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Nosotros

La Frontera Movediza

SIGLOS DE HISTORIA

Enrique Sada Sandoval
domingo 26 de abril 2015, actualizada 7:31 am

La situación posterior a la guerra de 1846-1848 bien puede definirse como de franco desamparo, sin dejar de contar con la humillación y el trauma infligidos por la derrota, además de una serie de levantamientos de carácter tanto político como territorial y hasta étnicos en donde los gobernadores y los líderes de facción, renuentes a unir sus fuerzas en torno a un mismo interés público, permitieron libremente que la invasión norteamericana se efectuara sin que ellos movieran un solo dedo por combatirla o evitarla; ya consintiendo que el enemigo cruzara frente a sus propios ojos, o ya negándose a contribuir con soldados y armamento para defender, no solo una cuestión de honor-permitiendo a los estadounidenses toda serie de atropellos-sino una causa superior, como lo era la salvaguarda del territorio, la dignidad nacional y la supervivencia misma.

Todo lo conocido a tientas como "patria", "soberanía", "territorio", "decoro" y "futuro" parecían derrumbarse como un gran edificio cuya inminente caída amenazaba la vida misma de todos sus habitantes, fueran estos naturales o extranjeros, en una serie de marasmos y convulsiones que llegaron a amedrentar por tan violenta sacudida incluso a las tropas que, siguiendo las órdenes giradas desde el Gobierno en Washington, llegaron a resentirlo desde su propio suelo, en el seno de la Casa de Representantes.

Mientras esto ocurría, un hombre en fuga, perseguido mitad por la culpa y mitad por el miedo, se apresuraba a abandonar el país a toda costa. No era la primera vez que se autodesterraba; ya lo había hecho antes, en el año de 1845, volviendo en 1847 al grito de "¡Federación!" y "¡Contra el príncipe extranjero!". Ahora que todo parecía volverse en su contra, hasta su sombra podría traicionarle y el mar Caribe se le presentaba como un sendero de vivas luces, no sin antes publicar una proclama de despedida en Veracruz con fecha del 24 de Marzo de 1847: "¡Mexicanos! Uno de los líderes de la Revolución de Independencia; el más devotamente apasionado por vuestro buen nombre; el que tuvo la gloria de ofrecer trofeos arrancados a los enemigos extranjeros para la República; aquél que ha luchado en contra de ellos conquistando mil dificultades; el que ha derramado su sangre por la conservación de vuestros derechos; en breve, su más leal amigo, les dirige su último adiós".

Este hombre, que ostentaba los títulos de "defensor" y hasta de "padre de la República Mexicana" no era otro más que Antonio de Padua Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, quien ahora se hacía a la mar, rumbo a Colombia, dejando tras de sí un país en ruinas: mutilado por su vanidad tanto como por su impericia, y dividido por sus enemigos internos, más que por los extranjeros que ahora se repartían sus despojos.

Si el monto referido o las cifras numéricas siguen sonando todavía como algo situado en abstracto o incluso muy lejano para su comprensión, entonces se impone inevitablemente la muy odiosa necesidad de recurrir al ejemplo muy socorrido de intentar aterrizar ante los ojos de muchos lo que acaso no es del todo posible hacer cuando tratamos de lenguas extensiones de tierra. Contentémonos pues, si es que algo de contento nos es posible una vez llegada la hora de referir al detalle cualquier catástrofe dentro del campo del saber humano que la República Mexicana fue despojada de un área tan extensa como la Inglaterra, Irlanda, Escocia, Francia, España , Portugal, Italia y Alemania juntas.

Hasta aquí el recuento de los daños materiales, sin tomar en cuenta la inmensa cadena de mayores males que quedaban al descubierto como una serie de tumores cuya malignidad amenazaba más aún lo que pudiera quedar de vida en aquel cuerpo social al que los sobrevivientes, con voz temblorosa y con mirada llameante, todavía llamaban Patria.

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