EDITORIAL
DENISE MAERKER Martes 21 de oct 2014, 7:57am ... Anterior 4 de 8 Siguiente ...

Olor a sangre


Atando cabos

La debilidad y el desconcierto del gobierno federal a raíz de la crisis desatada por la desaparición de los 43 normalistas de Guerrero, ha sacado a sus más aguerridos opositores de la cueva donde esperaban agazapados una oportunidad.

Durante un año y nueve meses el gobierno de Enrique Peña Nieto se mostró con una fuerza inesperada en un sistema que lleva desde 1997 con gobiernos sin mayorías absolutas que los apoyen desde el Congreso. Gracias al Pacto por México -que sigilosamente negoció Peña Nieto con los partidos de oposición-, a una férrea disciplina interna dentro del gabinete y a una verticalidad con su partido que no se veía desde tiempos del muy viejo sistema priista (Ruiz Cortines y López Mateos), este gobierno se vio y se sintió más fuerte que los gobiernos que lo antecedieron. En este año nueve meses, gracias a este Pacto y a esta disciplina interna del grupo gobernante, Peña Nieto pudo hacer reformas que parecían imposibles como la educativa, la energética, la de telecomunicaciones y la fiscal.

El Pacto tuvo las bondades de todo acuerdo excepcional entre contrarios: la posibilidad de avanzar en puntos neurálgicos para el país y las debilidades y los costos que estos acuerdos implican: el debilitamiento de los mecanismos de vigilancia y de contrapesos que garantiza el antagonismo (sobre este punto ver "Consenso e Impunidad" de Jesús Silva Herzog ayer en un diario capitalino). Pero nada comparable a los que pasó en Chile donde los partidos que lucharon contra Pinochet, la Democracia Cristiana y el Socialista se unieron contra el tirano y gobernaron juntos más de veinte años. Aquí sólo fueron dos años. Dos años que no alcanzan para explicar el porqué el gobierno federal no intervino antes contra gobiernos municipales gobernados por esa oposición pactista y en los que era pública y notoria la presencia de los criminales. La explicación hay que buscarla en la debilidad estructural de un Estado que durante dos años se presumió fuerte. Una debilidad que está a la vista en una Procuraduría General de la República muy endeble (a la que no se le invirtió nada durante sexenios), en una impunidad generalizada, en la ausencia de control estatal sobre regiones enteras del país, en la cotidiana incapacidad para hacer respetar la ley hasta en los más mínimos detalles.

Huele a sangre porque la vulnerabilidad del Rey ha quedado expuesta. La incapacidad demostrada hasta ahora para encontrar a los 43 normalistas y de dar con los autores materiales e intelectuales de su secuestro revelan una debilidad que habían sabido ocultar. El Rey va desnudo.

Los afectados e inconformes de todas las reformas están saliendo a manifestar su descontento. Más allá de si se consideran necesarias o no, deseables o no, todo proceso reformista deja perdedores y lastimados, y este no es la excepción. Los miles de maestros que sienten que su estabilidad laboral y su fuente de ingresos está amenazada o que la reforma fue errónea ven en esta crisis una oportunidad para replegar su implementación. Los empresarios y los de grandes ingresos no olvidan ni superan la reforma fiscal; ahora observan desde lejos y sin comprometerse la crisis de un gobierno al que acusan de impositivo, corrupto y endeudado. Y el movimiento de los jóvenes politécnicos vivirá momentos tempestuosos cuando tengan que decidir si restringen sus demandas a su pliego petitorio original o aprovechan el momento y van por más. Andrés Manuel por su parte, aparece, convoca a mítines y pide la renuncia de Peña Nieto.

Los adversarios ideológicos y los afectados por las reformas estaban esperando el primer signo de debilidad de este gobierno para manifestar su descontento. Y llegó mucho más rápido de lo que esperaban.

Todos los animales heridos saben que el olor a sangre puede ser fatal porque atrae a sus enemigos. El gobierno seguro que también lo sabe, la pregunta es si tiene los instrumentos y la capacidad para hacerles frente. Pronto lo vamos a saber.


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