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ARTURO MACÍAS PEDROZA Domingo 19 de ago 2018, actualizada 10:16am ... Anterior El Siglo 6 de 6 Siguiente ... El Siglo

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FORMAR HOMBRES PARA LA NUEVA ÉPOCA

Comienza el nuevo curso escolar. Miles de niños, adolescentes y jóvenes continúan su educación formal, aunque la emergencia educativa que estamos viviendo aún no ha sido resuelta satisfactoriamente y aunque la educación es fundamental para el progreso de la humanidad, pues con ella adquirimos los conocimientos de miles de años de desarrollo como humanidad, y nos permite continuar este progreso.

Pero se corre el riesgo de no lograrlo: aquellos valores que dan fundamento a la humanidad están en peligro de perderse; el sistema capitalista ha fracasado en dar satisfacción a las mayorías, pero sigue sin permitir hacer los cambios necesarios para enfrentar la nueva época. Así termina descuidado y olvidado el objetivo esencial de la educación que es la formación de la persona.

En estos días, aumenta la angustia de los padres de familia preocupados, y no pocas veces angustiados por el futuro de los propios hijos; a ellos, se unen también una gran cantidad de docentes que viven la triste experiencia de la decadencia de la escuela y la sociedad toda.

Ante esta emergencia educativa, corremos el riesgo de seguirle el juego al sistema neoliberal que pide competencia y lucha encarnizada para poseer y consumir en lugar de crecer en el "ser". Desarrollamos una serie de expectativas sociales sobre los individuos intentando capacitarlos para luchar en esta jungla despiadada que, contrariamente a lo que pregona, pone infinidad de trabas y deja en desventaja a muchos que no pueden competir con los privilegiados de este sistema. ¿Qué resulta de esto? Que se educa en desventaja para un sistema injusto que no promueve a la persona y que no les transmitimos lo mejor de nuestra cultura. Las fuertes expectativas familiares y sociales influyen en la persona desde su infancia. La familia considera como objetivo prioritario alcanzar buenos resultados escolares y títulos de estudio a los que se atribuye un valor excesivo. Hay un impacto negativo sobre la familia cuando se frecuentan cursos extras para obtener metas formativas particulares, después de los horarios escolares, lo que afecta a la vida familiar y falta el tiempo libre para dedicar al juego, al descanso y al sueño. La presión a veces es tan fuerte, que conlleva procesos de exclusión social, que acaban en suicidio.

Es cierto que educar es una tarea ardua y delicada que afronta los retos presentes para formar un buen ciudadano y un mejor hombre, y no sólo un títere sujeto a los caprichos de los poderes políticos, de los monopolios económicos nacionales e internacionales y de los medios de comunicación. No es una lucha de poderes; el mismo fracaso del sistema y el cambio de época, exige un nuevo proyecto educativo que descubra la esencia de la persona humana, haciendo ver las desventajas de antiguos paradigmas, incluso para los que creían y/o se beneficiaban de ellos. Esta actitud positiva surge de una evidencia antropológica: en todo ser humano existe una bondad que busca florecer y desarrollarse siempre. Nadie está fatalmente condenado a vivir en el mal. Todo ser humano sin excepción, anhela encontrar el camino para llegar a su plenitud humana y trascendente siguiendo la verdad, el bien y la justicia.

La esencia de la educación es comunicar una experiencia previa para construir una humanidad nueva; es recorrer el camino de la propia realización e impulsar a una persona para que logre el desarrollo de su conciencia y la madurez de su ser; es desarrollar integral y armónicamente las capacidades de cada ser humano a través del desarrollo de virtudes que perfeccionan a la propia persona, al mundo y a los demás.

Esta educación es contraria a un liberalismo individualista, que limita a la persona a unos cuantos factores y la encierra en sí misma impidiéndole lo esencial de su crecimiento: la interpersonalidad; es contraria a la angustiosa presión para adquirir habilidades y competencias, para ser feroces luchadores en un mundo violento; es lo opuesto al amor, que es la principal fuerza impulsora del crecimiento pleno de cada persona y de toda la humanidad.

Hoy más que nunca es una exigencia invertir todos los recursos a nuestro alcance en la formación de las personas. La educación escolar es una expresión de nuestro amor por nuestros hijos que pide buscar para ellos el mayor bien, y éste comprende la capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, el cuidado de su salud física y moral no obstante el ambiente deshumanizante. Educar es dar algo de sí mismo y ayudar a otros a superar los egoísmos, capaces de responder a las necesidades de la nueva época.

Al inicio de este ciclo escolar, pensemos en ese proyecto de persona, que todos los que influimos en la formación, debemos tener en común: La familia, que capacita al hombre a responder en su existencia concreta; la escuela que colabora subsidiariamente con la familia; las políticas públicas que deben pensar el perfil de mexicano que necesitamos formar, antes que en intereses sindicales, de partido o de ideologías de moda. ¿Es la escuela un organismo viviente en que encuentran aplicación y verificación las normas pedagógicas para formar al hombre en su integridad y actualidad? ¿Se dan cuenta alumnos, padres de familia, maestros, gobierno y legisladores de la gran responsabilidad de formar a las nuevas generaciones de nuestro país?

Necesitamos ponernos de acuerdo con un modelo educativo que responda a las exigencias del mundo actual. Es una tarea impostergable que requiere todos nuestros esfuerzos en colaboración mutua y corresponsabilidad. La educación es la gran tarea nacional.


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