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El Siglo de Torreón Domingo 12 de ago 2018, actualizada 4:13am ... Anterior El Siglo 9 de 22 Siguiente ... El Siglo

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Te quiero a la deriva

En los resultados de las pruebas de laboratorio apareció un "positivo". Lo incurable llegó para quedarse. Cada día más es un día menos. ¿Cuántos quedan? No hay manera de saberlo con exactitud. El compás de espera podrá permitir despedidas, reconciliaciones, legados. El desahucio estrujante estará ahí, a diario, como tormento sostenido. Qué diferencia cuando, en contraste, la desgracia empina de un solo marrazo, lapida a la primera y fulmina. Un choque, un infarto, un balazo. Lo vivido, vivido fue. No hubo oportunidad de nada más. Lo construido y lo arruinado se quedan. Actos firmados a posteridad.

Quién no ha pasado por su mente las imágenes de estos dos escenarios descritos y se ha visto, como protagonista, a la deriva. Cuántos, al valorar una u otra fatalidad, pero en su justa proporción, podrían quitar la mordaza a su principal "te quiero", a su fundamental "te amo". Por qué si la muerte es de tal contundencia, las acciones que dan un sentido profundo a la vida, en vida, son escamoteadas, las repelemos, nos las ahuyentan otras personas para luego quedar negadas por nuestra propia mano y corazón. Optamos por la costumbre del desperdicio emocional en lugar de vencer los miedos que laceran.

A veces, noticias fatales provocan decisiones virtuosas. A veces, también una película llega a causar resultados luminosos.

"A la deriva" ("Adrift", EUA, 2018) es una recomendable opción en cartelera de frente a lo que significa tener vida en este preciso momento, ahora mismo, el día de hoy, y la posibilidad de amar en las más diversas y profundas maneras. Tal como el océano mismo, el que sostiene la trama entera.

Los actores Shailene Woodley y Sam Clafin recrean la historia que años atrás experimentaron Tami Oldham y Richard Sharp, una pareja de jóvenes aventureros que, por distintas razones, coinciden en un lindo puerto de yates. Cuando los presentan, él, de inmediato, siente atracción por la chica californiana de 24 años. La invita a cenar. De ahí en adelante, los relatos provocan la atmósfera propicia para el náutico enamoramiento.

Ambos personajes tienen espíritu de trotamundos. Para Richard, el mar es su casa, el sitio donde encuentra identidad y un estado de plenitud. Para Tami, el mar ha sido uno de los muy diferentes sitios en donde ha tenido que realizar equis trabajos con tal de pagar sus viajes por el mundo. Ella tiene las experiencias suficientes para hablar en el idioma de su anfitrión. Al escucharlo, comienza su admiración por él, pieza fundamental para bienvenir el amor de pareja.

La estructura del guión de "A la deriva" es de un sube y baja constante, como el oleaje en pantalla. Cuenta una sola historia de principio a fin, pero con juegos en la línea del tiempo. Inicia con lo que pudiera ser el momento climático entre Richard y Tami; luego, presenta la llegada de Tami a su nueva ciudad sede; continúa, de nuevo, con la escena del hipotético clímax y así avanza, de brazada en brazada por la corriente interna de su cronología, hasta su sorpresivo cierre.

La frescura de los diálogos, combinada con los perfiles de los actores principales, le da otra estatura, mucha clase al relato. No son ejemplos rosas del noviazgo de dos jóvenes atrevidos en la playa. Ni tampoco el caso del amor con ensueños y pugnas entre clases sociales del "Titanic". En "Adrift", aparecerá la representación de lo sucedido, sin adornos. En un punto de oceánica soledad, dos personas aplican su concepto de amar y morir durante decenas de días.

El mar, Richard y Tami, a bordo del yate nombrado "Hazaña", elevan la marea de la sensibilidad del espectador. Lo hunden en su propia hambruna emocional; en su sed de amar y ser amado; en su tiempo finito por la Tierra y las mil y un maneras en que lo dilapida; en las tormentas internas que le tienen navegando con brújulas imprecisas. La naturaleza líquida pone a prueba al ser humano en medio de uno de los más majestuosos y, a la vez, atemorizantes rostros del planeta.

Salvavidas de la pantalla hasta el asiento. Quien quiera elevar sus propias anclas y nadar rumbo su interior, al rescate de su náufrago principal -el de su más preciado "te quiero" a la deriva- tiene aquí un mapa fílmico de coordenadas precisas.

  Por: Renata Chapa




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