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Maestro Enrique Sada Sandoval, investigador histórico Domingo 17 de ene 2016, actualizada 9:43am ... Anterior El Siglo 13 de 21 Siguiente ... El Siglo

Precursor revolucionario, príncipe mexicano: Agustín de Iturbide y Green

El Siglo
Por sus opiniones democráticas y crítica a Díaz, el Príncipe Mexicano padeció una farsa de Consejo de Guerra y fue encarcelado, de donde se fugó rumbo a los Estados Unidos, falleciendo en 1925.

SIGLOS DE HISTORIA

Segunda Parte

En efecto, el ejercer la libertad de expresión consagrada por la Constitución de 1857 le valió al Príncipe mexicano el ser sometido a una farsa de consejo de Guerra donde sus libertades y garantías individuales fueron violadas por orden del régimen porfirista. Pese a la valerosa y atinada defensa del joven abogado defensor Agustín Verdugo, Iturbide y Green, donde el Ministerio de Guerra se vio forzado a sufrir un año en prisión, más la pérdida de su empleo como alférez y la confiscación de propiedades por el "delito de murmuración" contra Díaz, hecho que generó bastante escándalo e indignación tanto a la sociedad como dentro del ejército.

Lo anterior sin duda obedecía a que durante todo el siglo XIX la figura del joven Iturbide era apreciada en la sociedad mexicana tanto por sus méritos personales como por el gran renombre de su abuelo, a quienes todos los mexicanos reconocían con gratitud como el Padre y Libertador de México. Tan es así que los más eminentes liberales compartían este concepto (Comonfort, Iglesias, Lafragua, Sierra y Lerdo de Tejada) incluyendo el propio Benito Juárez quien ratificó las concesiones de tierras hechas a favor de los Iturbide por el presidente Miramón, además del muy sentido pésame que envió por medio de su ministro Francisco Zarco a la familia imperial mexicana tras saber del deceso de Ana María Huarte de Iturbide, otrora Emperatriz Constitucional y viuda del Héroe de Iguala.

No obstante el destierro, ya como civil, el joven Iturbide siguió denunciando los lastres que acarreaba la falta de Democracia en México así como la concentración del poder absoluto en la persona de Porfirio Díaz. Como represalia personal, estéril y lamentable, Díaz mandó quitar el busto del Libertador Agustín de Iturbide que presidía el recinto de la Cámara de Senadores.

Antecediendo a la publicación de La Sucesión Presidencial o a la crítica de un polemista como Francisco Bulnes, el príncipe de Iturbide continuó publicando sus opiniones en una especie de ensayo de trece páginas titulado Mexico under president Díaz, publicado en The North American Review de Junio de 1894. Empezaba criticando la escasa libertad de prensa y el control que el régimen ejercía sobre la misma: "Pues, entre los gobernantes contemporáneos, ninguno se ha beneficiado más de la acción de una prensa subsidiada que el Sr. Díaz, sin olvidar el hecho de que gobierna uno de los países en donde el acero de mil plumas se concentra en el sable de un soldado" añadiendo que cuando Díaz asumió el poder, su gobierno se apoyaba en elementos internos de tal estabilidad que hubieran asegurado una paz considerable, "pero para controlar estos elementos para los fines que tenía en mente, el Sr. Díaz necesitaba grandes sumas de dinero, por lo que dependía de préstamos del extranjero. Era por lo tanto necesario el inspirar confianza a los capitalistas extranjeros en este nuevo orden de cosas. Se enviaron agentes financieros oportunamente para Europa y los Estados Unidos, y para controlar a la prensa se puso en práctica un plan muy sencillo: se establecieron numerosos diarios y periódicos a costo del erario público, que a los empleados gobierno se les obligaba a adquirir; mientras que la prensa independiente, ya fuera católica o no católica, era perseguida sin descanso", haciendo especial hincapié en el hecho de que los corresponsales de prensa extranjeros, a diferencia de los nacionales, eran bien recibidos1. Irónicamente, no extrañe que tomando en cuenta esta ventaja, James Creelman contribuyera a la renuncia de Díaz, de una u otra forma años más tarde, al comprometerlo en su célebre entrevista a que el mismo favoreciera tácitamente la posibilidad de que un candidato independiente como Madero se lanzara a la lucha electoral en 1910.

Después de un breve y concienzudo análisis de la constitución de 1857, a la que consideraba como uno de los pocos obstáculos que tenía Porfirio Díaz, emprendía una crítica a la Carta Magna y a los políticos en México tanto cono en el resto de América: "No puedo exagerar el mal que han padecido las repúblicas de Latinoamérica por el frenesí que a sus políticos radicales los llevó a la ciega imitación de las instituciones de los Estados Unidos. Aquellos teóricos ignoraron el hecho de que el verdadero mérito de la Carta Magna americana consiste en que no implicó un cambio repentino en las leyes acostumbradas, ni tampoco una salida abrupta a las tradiciones del pueblo al que se pretendía gobernar…Nuestros liberales de la pasada generación hubieran imitado mejor esta constitución, no transplantándola a nuestro lenguaje, sino dándole a México un código propio con la tradición que nos ató seiscientos años con la Nueva España y con el Anáhuac. El Libertador se propuso a hacer esto, pero este plan no se realizó y después de muchas calamidades, heredamos aquella a la que nos referimos como la Constitución de 1857".

Tras un análisis histórico del país, desde su independencia hasta la revolución de Tuxtepec, pocos años después de la debacle del Segundo Imperio Mexicano, Iturbide analiza la composición de los bandos llamados liberales y de cómo se disputaron el poder entre sí hasta la llegada de Díaz, con la que se reorganizaron nuevos cacicazgos regionales, y de cómo tras su primer presidencia, reformó la constitución para adaptarla a la medida de su ambición, reeligiéndose después del desastroso interregno de Manuel González para reaparecer como "el hombre necesario" para salvar al país de la guerra civil y la anarquía; sin embargo, no deja de hacer notar como se inició una ola de persecuciones y muertes en contra de sus detractores: "algunos, cuyos principios no estaban bien definidos, fueron seducidos; otros fueron exiliados a misiones en el extranjero, consignados en prisiones infectas, o sujetos a un espionaje que en ocasiones les hizo envidiar la vida de un prisionero; y otros tantos fueron muertos o se vieron forzados a refugiarse de una persecución que con frecuencia les sigue más allá de las fronteras de la República. Así, la Nación se ve privada de los servicios de sus mejores ciudadanos, y el intelecto, el carácter, la virtud, y lo que aparezca por encima del nivel de la mediocridad es sacrificado ante la envidia y el temor de una ambición estéril.

Aquellos hombres a quienes se les confía el poder son escogidos entre los que se consideran tenientes leales al dictador, …y sucede que los representantes de su mandato a lo largo del país son, con algunas excepciones, individuos de reconocida inferioridad y no menos reconocidos por su moral laxa; su empleo, una conspiración en contra del orden, su fidelidad recompensada con la tolerancia del despotismo local y con una participación proporcional en el despilfarro general que es un rasgo esencial dentro de la política del gobierno".

Analizando la situación económica, no deja de notar el gran auge económico del régimen sin dejar de ver de fondo su verdadero fin y sus consecuencias a futuro: "Tales reportes exagerados(de prosperidad económica) deben de asentarse naturalmente en algunos hechos concretos, y los mismos han sido manufacturados. Vías férreas, compañías mineras, sindicatos de tierras-aquí y allá una fábrica- se desenvolvieron a costa de enormes subvenciones, y por virtud de las mismas, no pocos maquinadores se enriquecieron repentinamente; estos se convirtieron en corifeos de la fama del Sr. Díaz; y con el ejemplo de su prosperidad, y con la proliferación de empresas aparentemente florecientes, y las expectativas de otras a punto de ser adquiridas…era factible ir a los mercados monetarios de Europa a pedir millones para la conversión de la deuda pública, para la liquidación de subvenciones, para cualquier cosa excepto para el verdadero fin, que era el poseer un gran suministro de fondos para la consolidación del Cesarismo".

El artículo, por si mismo muy interesante, enumera una serie de detalles: cita fuentes contemporáneas nacionales y extranjeras, y señala a los especuladores como los pocos beneficiados por el régimen que a la sazón de aquél entonces, cumplía 18 años.

Al hablar del sufragio en México, y de cómo se eligen representantes para los tres poderes, Iturbide y Green desentraña el laberinto del poder que emana directamente de quien ejercía el presidencialismo en todo su extenso territorio: "Si en los países clásicos de la libertad las elecciones suelen ser reconocidas como una farsa, en un país en donde raramente se decide un asunto relacionado con las mismas, su influencia es prontamente destruida por la acción de la ley marcial. Como resultado, la gubernatura de los estados, los escaños en el Congreso y en las legislaturas locales, y en una palabra, todos los puestos a ofrecerse para el pueblo son ocupados por aquellos que son nombrados por el Presidente, o por otros con su consentimiento, y permanecen en el cargo hasta que se vuelven insatisfactorios-lo cual ocurre rara vez. Este sistema, por supuesto, hace de un solo hombre el motor de todo acto legislativo y administrativo en toda la República. La rama legislativa del Gobierno esta sujeta de manera similar a la voluntad del Presidente…Las enmiendas constitucionales realizadas, de acuerdo con el programa de la revolución, para declarar al Presidente de la República y a los gobernadores de los Estados no elegibles para términos consecutivos ha sido remendada dos veces. Antes de 1888 la nueva forma permitía a aquellos funcionarios para servir por dos términos consecutivos, y en 1890, la última enmienda permitió la reelección indefinida. En ambos casos los pocos argumentos esgrimidos por los amigos del Gobierno se basaban en la teoría del hombre necesario.

Así, como se ha repetido con frecuencia, con las leyes más liberales y con el gobierno más despótico, México está sujeto a un régimen que produce los males de ambos referidos y las formas practicadas sin las ventajas de ninguno".

Al preguntarse ante sus lectores por cuales medios se ha mantenido el régimen porfirista, enfáticamente responde: "Por el dinero y por la muerte-además de la fe ciega que Díaz inspiró hace algunos años, y por la fatiga de una guerra civil; y si estas dos palabras resultan repugnantes tanto como expresivas de la política de un gobierno, la manera en la que el asesinato oficialmente se practica escapa a la tentativa de calificarla adecuadamente. La forma favorita de aplicación es la ley fuga, en virtud de la cual se le dispara al prisionero que intenta escapar. El reo es escoltado, generalmente durante la noche, fuera del lugar en donde pudo haber sido arrestado, y el guardia le dispara para prevenir la evasión; a veces se dice que el prisionero escapó, y a veces les parece más simple no decir nada…la tasa más baja de asesinatos oficiales que yo he escuchado, en 1891, era un promedio de uno y medio al día, desde el ascenso del Sr. Díaz al poder". Lo interesante de esta opinión es que el autor no deja de hacer notar que la aplicación de estas ejecuciones corre por parte de caciques feudales que cuentan o creen contar al menos con el permiso del mismo Presidente.

Finalmente, palabras más, palabras menos, el príncipe de Iturbide no pierde la fe en un porvenir desde su exilio y augura el advenimiento, más que allá de un movimiento armado, de un relevo generacional que llevaría finalmente a establecer las libertades civiles necesarias de la mano del progreso material:

"Sería malinterpretado si los lectores del North American Review asumieran que yo creo que esta situación sea irremediable, puesto que junto con el resto de mis compatriotas, tengo fe implícita en la integridad de una nueva generación, y en consecuencia, veo en la inminente caída de Díaz la solución a nuestras dificultades y una certeza de prosperidad nacional".

Solo el tiempo daría su parte de razón a las predicciones del Príncipe Imperial Mexicano: un movimiento revolucionario orilló a un viejo presidente a abandonar el poder después de 35 años, y una nueva generación de soñadores que buscaban establecer un proyecto de Nación se abrieron paso aunque fuera brevemente.

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Su Alteza Imperial, el Príncipe de Iturbide, como alférez del Ejército Mexicano en 1883.


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