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DR. VÍCTOR ALBORES GARCÍA Domingo 7 de ene 2018, actualizada 10:50am ... Anterior 1 de 9 Siguiente ...

Nuestra salud mental


ASOCIACIÓN DE PSIQUIATRÍA Y SALUD MENTAL DE LA LAGUNA, A.C.

(PSILAC)

CAPÍTULO ESTATAL COAHUILA DE LA ASOCIACIÓN PSIQUIÁTRICA MEXICANA

ADOLESCENCIA EN EL SIGLO XX1

NONAGÉSIMA SEGUNDA PARTE

Tradicionalmente, la educación que recibimos tanto en el hogar como en la escuela difícilmente nos enseña a concientizar el nivel de sensibilidad que poseemos, y que como había mencionado anteriormente, puede ser igualmente intensa tanto en mujeres como en hombres, desmitificando así esa leyenda urbana de que sólo las mujeres son sensibles. En general, no se nos orienta a detectar y mucho menos a reconocer, etiquetar y expresar esa enorme variedad de emociones y sentimientos que surgen desde nuestro interior constantemente en el diario vivir y que saltan de un momento a otro de acuerdo a las circunstancias que enfrentamos en nuestro ambiente, así como en los diversos y cambiantes contactos y relaciones personales que surgen a cada instante para convertirse en toda clase de variadas experiencias humanas. Pero si no hemos sido educados para detectar estas emociones y sentimientos, sucede entonces que suelen salir y desahogarse casi sin darnos cuenta de ello, porque nuestra educación básica solamente nos ha enseñado un vocabulario magro y primitivo socialmente, con el que aprendemos a decir: "me siento mal" o el típico "me siento bien", así nada más, parca y superficialmente sin complicaciones, sin siquiera saber distinguir o ampliar sobre ese riquísimo repertorio humano con el que contamos interiormente, pero sin conocerlo. Así pues, desde nuestra infancia, y aún todavía, no hemos sido educados para detectar, reconocer, etiquetar, distinguir y saber nombrarlos uno y otro; por lo mismo, para un alto porcentaje de personas no hay una conciencia clara y específica de cuando se sienten tristes, ansiosos, culpables, avergonzados, frustrados, enojados, excitados, furibundos, nostálgicos, relajados y una larga variedad de etcéteras con las que podríamos llamar nuestros sentimientos y emociones, que a la hora de sentirlas y expresarlas, de ninguna manera tienen que ver con el género, con ser hombre o ser mujer, porque simplemente forman parte del arsenal con el que todos contamos como seres humanos para sufrir o disfrutar nuestra existencia. El aprender a detectarlos y reconocerlos, a etiquetarlos y familiarizarnos con ellos, representa definitivamente una forma de analizarnos interiormente, de conocernos a nosotros mismos y a nuestras reacciones emocionales, a nuestras raíces básicas biológicas y psicológicas para profundizar en nuestro interior y enfrentar al tipo de hombre o de mujer que somos cada uno y la riqueza que ello representa. En ese sentido, podríamos decir que vivimos una especie de pobreza y analfabetismo emocional, en la que una variedad tan inmensa en emociones y sentimientos se limita a una lacónica respuesta de bien o mal, casi como seres primitivos. Me parece que por lo tanto, debiéramos luchar contra ese analfabetismo desde los inicios tempranos de la educación en el hogar y en las escuelas, empezando con los niños para conectarnos mejor con nuestros adolescentes en ese momento de la vida, en que emociones y sentimientos surgen con mayor intensidad (Continuará).


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