provoque que el acto sexual; sin embargo, tiene consecuencias con las cuales te tienes que hacer responsable. Para el hombre inmaduro, es muy fácil desligarse de sus responsabilidades al dejarle todo el peso del producto a la mujer. Puede seguir su vida de hijito de papi y mami o de soltero libre, cuando en la vida de su propio hijo no quiere contar para nada. Son los niños eternos en busca del placer sin afrontar las consecuencias.

En las mujeres, es más difícil desprenderse del producto. El aborto es el camino fácil; las huellas psicológicas de los abortos es lo más difícil de afrontar. Si se vuelve hábito, se pierde el valor como mujer y cada vez será más remoto formar pareja y de tener una vida saludable. En caso de llegar a tener el producto, para la madre y para el hijo tendrá más dificultades para enfrentar la vida normal. Habrá problemas en tender los lazos afectivos. Imagínense las confusiones de hijos de la misma madre con diferentes padres. El valor como seres humanos es lo que se va perdiendo.

No aprendemos a ser adultos y no nos enseñan a ser adultos. En una comunidad donde nos han hecho sentir con derecho a todo sin tener responsabilidades, exigimos sin querer pagar las cuentas que nuestras exigencias pueden acarrear. Como han dejado de formarnos, los padres y los maestros, se pierde la brújula en el camino y nos vamos convirtiendo en el gran problema social que ahora padecemos.

La inseguridad es producto de estos niños inmaduros que han encontrado un negocio que los ha llevado hasta la vil animalidad. Matan porque el hombre ha perdido todo su valor y no creo que sean felices ante la imposibilidad de mantener lazos filiales con nadie. No son responsables socialmente: por el contrario, destruyen lo que la civilización ha construido, para salirse con la suya. Si no pierden la vida en el camino, si no llegan a morar en la cárcel, por lo menos se sentirán cotidianamente acosados como cualquier animal salvaje buscado por los cazadores.

La irresponsabilidad y la inmadurez no son estados de la persona adulta. Es la lacra que tendríamos que combatir.

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