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Cultura

Alma Delia, la necia ternura de narrar

La autora capitalina presentó al público lagunero su más reciente novela: El niño que fuimos.

IVÁN HERNÁNDEZ / EL SIGLO DE TORREÓN
TORREÓN, COAH, viernes 20 de julio 2018, actualizada 12:33 pm

Más que una escritora, Alma Delia Murillo es una experiencia. Introducirse en El niño que fuimos, su más reciente novela, es tanto adentrarse en una obra literaria como visitar un laboratorio para observar el resultado de los pensamientos destilados o puestos al fuego o mezclados con emociones en fórmulas que causan reacciones atrayentes.

La autora presentó su obra en las instalaciones de El Siglo de Torreón ante un público participativo.

Los comentarios de Adriana Vargas, periodista cultural, y Salvador Álvarez, coordinador de Fomento Editorial de la Secretaría de Cultura, dieron el tono, uno ameno y empático.

La novela vivencial de Alma Delia presenta a personajes que se sobreponen a la dura realidad de la vida, que alcanzan una adultez exitosa aunque marcada por una infancia difícil.

"Una obra con emoción y sinceridad hecha por una mujer contemporánea", así la definió Adriana Vargas.

Comentó que la autora no dudó al poner a sus infantes protagonistas bajo el peso de la dura realidad y aunque los signos apuntaran a un resultado adverso, la esperanza de dar vuelta a las cosas dio sus frutos.

En el narración hay lugar para la corrupción política, la homosexualidad, la pederastia y la venganza. Algunas heridas de la infancia, compartió la periodista, exigen satisfacción, ya que son atemporales en más de un sentido.

Salvador Álvarez expuso que en un primer momento puede pensarse que la obra va de un internado donde la vida es un infierno para los niños, pero no. La casa de huérfanos de Alma Delia es un refugio, ahí encuentran amistades, lecturas, amor. El peligro para ellos está afuera, en la sociedad, y de él no es fácil escapar.

De carne y hueso

Alma Delia dice que escribe porque el mundo es de los necios y, "no seríamos lo que somos si no contáramos nuestras historias". Ella creció en un internado de la Ciudad de México y depositó en El niño que fuimos cosas que vio y escuchó en ese lugar. También hay partes que imaginó o inventó.

Su relato, además de una ficción, o una mentira, es también testimonio de alguien que pertenece a una generación puente donde había una colectividad muy física, muy de carne y hueso. También es un reconocimiento a quienes consiguen sobreponerse a que la vida les pase por encima y siguen aquí, rotitos y, de algún modo, héroes.

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