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Enrique Sada Sandoval, investigador histórico Domingo 14 de jun 2015, actualizada 6:52am ... Anterior El Siglo 15 de 19 Siguiente ... El Siglo

Epílogo: la situación mexicana en la posguerra (1848-1855)

El Siglo
Todo apuntaba a la resurrección del Plan de Iguala como base orgánica del estado mexicano en 1853. Así lo entendieron aliados, amigos y enemigos, lo mismo que el pueblo llano que celebraba con teatro, operas, alegorías, litografías y recuerdos lo que a sus ojos parecía una 'nueva era' de regeneración política, cuya novedad consistía nada menos que en la vuelta a los orígenes, treinta años después.

SIGLOS DE HISTORIA

Concluyendo, en palabras del propio William Fowler:"Durante las presidencias moderadas de José Joaquín Herrera (de junio de 1848 a enero de 1851) y de Mariano Arista (de enero de 1851 a enero de 1853) las diferentes facciones se habían organizado a sí mismas en una serie de partidos más formales. El año de 1849 fue testigo de la creación del Partido Conservador, y de la ratificación como tales de los que se seguían proclamando como "liberales puros"(aquellos que hicieron todo por facilitarle la acción a los invasores norteamericanos para forzar la anexión a los Estados Unidos), los liberales moderados (quienes se aprestaron por salvar lo posible con la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo) y el partido personalista por excelencia durante casi tres décadas de vida independiente: el partido santanista, que solía fungir como el eterno fiel de la balanza en cada querella política que podía suscitarse entre los mexicanos1.

Justo cuando las tropas estadounidenses evacuaban la capital mexicana, el Congreso elegía, pese a su renuencia, otra vez como presidente a José Joaquín Herrera-tras el interinato de Manuel de la Peña y Peña-quién entró a la capital entre vivas y cañonazos por parte de un pueblo herido que celebraba por partida doble la salida de los invasores tanto como el ascenso de un hombre honrado y mesurado en un momento crítico. Durante este periodo de incertidumbre llegaron a sucederse una serie de situaciones pintorescas tanto en lo político como en lo social, siendo urgente para los mexicanos la evocación del espíritu de religiosidad-ofreciendo el presidente Herrera al Papa Pío IX hacer del país Sede de la Iglesia, cuando tuvo que huir de Roma y refugiarse brevemente en Gaeta tras la insurrección de los carbonarios-al igual que evocando una de las páginas más gloriosas de la vida nacional, como lo fueron la Independencia y la ascensión al trono del trágico Libertador y primer Emperador Constitucional de México: Agustín I de Iturbide. Fue por esto que la imprenta del gobierno publicó en 1849 finalmente la muy ansiada Descripción de la solemnidad fúnebre con que se honraron las cenizas del Héroe de Iguala Don Agustín de Iturbide de José Ramón Pacheco (escrita desde 1838).

A diferencia del caótico e impopular Mariano Arista, reo de las mil caras que le vendió a todas las facciones políticas que conformaron su gobierno, de cuya presidencia fue derrocado por los mismos elementos "puros" que lo instauraron, Santa Anna había procurado sucederlo ciertamente, pero atendiendo (por encima de los partidos) como urgencia al mismo clamor y espíritu nacional en que se buscaba un gobierno concentrado no solo en un individuo sino en una serie de símbolos encomiásticos y unificadores que tendieran por igual un lazo a lo mejor del país, previo a la invasión estadounidense. Precisamente en este marco es que se alude nuevamente a la identidad, al decoro de las instituciones hasta en el más mínimo detalle, al celo patriótico y religioso con la reinstauración de la Orden de Guadalupe-fundada por Iturbide en 1822-así como por el intento desesperado por estrechar lazos con la Madre Europa, anteponiéndola a la nación de las barras y las estrellas, solicitando guardias suizos e irlandeses para el resguardo de la frontera norte (ante cualquier tentativa filibustera) así como enviando a Gutiérrez Estrada como Ministro ante las cortes del Viejo Mundo, para alertarlas de las pretensiones del gobierno de Washington sobre sus colonias en América, e invitándolas-como solía ser práctica común en ese tiempo, y en todos los países civilizados de Europa-a reinstaurar la monarquía mexicana con un príncipe de Casa reinante, como garantía y salvaguarda de la independencia y la integridad nacional a perpetuidad.

Conclusión: la situación mexicana en la posguerra.

"Durante las presidencias moderadas de José Joaquín Herrera (de junio de 1848 a enero de 1851) y de Mariano Arista (de enero de 1851 a enero de 1853) las diferentes facciones se habían organizado a sí mismas en una serie de partidos más formales. El año de 1849 fue testigo de la creación del Partido Conservador, y de la ratificación como tales de los que se seguían proclamando como "liberales puros"(aquellos que hicieron todo por facilitarle la acción a los invasores norteamericanos para forzar la anexión a los Estados Unidos), los liberales moderados(quienes se aprestaron por salvar lo posible con la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo) y el partido personalista por excelencia durante casi tres décadas de vida independiente: el partido santanista, que solía fungir como el eterno fiel de la balanza en cada querella política que podía suscitarse entre los mexicanos2.

Justo cuando las tropas estadounidenses evacuaban la capital mexicana, el Congreso elegía, pese a su renuencia, otra vez como presidente a José Joaquín Herrera-tras el interinato de Manuel de la Peña y Peña-quién entró a la capital entre vivas y cañonazos por parte de un pueblo herido que celebraba por partida doble la salida de los invasores tanto como el ascenso de un hombre honrado y mesurado en un momento crítico. Durante este periodo de incertidumbre llegaron a sucederse una serie de situaciones pintorescas tanto en lo político como en lo social, siendo urgente para los mexicanos la evocación del espíritu de religiosidad-ofreciendo el presidente Herrera al Papa Pío IX hacer del país Sede de la Iglesia, cuando tuvo que huir de Roma y refugiarse brevemente en Gaeta tras la insurrección de los carbonarios-al igual que evocando una de las páginas más gloriosas de la vida nacional, como lo fueron la Independencia y la ascensión al trono del trágico Libertador y primer Emperador Constitucional de México: Agustín I de Iturbide. Fue por esto que la imprenta del gobierno publicó en 1849 finalmente la muy ansiada Descripción de la solemnidad fúnebre con que se honraron las cenizas del Héroe de Iguala Don Agustín de Iturbide de José Ramón Pacheco (escrita desde 1838).

A diferencia del caótico e impopular Mariano Arista, reo de las mil caras que le vendió a todas las facciones políticas que conformaron su gobierno, de cuya presidencia fue derrocado por los mismos elementos "puros" que lo instauraron, Santa Anna había procurado sucederlo ciertamente, pero atendiendo (por encima de los partidos) como urgencia al mismo clamor y espíritu nacional en que se buscaba un gobierno concentrado no solo en un individuo sino en una serie de símbolos encomiásticos y unificadores que tendieran por igual un lazo a lo mejor del país, previo a la invasión estadounidense. Precisamente en este marco es que se alude nuevamente a la identidad, al decoro de las instituciones hasta en el más mínimo detalle, al celo patriótico y religioso con la reinstauración de la Orden de Guadalupe-fundada por Iturbide en 1822-así como por el intento desesperado por estrechar lazos con la Madre Europa, anteponiéndola a la nación de las barras y las estrellas, solicitando guardias suizos e irlandeses para el resguardo de la frontera norte(ante cualquier tentativa filibustera) así como enviando a Gutiérrez Estrada como Ministro ante las cortes del Viejo Mundo, para alertarlas de las pretensiones del gobierno de Washington sobre sus colonias en América, e invitándolas-como solía ser práctica común-a reinstaurar la monarquía mexicana con un príncipe de Casa reinante, como garantía y salvaguarda nacional a perpetuidad.


1 William Fowler, Santa Anna of Mexico. página 291.

2 William Fowler, Santa Anna of Mexico. página 291.

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Epílogo: la situación mexicana en la posguerra (1848-1855)

Todo apuntaba a la resurrección del Plan de Iguala como base orgánica del estado mexicano en 1853. Así lo entendieron aliados, amigos y enemigos, lo mismo que el pueblo llano que celebraba con teatro, operas, alegorías, litografías y recuerdos lo que a sus ojos parecía una "nueva era" de regeneración política, cuya novedad consistía nada menos que en la vuelta a los orígenes, treinta años después.

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Además de la creación de un Banco del gobierno, Santa Anna envío a Berlín al general López Uraga para modernizar el ejército y enganchar a soldados prusianos que consideraba indispensables para cuidar la frontera norte y regenerar al ejército, coronándolo todo y para sorpresa de muchos con la restauración de la Nacional y Distinguida Orden de Nuestra Señora de Guadalupe, decretada el 11 de noviembre y con la doble aprobación del Papa Pío IX.

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Tras la oferta al Conde de Montemolin, pretendiente carlista al trono español, se ve el intento desesperado por estrechar lazos con la Madre Europa, anteponiéndola a la nación de las barras y las estrellas, enviando a Gutiérrez Estrada como Ministro ante las cortes del Viejo Mundo, para alertarlas de las pretensiones del gobierno de Washington, e invitándolas-como solía ser práctica común-a reinstaurar la Monarquía Mexicana con un príncipe de Casa reinante, como garantía y salvaguarda nacional a perpetuidad.


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