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EDITORIAL

Todo es frente

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LUIS F SALAZAR WOOLFOLK
miércoles 05 de diciembre 2018, actualizada 8:28 am


El inicio del sexenio se asemeja a un frente de batalla de trescientos sesenta grados. En rededor del recién estrenado Presidente, giran el tema del aeropuerto cuya cancelación está en una ruta que intenta ajustarse a los requerimientos de los mercados financieros; la reducción de los salarios de los funcionarios públicos, que discurre como un litigio incierto en el que hasta la determinación del Juez del caso está en duda y el renacimiento del conflicto que está en el origen mismo de la República, en el que se actualiza la vieja tensión entre Centralismo y Federación.

En el horizonte el riesgo de parálisis, el abismo del colapso o la emergencia gloriosa de la renovación prometida. Hagan sus apuestas. El hartazgo ciudadano que sirvió de catapulta a López Obrador continúa vigente y en consecuencia el apoyo que se tradujo en el cincuenta y tres por ciento de los votos permanece intacto, bajo la premisa única, según la cual no podríamos seguir así y no podemos estar peor.

La apertura de tantos frentes indica que el propósito es mantener dividida a la sociedad, generando la imposibilidad de concretar un reclamo definido y consistente de cara al nuevo gobierno. Sin embargo, nadie niega la necesidad de poner alto a la corrupción y al derroche; la conveniencia de atemperar la explotación de los bancos; la exigencia de poner un alto a los gobernadores que abusaron de la efímera vigencia del pacto federal en el rubro de las finanzas públicas, durante los años del panismo en el poder, y que sólo sirvió para financiar el regreso del PRI y llevar la corrupción a niveles nunca vistos.

El mayor riesgo es que los efectos de esta vorágine que apenas comienza, reducen el debate de las ideas a meros slogans o consignas publicitarias en pro y en contra, en la que el líder inspirado, ahora desde la cátedra presidencial, alienta los instintos básicos de quién no pueda resistirse a su discurso o se deje estimular en forma deliberada. Los matices no existen y el justo medio aristotélico no tiene cabida, lo que cierra los espacios a la reflexión, al pensamiento, al análisis, en resumen: a la inteligencia.

A nivel del Estado de Coahuila, es inevitable avizorar con esperanza y simpatía lo que bien puede ser el fin del odioso Moreirato. La ausencia de Humberto y de Rubén en el primer informe de gobierno de Riquelme, a quien dejaron como encargado del despacho en el Palacio Rosa, es percibida como un destello de la aurora en el oriente, después de una mala noche que sigue pareciendo interminable.

El hecho de que la militarización creciente ofrezca la posibilidad de que la delincuencia deje de encarnar los cuerpos policiacos de la entidad, es vista como una alternativa positiva y una franca oportunidad para el mejoramiento de la seguridad pública. La probabilidad de que las ciudades de Coahuila y sus gobiernos municipales puedan sacudirse el yugo local padecido en los últimos trece años y ello se traduzca en un mejor aprovechamiento de los pocos recursos disponibles, constituye una moneda de cambio frente a la que resulta tentador, sacrificar el pacto federal.

El panorama es incierto, pero hay un amanecer en el horizonte que tenemos que forjar nosotros mismos, a base de participación ciudadana y lucha política. No importa si entre tanto, tenemos que soportar el discurso maniqueo que redunda en el contraste entre el odiado neoliberalismo y lo que sea que vayamos a tener. En todo caso, reconozcamos que lo que tenemos es resultado de nuestra historia única e irrepetible, y que el propio López Obrador jamás habría llegado a donde está, sin la perestroika, la globalización democrática y la alternancia mexicana del año dos mil.

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